PARTE 2: EL BRINDIS DE LEONOR

Leonor llegó al micrófono mientras casi trescientas personas levantaban sus copas.

Valeria sonreía desde la mesa principal.

Emiliano, a su lado, parecía agotado.

Leonor dejó el sobre negro sobre el atril.

—Primero quiero felicitar a mi hijo.

Emiliano levantó la mirada.

—Cuando nació, su padre y yo todavía contábamos cada peso. Julián trabajaba catorce horas y yo llevaba las cuentas después de acostar al niño.

Algunos antiguos empleados de la empresa asintieron.

—Lo que tenemos hoy no apareció por suerte. Se construyó durante cuarenta años.

Valeria seguía sonriendo.

—Y precisamente por eso —continuó Leonor—, esta mañana suspendí el fideicomiso de 2,400 millones de pesos.

La copa de Valeria quedó inmóvil junto a sus labios.

Un murmullo recorrió el salón.

Emiliano se levantó.

—¿Qué?

—No habrá transferencia.

Valeria dejó la copa.

—Señora, seguramente está confundida.

Leonor sonrió.

Ahí estaba.

Exactamente la palabra que esperaba.

—¿Confundida?

—Ha sido una mañana difícil para usted.

Valeria miró discretamente hacia varias mesas.

Leonor comprendió lo que hacía.

Estaba sembrando dudas.

—Tienes razón —dijo—. Ha sido una mañana bastante extraña.

Entonces se quitó la peluca.

Los murmullos desaparecieron.

Bajo las lámparas del salón quedaron visibles su cabeza rapada y los pequeños cortes.

Emiliano palideció.

—Mamá…

Leonor levantó la tarjeta marfil.

—Encontré esto junto a mi cama.

Valeria dejó de sonreír.

Leonor leyó:

—“Ahora sí te ves como la anciana incómoda que siempre has sido”.

—¡Yo no escribí eso! —exclamó Valeria.

—Perfecto. Entonces no tendrás inconveniente en que sea analizado.

El padre de Valeria se levantó.

—Esto es absurdo. Estamos en una boda.

—No —respondió Leonor—. Estamos hablando de 2,400 millones. Supongo que comprenderá por qué prefiero ser cuidadosa.

Emiliano bajó de la mesa principal.

—Mamá, debiste hablar conmigo.

Leonor lo miró.

—Lo intenté.

Sacó su teléfono.

—Te llamé esta mañana.

—No vi ninguna llamada.

—También recibí un mensaje desde tu teléfono.

Le mostró la pantalla.

“Hoy no armes drama. No le arruines su día.”

Emiliano frunció el ceño.

—Yo jamás escribí eso.

Por primera vez, miró a Valeria.

Ella reaccionó enseguida.

—¿Ahora vas a sospechar de mí porque tu madre está haciendo un espectáculo?

Leonor abrió el sobre negro.

—Todavía no hemos llegado al espectáculo.

Sacó un informe.

—La alarma de mi casa fue desactivada a las 3:17 de esta madrugada.

Valeria palideció.

—¿Y?

—El sistema registra cada código utilizado.

Silencio.

—El código fue el de Emiliano.

Él negó inmediatamente.

—Yo estaba aquí.

—Lo sé.

Leonor miró a Valeria.

—Y tú conocías su código.

Valeria se puso de pie.

—¡Esto es una locura!

—Entonces explícame las arracadas.

La mano de Valeria fue instintivamente hacia sus orejas.

No llevaba nada.

—Mis esmeraldas desaparecieron esta mañana.

La madre de Valeria intervino.

—Está acusando a mi hija de robo frente a cientos de personas.

—Todavía no.

Leonor sostuvo su mirada.

—Estoy diciendo que desaparecieron.

La abogada de Leonor apareció discretamente junto al escenario.

Valeria la reconoció.

Su rostro cambió.

—¿Para qué está ella aquí?

—Porque anoche escuché una conversación interesante en el baño.

Ahora sí, Valeria perdió la compostura.

