PARTE 2: LA BODA QUE ADRIÁN NO VIO VENIR

Mis padres tardaron varios segundos en reaccionar.

Mi madre fue la primera.

—Clara, no puedes casarte con un desconocido solo porque acabas de terminar una relación.

—No lo hago por Adrián.

Mi padre me estudió en silencio.

—Entonces dime por qué.

Pensé en los últimos tres años.

En las puertas cerradas.

En las llamadas bloqueadas.

En las veces que había confundido persecución con amor.

—Porque durante demasiado tiempo elegí a alguien que disfrutaba viéndome suplicar.

Respiré profundamente.

—Esta vez quiero elegir una vida en la que no tenga que hacerlo.

Mi padre no sonrió.

Simplemente tomó su teléfono.

—Hablaré con los Harrington.


El hombre con quien supuestamente debía casarme se llamaba Nathan Harrington.

Treinta años.

Abogado corporativo.

Hijo mayor de una familia que conocía a la mía desde hacía décadas.

Yo esperaba arrogancia.

O, al menos, desconcierto cuando mi padre le explicara que su futura esposa quería saltarse meses de cortejo y presentarse directamente en el Registro Civil.

Nathan pidió hablar conmigo por videollamada.

Acepté.

Apareció sentado en un despacho, con las mangas de la camisa remangadas.

—Clara.

—Nathan.

—Nuestros padres parecen convencidos de que podríamos casarnos el jueves.

—Sí.

—¿Tú también?

—Sí.

Me observó durante unos segundos.

—¿Acabas de terminar una relación?

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Te lo dijeron?

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabes?

—Nadie decide casarse con un desconocido en tres días porque su vida sentimental está funcionando perfectamente.

No pude evitar reírme.

Nathan tampoco.

Después su expresión volvió a ser seria.

—No necesito saber detalles que no quieras contarme. Pero sí necesito una respuesta.

—Pregunta.

—¿Quieres casarte conmigo para castigar a alguien?

Negué.

—Quiero dejar de castigarme a mí misma.

Por primera vez, Nathan sonrió de verdad.

—Eso sí puedo entenderlo.

—¿Y tú por qué aceptarías?

Su respuesta fue sencilla.

—Porque llevo años rechazando matrimonios organizados por mi familia. Pero mis padres siempre hablaron bien de ti.

—No me conoces.

—Por eso podemos establecer una regla.

—¿Cuál?

—Ninguno posee al otro.

Sentí un nudo inesperado en la garganta.

Nathan continuó:

—Si nos casamos, podrás trabajar, viajar, tener amigos y conservar tu dinero. Si algún día quieres marcharte, hablaremos como adultos.

Me quedé en silencio.

—¿Eso era una propuesta matrimonial o un tratado internacional?

—Soy abogado. Es lo mejor que puedo ofrecer.

Me reí.

Y por primera vez en mucho tiempo, una conversación con un hombre no me dejó agotada.


Mientras tanto, Adrián seguía convencido de que yo regresaría.

Lily, que todavía permanecía en el mismo grupo de videojuegos, me envió capturas.

Adrián había escrito:

“Ya se le pasará.”

Después:

“El jueves estará conmigo en el Registro. Clara siempre vuelve.”

Emily respondió con un emoji sonriente.

Luego escribió:

“¿Y después de casarte conmigo dentro del juego seguirás hablando con ella?”

Adrián contestó:

“La vida real y el juego son diferentes.”

Aquello resumía perfectamente quién era.

Siempre existía una explicación distinta dependiendo de lo que él quisiera hacer.

Lo bloqueé también dentro del juego.


El jueves amaneció despejado.

Me puse un vestido blanco sencillo.

Nada de velo.

Nada de cientos de invitados.

Solo mis padres, dos testigos y Nathan.

Antes de salir, mi madre acomodó mi cabello.

—Todavía puedes cambiar de opinión.

—Lo sé.

—No quiero volver a decidir por ti.

La abracé.

—Por eso esta vez puedo decir que sí sin odiarte.

Ella comenzó a llorar.


