Durante varios segundos nadie habló.
La agente de ventas seguía sosteniendo el contrato.
Daniel fue el primero en reaccionar.
—Mamá, espera.
Caminó detrás de mí.
—No puedes cancelar todo por una discusión.
Me detuve junto a la puerta.
—No estoy cancelando por una discusión.
Miré a Emily.
Después a Patricia.
—Estoy cancelando porque acabo de descubrir qué significa esta compra para cada uno de ustedes.
Patricia alzó la barbilla.
—¿Y qué significa, según usted?
—Para mí, era un regalo para mi hijo.
Señalé el apartamento.
—Para ustedes, era una prueba de cuánto podían exigirme antes de la boda.
Emily frunció el ceño.
—Eso no es justo.
—Puede ser.
—Entonces piénselo mejor.
Sonreí.
—Ya lo hice.
Salí.
Daniel me siguió hasta el ascensor.
—¡Mamá!
Las puertas todavía no habían cerrado.
—¿Qué?
—¿Qué se supone que hagamos ahora?
La pregunta me sorprendió.
No dijo:
¿Estás bien?
No dijo:
Perdón por no defenderte.
Preguntó qué harían ellos.
—Buscar un apartamento que puedan pagar.
Su expresión se endureció.
—Sabes que no podemos comprar algo así.
—Entonces no compren algo así.
—Emily necesita estabilidad.
—Tú también la necesitabas a los veintinueve.
—¡Soy tu hijo!
Sentí un dolor seco en el pecho.
—Precisamente por eso estaba dispuesta a darte casi dos millones.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Daniel puso la mano entre ellas.
—Mamá, no seas así.
—¿Así cómo?
No respondió.
—¿Con límites?
Quitó la mano.
Las puertas se cerraron entre nosotros.
Pensé que después de unas horas se calmarían.
Me equivoqué.
Aquella noche Daniel llegó a mi apartamento.
Emily estaba con él.
No los invité a pasar.
—Necesitamos hablar —dijo mi hijo.
—Hablen.
Emily respiró profundamente.
—Señora Zhou, si la hice sentir incómoda, lo siento.
Aquello parecía una disculpa.
Hasta que continuó.
—Pero creo que reaccionó de manera demasiado emocional.
La miré.
—Entiendo.
Daniel suspiró.
—Mamá…
Emily extendió una carpeta.
—Mi madre habló con un abogado.
No la tomé.
—¿Por qué?
—Para buscar una solución justa.
Aquella palabra volvió a aparecer.
Justa.
Emily abrió la carpeta.
—Podríamos registrar el apartamento a nombre de Daniel y firmar un acuerdo que me garantice un porcentaje si el matrimonio termina.
Casi sonreí.
—¿Qué porcentaje?
Dudó.
—Cuarenta por ciento.
—¿De un apartamento que yo pagaría entero?
—Yo contribuiría al matrimonio de otras maneras.
—Todavía ni siquiera existe ese matrimonio.
Daniel intervino:
—Mamá, deja de convertir todo en dinero.
Lo miré durante varios segundos.
—Perfecto.
—¿Qué?
—Entonces no hablemos de mi dinero.
Cerré la puerta.
Durante la semana siguiente, Daniel dejó de llamarme.
No era la primera vez que intentaba castigarme con silencio.
Cuando tenía diecisiete años lo hacía si no le compraba algo.
A los veintitrés, si cuestionaba una mala decisión.
Yo siempre terminaba cediendo.
Esta vez no.
El viernes recibí una llamada de la agente de ventas.
—Señora Zhou, disculpe que la moleste.
—Dígame.
—Su hijo regresó.
Me quedé quieta.
—¿A la oficina de ventas?
—Sí. Con la señorita Emily y su madre.
—¿Y?
La mujer bajó la voz.
—Intentaron reactivar la compra.
—Con mi dinero.
—Eso parece.
Sentí más decepción que sorpresa.
—¿Firmaron algo?
—No podíamos proceder sin usted. Pero ocurrió algo extraño.
—¿Qué?
—Su hijo presentó una copia de un comprobante bancario diciendo que usted ya había autorizado el pago inicial.
Mi espalda se tensó.
—Yo no autoricé nada.
—Eso imaginé.
—Envíeme una fotografía.
Llegó segundos después.
Era un formulario de autorización.
Mi nombre aparecía escrito.
Debajo había una firma.
Mi firma.
O una imitación bastante buena.
Me senté lentamente.
Daniel conocía mi firma desde niño.
Había llenado formularios escolares.
Recibido paquetes.
Visto documentos bancarios.
Pero jamás imaginé que intentaría utilizarla para obligarme a comprar una casa.
Llamé inmediatamente.
Respondió casi al instante.
—Mamá.
—¿Falsificaste mi firma?
Silencio.
—Fue solo para mantener la reserva.
Sentí que algo se rompía.
