Parte 2 – LA CUENTA QUE NO DEBÍA EXISTIR

Gretchen permaneció sentada frente al escritorio de Joshua, mirando los números hasta que comenzaron a perder forma.

Dos inversiones desaparecidas.

Más de 1,2 millones de dólares que no aparecían en el acuerdo.

Y transferencias mensuales a una empresa vinculada con Cheyenne.

Aquello ya no parecía un divorcio. Parecía una operación cuidadosamente preparada.

Sacó fotografías de cada documento y llamó a Miriam Keller, una abogada especializada en divorcios financieros que una compañera del hospital le había recomendado meses atrás.

—Necesito verla hoy.

—Mi agenda está completa.

Gretchen tragó saliva.

—Mi esposo es director financiero. Mañana quiere que firme el divorcio y acabo de encontrar más de un millón de dólares que no aparece declarado.

Hubo un silencio.

—Venga en una hora.

La oficina de Miriam estaba en Minneapolis, en el piso diecisiete de un edificio de cristal. La abogada tenía unos cincuenta años, cabello gris perfectamente recogido y una manera inquietante de permanecer callada mientras estudiaba documentos.

Pasaron veinte minutos antes de levantar la mirada.

—No firme absolutamente nada mañana.

Gretchen sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Puede demostrar que escondió ese dinero?

—Todavía no. Pero puedo demostrar que necesitamos investigar.

Miriam señaló una de las transferencias.

—Esta empresa de Cheyenne recibió ciento ochenta mil dólares durante los últimos dieciocho meses.

—Joshua dijo que era una compañera de trabajo.

—Puede ser ambas cosas.

Luego abrió una declaración antigua.

—Pero esto es más extraño.

Marcó una cuenta terminada en 8841.

—¿La reconoce?

Gretchen negó con la cabeza.

—Hace tres años tenía 640.000 dólares. Después desaparece de los documentos que su esposo entregó.

—¿Se llevó el dinero?

—Eso necesitamos averiguar.

Miriam acercó otra hoja.

—Y hay algo peor. Su nombre aparece relacionado con esa cuenta.

Gretchen sintió un escalofrío.

—Nunca la había visto.

—Entonces alguien utilizó información suya.

Aquella frase la acompañó durante todo el camino de regreso.

Cuando llegó a casa, Joshua ya estaba allí.

Su automóvil estaba estacionado frente al garaje.

Demasiado temprano.

Gretchen entró y lo encontró en la cocina, todavía con el traje puesto.

—¿Dónde estabas?

—Tenía cosas que hacer.

Joshua observó su rostro durante unos segundos.

—Mañana seguimos adelante, ¿verdad?

No preguntó cómo estaba. Preguntó por la firma.

Gretchen comprendió que necesitaba fingir.

—Sí.

Los hombros de Joshua se relajaron.

Fue apenas perceptible.

Pero ella lo vio.

—Bien —respondió—. Cuanto antes terminemos esto, mejor para todos.

Su teléfono vibró.

Joshua miró la pantalla y salió inmediatamente al patio.

Gretchen permaneció inmóvil hasta que cerró la puerta.

Entonces escuchó pasos detrás de ella.

Maxine estaba junto a las escaleras.

—Mamá.

La adolescente parecía nerviosa.

—¿Qué ocurre?

Maxine miró hacia el patio.

—¿Papá está metido en problemas?

Gretchen sintió que se le aceleraba el corazón.

—¿Por qué preguntas eso?

Su hija dudó.

—Porque hace unas semanas lo escuché discutir por teléfono.

—¿Con quién?

—No sé.

Maxine bajó la voz.

—Pero dijo tu nombre.

Gretchen sintió frío.

—¿Qué dijo exactamente?

La niña intentó recordar.

—Dijo: “Cuando Gretchen firme, ya no podrá reclamarlo”.

Gretchen dejó de respirar durante un segundo.

—¿Estás segura?

Maxine asintió.

—Y después dijo algo sobre una cuenta.

Antes de que pudiera continuar, la puerta del patio se abrió.

Joshua entró.

Maxine se quedó callada inmediatamente.

—¿Qué hacen? —preguntó él.

—Nada —respondió Gretchen.

Joshua miró primero a su esposa y después a su hija.

Sonrió.

Pero aquella sonrisa ya no engañaba a Gretchen.

Esa noche esperó hasta que la casa quedó en silencio.

A las once recibió un mensaje de Miriam.

