Parte 2: LA TRAICIÓN DENTRO DE LA MANSIÓN

El susurro atravesó la puerta como una corriente helada.

—Elena…

Sentí que se me detenía el corazón.

Lorenzo Rossi levantó nuevamente el arma, pero esta vez no apuntó hacia mí. Se volvió hacia la puerta mientras Leo permanecía protegido entre mis brazos.

—¿Quién está ahí? —exigió.

Nadie respondió.

Entonces escuchamos pasos alejándose por el pasillo.

Lorenzo intentó abrir.

La puerta no cedió.

Alguien acababa de encerrarnos deliberadamente en la guardería.

—Aléjate —ordenó.

Retrocedí con Leo mientras Lorenzo golpeaba la cerradura y gritaba una orden. Segundos después, varios guardias respondieron desde el otro lado.

Mientras ellos intentaban abrir, miré a la enfermera.

Seguía dormida.

Demasiado dormida.

—Señor Rossi…

Lorenzo siguió mi mirada.

La copa.

La enfermera.

El bebé que llevaba semanas debilitándose.

Su expresión cambió.

Ya no parecía el hombre que había estado dispuesto a dispararme.

Parecía alguien que acababa de comprender que su fortaleza tenía una grieta.

Finalmente, los guardias abrieron la puerta.

—Nadie sale de esta planta —ordenó Lorenzo—. Nadie.

Dos hombres entraron.

—Lleven a la enfermera con el médico. Y guarden esa copa.

La mujer despertó sobresaltada.

—¿Qué sucede?

Cuando vio a Leo en mis brazos, palideció.

—¡Ella no puede tocar al niño!

Intentó levantarse.

—¡Señor Rossi, esa mujer entró sin autorización!

Lorenzo la observó.

—Mi hijo acaba de comer.

La enfermera dejó de hablar.

—¿Cuánto tiempo lleva usted cuidándolo por las noches?

—Seis semanas.

—¿Y durante esas seis semanas mi hijo empeoró?

—Los médicos dijeron que su condición…

—No pregunté qué dijeron los médicos.

La voz de Lorenzo descendió hasta convertirse en algo mucho más peligroso.

—Pregunté cuánto tiempo.

La mujer tragó saliva.

—Seis semanas.

Leo hizo un pequeño sonido contra mi pecho.

Lorenzo se acercó.

Por primera vez vi sus ojos con claridad.

No había crueldad en ellos.

Había agotamiento.

—Dámelo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Abracé al bebé un poco más fuerte.

Los guardias tensaron los hombros.

Lorenzo también lo notó.

—No voy a hacerle daño —dijo.

—Lo sé.

Pero no podía moverme.

Entregar a Leo significaba volver a sentir mis brazos vacíos.

Y mis brazos ya habían aprendido demasiado bien lo que significaba perder a un bebé.

Lorenzo bajó la mirada.

—¿Tienes hijos?

La pregunta me atravesó.

—Tenía una hija.

Su expresión se suavizó apenas.

—¿Tenías?

No pude responder.

No hizo falta.

Lorenzo miró hacia otro lado.

—Puedes sostenerlo hasta que termine.

Aquella inesperada misericordia casi me derrumbó.

Una hora después, el médico personal de la familia Rossi examinó a Leo.

Sus signos habían mejorado ligeramente.

—Necesitamos realizar pruebas —dijo—. Pero que haya comido así cambia algunas cosas.

Lorenzo permanecía junto a la ventana.

—¿Puede una enfermedad explicar que rechazara cada alimento durante semanas y ahora coma normalmente?

El médico vaciló.

—No puedo responder todavía.

—Entonces averígüelo.

Cuando salimos de la habitación, Lorenzo me indicó que lo siguiera.

Llegamos a su despacho.

Dos guardias cerraron las puertas.

Sobre el escritorio había fotografías, documentos y una imagen de una mujer sonriente sosteniendo a un recién nacido.

La esposa de Lorenzo.

La madre de Leo.