Llegamos al Registro Civil a las 7:40.

Nathan ya estaba allí.

Traía flores.

—Pensé que quizá sería demasiado —dijo.

—¿Las flores?

—Todo esto.

—Yo fui quien eligió la fecha.

—Buen argumento.

Nos dirigimos al mostrador.

Entonces escuché una voz conocida detrás de mí.

—Clara.

Cerré los ojos un segundo.

Claro.

Adrián.

Había llegado con su madre.

Vestía traje oscuro y llevaba en la mano una carpeta roja.

Su expresión pasó de irritación a desconcierto cuando vio a Nathan a mi lado.

—¿Quién es él?

No respondí.

Su madre sí.

—Clara, deja de hacer tonterías. Tenemos cita a las ocho.

Nathan miró mi rostro.

—¿Quieres que intervenga?

—No.

Me giré hacia Adrián.

—Te dije que terminamos.

Él soltó una risa.

—Sí, estabas enfadada.

—No estaba enfadada.

—Entonces ¿qué haces aquí con él?

—Casándome.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

Su madre se acercó.

—No puedes.

—Sí puedo.

Adrián miró a Nathan.

—¿Tú sabes que esta mujer vive conmigo desde hace tres años?

Nathan respondió tranquilamente:

—Sé que terminó contigo.

—¡Porque tuvimos una discusión!

—Parece que ella lo interpreta de otra manera.

Adrián agarró mi muñeca.

—Clara, basta.

Nathan se movió inmediatamente.

Pero yo fui más rápida.

Me liberé.

—No vuelvas a tocarme.

Adrián se quedó inmóvil.

Nunca le había hablado así.

—Estás intentando darme celos.

—No.

—Entonces mírame y dime que no me amas.

Lo miré.

Durante tres años aquella pregunta me habría destruido.

Aquella mañana no.

—Tal vez una parte de mí todavía recuerde a la persona que pensé que eras.

Hice una pausa.

—Pero no pienso construir mi vida alrededor de ese recuerdo.

Su rostro perdió color.

—Clara…

La funcionaria llamó nuestros nombres.

—Nathan Harrington y Clara Mendoza.

Nathan me ofreció la mano.

No la tomó por mí.

Esperó.

Esa pequeña diferencia decidió todo.

Yo puse mi mano sobre la suya.


Firmamos a las 8:06.

Adrián permaneció al fondo.

No gritó.

No hizo ninguna escena.

Tal vez porque por primera vez comprendió que una guerra de silencio solo funciona mientras la otra persona sigue esperando que vuelvas a hablar.

Cuando terminamos, Nathan guardó nuestra copia del certificado.

Adrián se acercó.

—Tres días.

Su voz sonaba rota.

—Me dejaste y te casaste tres días después.

—No.

Lo miré.

—Me fui de una relación que llevaba tres años terminándose.

Su madre intentó intervenir.

—Clara, todavía podemos solucionar esto.

Casi sonreí.

—Ahora sí entiendo los límites.

Tomé la mano de Nathan.

—Este matrimonio ya no es asunto suyo.


Al salir, mi teléfono vibró.

Era Lily.

“¿YA TE CASASTE?”

Le envié una fotografía del certificado.

La respuesta llegó inmediatamente:

“Dios mío. Ahora pregunta si Nathan tiene compañeros solteros.”

Solté una carcajada.

Nathan levantó una ceja.

—¿Qué ocurre?

—Nada importante.

—Eso suena peligroso.

Guardé el teléfono.

Detrás de nosotros, Adrián seguía en las escaleras del Registro Civil.

Durante años había creído que podía bloquearme, ignorarme y dejarme esperando porque yo siempre encontraría la forma de regresar.

Su error fue enseñarme demasiado bien cómo era vivir sin él.

Y aquella mañana finalmente comprendió algo que yo había tardado tres años en aprender:

cuando alguien te deja fuera demasiadas veces, llega un día en que ya no intentas volver a entrar.

Buscas otra puerta.

Y esta vez fui yo quien decidió cerrarla.

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