NO FIRME MAÑANA. ENCONTRAMOS ALGO. LLÁMEME.

Gretchen se encerró en el baño.

—¿Qué encontró?

La voz de Miriam sonaba distinta.

Más tensa.

—La cuenta 8841 no estaba únicamente vinculada con usted.

—¿Qué significa eso?

—Significa que aparentemente usted figuraba como beneficiaria.

Gretchen apoyó una mano contra el lavabo.

—¿Beneficiaria de qué?

—De un fideicomiso.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Cuánto?

Miriam respiró profundamente.

—No tenemos la cifra definitiva.

—Dígame lo que sabe.

—Hace aproximadamente cuatro años, el fideicomiso tenía activos valorados en casi nueve millones de dólares.

Gretchen creyó haber escuchado mal.

—Eso es imposible.

—Eso pensé.

—Soy enfermera. Mi familia nunca tuvo esa clase de dinero.

—¿Recuerda a Eleanor Whitmore?

Gretchen frunció el ceño.

El nombre pertenecía a otra vida.

Eleanor había sido una paciente anciana que Gretchen atendió años atrás después de una complicada cirugía cardíaca. No tenía hijos. Durante meses, Gretchen había permanecido junto a ella durante noches difíciles.

—Murió hace cuatro años.

—Exactamente.

Gretchen cerró los ojos.

—¿Qué tiene que ver Eleanor con esto?

Miriam tardó varios segundos en responder.

—Creemos que creó el fideicomiso.

El mundo pareció inclinarse.

—Nunca me dijo nada.

—Quizá por eso Joshua pudo ocultárselo.

Entonces Gretchen recordó algo.

Cuatro años atrás Joshua había insistido en encargarse personalmente de toda la correspondencia relacionada con impuestos.

“Déjamelo a mí. Bastante estrés tienes en el hospital.”

En aquel momento le había parecido amor.

Ahora parecía otra cosa.

Control.

—Miriam… ¿dónde están esos nueve millones?

—Esa es la parte preocupante.

Gretchen apretó el teléfono.

—¿Qué pasó?

—El fideicomiso fue modificado hace treinta meses.

—¿Por quién?

—Todavía estamos buscando los documentos originales.

Una sombra apareció debajo de la puerta del baño.

Gretchen se quedó inmóvil.

Alguien estaba afuera.

—Tengo que colgar —susurró.

Guardó el teléfono y abrió.

Joshua estaba en el pasillo.

—¿Con quién hablabas?

—Con el hospital.

Él la estudió.

—A medianoche.

—Emergencia de personal.

Joshua permaneció allí demasiado tiempo.

Después sonrió.

—Descansa. Mañana será un día importante.

Cuando se alejó, Gretchen cerró la puerta y sintió que le temblaban las manos.

A las siete de la mañana siguiente, Miriam llamó nuevamente.

Esta vez no perdió tiempo.

—Gretchen, conseguimos parte del historial.

—¿Y?

—Alguien intentó transferir el control completo del fideicomiso hace treinta meses.

—¿Joshua?

—La solicitud llevaba su firma.

Gretchen sintió náuseas.

—Yo nunca firmé eso.

—Lo sé.

—¿Cómo puede saberlo?

Miriam guardó silencio.

—Porque la firma fue certificada en una oficina bancaria de St. Paul un martes a las dos de la tarde.

—¿Y?

—Ese mismo día usted estaba trabajando.

Gretchen recordó perfectamente aquella fecha. Una cirugía de emergencia había durado casi nueve horas.

—Entonces falsificaron mi firma.

—Eso parece.

Un golpe sonó en la puerta principal.

Joshua apareció desde el pasillo, perfectamente vestido.

—Ya llegó el auto —anunció—. Tenemos que ir al despacho.

Gretchen mantuvo el teléfono pegado al oído.

—Miriam, ¿quién presentó la solicitud?

La abogada respiró lentamente.

—Joshua aparece en los documentos.

Gretchen cerró los ojos.

—Lo sabía.

—Espere.

La voz de Miriam cambió.

Joshua no aparece solo.

Gretchen abrió los ojos.

—¿Quién más?

Desde la entrada, Joshua volvió a llamarla.

—¡Gretchen!

Entonces Miriam pronunció el segundo nombre.

Y Gretchen miró hacia las escaleras, completamente paralizada.

Porque aquel nombre no pertenecía a Cheyenne.

Pertenecía a alguien que tenía una llave de su casa.

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