—Sofía murió poco después del parto —dijo él.

—Lo siento.

Lorenzo permaneció en silencio.

—Antes de morir me pidió una cosa: protegerlo.

Miró hacia la guardería.

—Y durante dos meses he visto desaparecer a mi hijo delante de mí.

Entonces colocó la copa de la enfermera sobre el escritorio dentro de una bolsa transparente.

—Dijiste que no creías que Leo estuviera rechazando la comida.

—Sí.

—Termina la frase.

Respiré profundamente.

—Creo que alguien quería que pareciera enfermo.

Lorenzo no reaccionó.

Eso fue peor.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Piénsalo.

Recordé pequeños detalles de mis tres semanas trabajando allí.

Botellas preparadas que desaparecían.

La enfermera insistiendo en alimentar a Leo siempre sola.

Una mujer que visitaba la guardería cada mañana.

—Su hermana.

Lorenzo levantó lentamente la mirada.

—¿Valentina?

—Siempre entra después del desayuno.

—Es su madrina.

—También es la persona que vi discutir con la enfermera hace cuatro días.

El silencio se volvió pesado.

—¿Qué escuchaste?

—Nada claramente. Cuando me vieron, dejaron de hablar.

Lorenzo caminó hacia mí.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Porque su primera regla para el personal es no escuchar conversaciones privadas.

Aquello casi provocó una sonrisa amarga.

—Mis propias reglas podrían haber ayudado a ocultarlo.

Su teléfono vibró.

Contestó.

Escuchó durante veinte segundos.

Luego su rostro se endureció.

—Entendido.

Colgó.

—La enfermera desapareció.

—¿Qué?

—El guardia encargado de vigilarla fue encontrado inconsciente. Ella salió por una puerta de servicio.

Sentí un escalofrío.

Eso significaba que no estaba actuando sola.

De repente recordé el susurro.

—La persona detrás de la puerta sabía mi nombre.

Lorenzo frunció el ceño.

—Todo el personal conoce tu nombre.

—No de esa manera.

—¿Qué quieres decir?

—Parecía conocerme.

Antes de que pudiera explicar más, uno de los guardias entró apresuradamente.

—Señor Rossi, encontramos algo en la habitación de la enfermera.

Dejó un teléfono sobre el escritorio.

Había fotografías de Leo.

Horarios.

Registros de alimentación.

Y mensajes enviados a un contacto sin nombre.

Lorenzo abrió el último.

“El niño sigue resistiendo. Tendremos que aumentar la dosis.”

Sentí que se me doblaban las rodillas.

Lorenzo siguió leyendo.

Entonces apareció otro mensaje.

Había sido enviado esa misma noche.

“La sirvienta lo alimentó. Ahora Rossi sospecha.”

Debajo había una respuesta.

“Entonces encárgate también de ella.”

Lorenzo levantó la vista.

—Elena, desde este momento no sales de mi vista.

—No entiende.

Mi voz tembló.

—¿Qué?

Miré el número parcialmente visible en la pantalla.

Lo había visto antes.

Muchas veces.

Durante años.

—Conozco ese número.

Lorenzo quedó inmóvil.

—¿De quién es?

Antes de responder, mi propio teléfono comenzó a sonar.

Número desconocido.

Contesté.

Durante varios segundos sólo escuché respiración.

Luego llegó una voz masculina que habría reconocido incluso después de toda una vida.

Mi exnovio.

—Elena —susurró—, cometiste un error al entrar en esa guardería.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Lorenzo activó el altavoz.

Entonces mi ex soltó una pequeña risa.

—Pregúntale a Rossi quién ordenó realmente la muerte de su esposa.

Lorenzo palideció.

Y antes de que pudiéramos decir una palabra, la línea se cortó.

En ese mismo instante, todas las luces de la mansión se apagaron.

Desde el piso superior llegó el sonido de una alarma.

Después, un guardia gritó:

—¡SEÑOR ROSSI, LEO HA DESAPARECIDO!

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