—¿Nos estabas espiando?

Emiliano giró lentamente.

—¿Nos?

Demasiado tarde.

Valeria comprendió su error.

Leonor no necesitaba responder.

Emiliano miró a su prometida.

—¿Qué conversación?

—Nada. Estábamos bromeando.

Leonor repitió con calma:

—“Por 2,400 millones hasta le digo mamita”.

El rostro de Emiliano se vació.

—Valeria…

—¡Fue una broma!

—También dijiste que después se irían a Madrid —continuó Leonor—. Y que podrían hacerme parecer confundida si cambiaba de opinión.

La madre de Valeria se levantó bruscamente.

—¡Suficiente!

Leonor la miró.

—Curioso. Porque también mencionó que su madre conocía a un especialista.

Todos los ojos se volvieron hacia aquella mujer.

Su expresión fue suficiente.

Emiliano retrocedió.

—¿Qué demonios hicieron?

—Nada —insistió Valeria—. Tu madre está manipulándote.

Entonces Leonor dijo:

—Rosa.

Las puertas laterales se abrieron.

Rosa entró acompañada por Matilde.

La trabajadora temblaba.

—Cuéntales lo que viste.

Rosa miró a Valeria.

—La vi salir de la recámara de doña Leonor durante la madrugada.

—¡Mientes!

—Me dijo que doña Leo le había pedido unos documentos.

—¡Está comprada!

Rosa comenzó a llorar.

—Yo la vi.

Emiliano se llevó ambas manos a la cabeza.

Valeria intentó acercarse.

—Amor, mírame.

Él retrocedió.

Aquello pareció asustarla más que cualquier acusación.

—Emiliano…

—¿Entraste en casa de mi madre?

Valeria guardó silencio.

—Respóndeme.

—Solo fui por unos documentos.

Leonor sintió que todo el salón contenía la respiración.

—¿Qué documentos?

Valeria comprendió que había vuelto a equivocarse.

—Yo…

Emiliano la miraba como si acabara de descubrir a una desconocida debajo del vestido blanco.

—¿Qué documentos, Valeria?

Ella empezó a llorar.

—Los del fideicomiso.

El salón explotó en murmullos.

Leonor cerró los ojos un segundo.

Ahí estaba.

La primera confesión.

Pero todavía faltaba algo.

Su abogada se acercó y le susurró:

—Acaba de llamar el banco.

Leonor abrió los ojos.

—¿Qué encontraron?

La abogada miró a Valeria.

—Alguien intentó presentar esta mañana una autorización para adelantar parte de los fondos.

—Eso es imposible.

—Usaron su firma.

Leonor sintió frío.

—Yo no firmé nada.

—Lo sabemos.

Emiliano escuchó.

—¿Cuánto intentaron transferir?

La abogada respondió:

Ochocientos millones de pesos.

Valeria dio un paso atrás.

Su padre bajó la mirada.

Leonor lo notó.

—Usted sabía.

—No diga tonterías.

—Míreme.

El hombre no pudo hacerlo.

Entonces Leonor comprendió que aquello era mucho más grande que una novia ambiciosa.

Su abogada sacó otra hoja.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La cuenta receptora no pertenece a Valeria.

Leonor frunció el ceño.

—¿A quién pertenece?

La abogada vaciló.

Luego miró hacia la mesa principal.

—A una sociedad creada hace cuatro meses.

—¿Quién figura como beneficiario?

La respuesta hizo que Leonor sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Emiliano Salgado.

Todos miraron al novio.

Él palideció.

—Eso no es mío.

Valeria dejó de llorar.

Y entonces, por primera vez en toda la noche, sonrió.

Leonor miró a su hijo.

—Emiliano…

Él negó desesperadamente.

—Mamá, te juro que no sé nada.

Pero Valeria se quitó lentamente el anillo de bodas que todavía no había llegado a colocarle.

—Entonces pregúntale —dijo con una calma aterradora— qué firmó hace cuatro meses sin leerlo.

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