—¿Solo?
—No se iba a mover dinero todavía.
—Usaste mi nombre sin permiso.
—Porque estás siendo irracional.
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
La verdadera respuesta.
No se consideraba culpable.
Creía que mi negativa era el problema.
—Daniel, escucha con atención.
Mi voz fue tan tranquila que él dejó de hablar.
—No voy a comprar ese apartamento.
—Mamá…
—Ni ese ni ningún otro.
Silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Que el dinero que había reservado para ayudarte ya no está disponible.
—¡No puedes hacer eso!
—Es mío.
—¡Lo ahorraste para mí!
—Lo ahorré pensando que eras una persona capaz de respetarme.
Respiró con fuerza.

—Emily tenía razón sobre ti.
—Entonces deberían estar felices de no depender de mí.
Colgué.
Dos días después Patricia apareció en mi trabajo.
Entró al comedor escolar con tacones demasiado altos para aquel suelo.
—Necesitamos resolver esto entre adultos.
Me quité los guantes.
—Yo pensé que eso estaba haciendo.
—Daniel está destrozado.
—Daniel tiene veintinueve años.
—Mi hija también.
—Entonces ambos pueden trabajar, ahorrar y comprar lo que puedan pagar.
Patricia se acercó.
—No sea ingenua. Usted sabe cómo funciona esto. Sin vivienda, la boda podría cancelarse.
—Entonces quizá debería cancelarse.
Su rostro cambió.
—¿No le importa la felicidad de su hijo?
—Muchísimo.
—No parece.
La miré fijamente.
—Durante veinte años confundí amar a Daniel con asegurarme de que nunca sintiera ninguna dificultad.
Me quité el delantal.
—Ahora veo el resultado.
Patricia apretó los labios.
—Mi hija tiene otros pretendientes.
Aquello casi me hizo reír.
—Entonces quizá debería elegir uno con apartamento propio.
Se marchó furiosa.
Aquella noche Daniel me llamó.
Estaba llorando.
—Emily quiere posponer la boda.
No dije nada.
—Dice que sin casa no se siente segura.
—Lo siento.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—Que vas a ayudarnos.
Miré mis manos.
Las mismas manos que habían cargado sacos de arroz.
Que se habían quemado cientos de veces.
Que habían contado monedas cuando él era pequeño para que pudiera asistir a una buena escuela.
—Daniel, te ayudé toda tu vida.
—Entonces ayúdame una vez más.
—No.
El silencio fue absoluto.
—Mamá…
—Una pareja que solo puede casarse si otra persona les compra una propiedad de lujo quizá todavía no está preparada para casarse.
Colgué.
Lloré después.
No porque dudara.
Porque poner límites a alguien que amas también duele.
Tres semanas más tarde ocurrió lo inesperado.
Emily me llamó.
Su voz ya no sonaba dulce.
Sonaba furiosa.
—¿Sabía que Daniel tenía deudas?
Me incorporé.
—¿Qué deudas?
—Tarjetas. Préstamos personales. Casi cuatrocientos mil yuanes.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—No.
—Su madre nunca le preguntó por qué necesitaba que usted pagara todo al contado.
Recordé su entusiasmo.
Sin hipoteca tendremos mucha menos presión.
Ahora aquellas palabras sonaban diferentes.
—¿Dónde está Daniel?
—Con mi madre.
—¿Por qué?
Emily respiró temblorosamente.
—Porque descubrimos que intentó conseguir otro préstamo usando la supuesta autorización que llevaba su firma.
Me puse de pie.
—¿Qué?
—Y eso no es lo peor.
Mi teléfono recibió una fotografía.
Era un contrato.
Arriba aparecía el nombre de Daniel.
Más abajo, el mío.
Pero había una tercera persona como beneficiaria adicional.
Patricia Zhao.
—Emily, ¿qué significa esto?
Hubo silencio.
—Eso intento averiguar.
—¿Tu madre sabía?
—Dice que no.
En ese momento escuché gritos al otro lado de la llamada.
La voz de Daniel.
Luego la de Patricia.
Emily susurró:
—Señora Zhou…
—¿Qué pasa?
—Acabo de encontrar otra carpeta en el coche de Daniel.
—¿Qué contiene?
Escuché cómo pasaba páginas.
De pronto dejó de respirar.
—Dios mío.
—Emily.
—Hay solicitudes para tres apartamentos.
Sentí un escalofrío.
—¿Tres?
—Sí.
—¿A nombre de quién?
Cuando respondió, entendí que aquel apartamento de 1,98 millones nunca había sido simplemente un regalo de boda.
—Todos están vinculados a su identidad.
Me quedé completamente inmóvil.
Emily continuó:
—Y, señora Zhou…
Su voz comenzó a temblar.
—Daniel lleva meses intentando convertir sus ahorros en garantías para sus deudas sin que usted lo sepa.