Durante los siguientes cuatro días, Adrián siguió viviendo como si nada hubiera cambiado.

Y yo lo observé despedirse de nuestro matrimonio sin saberlo.

El jueves por la noche llegó después de las once.

Dejó las llaves sobre la mesa y encontró dos maletas junto a la puerta del dormitorio.

—¿Vas a algún sitio?

—Sí.

—¿Congreso médico?

Seguí doblando mi ropa.

—Algo así.

Adrián frunció el ceño.

Antes habría explicado cada detalle. Ahora no tenía fuerzas para regalarle explicaciones a un hombre que nunca había tenido tiempo para escucharme.

Su teléfono vibró.

El nombre de Valeria iluminó la pantalla.

Adrián respondió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Su voz cambió.

Se volvió suave.

Protectora.

Exactamente como yo recordaba que alguna vez había sido conmigo.

—Tranquila. No llores. Voy para allá.

Colgó y tomó su chaqueta.

—Valeria está teniendo dolores.

Miré las dos maletas abiertas sobre nuestra cama y luego lo miré a él.

—Entonces ve.

Adrián permaneció inmóvil.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé. Últimamente actúas como si no te importara nada.

Una sonrisa amarga quiso escapárseme.

Por primera vez, mi indiferencia le dolía más que todas mis lágrimas.

—Tal vez aprendí de ti.

Su expresión se endureció.

—No empieces otra vez.

—No estoy empezando nada, Adrián.

Cerré la primera maleta.

—Estoy terminando.

Pero él ya estaba demasiado irritado para escuchar el verdadero significado.

—Hablaremos mañana.

La puerta se cerró detrás de él.

Yo miré el reloj.

Faltaban nueve horas para mi cita.

Aquella noche no dormí.

A las seis de la mañana me duché, guardé la carpeta azul en el bolso y me quedé varios minutos frente al espejo.

Había imaginado aquel embarazo de otra manera.

Adrián emocionado.

Una habitación pequeña.

Una cuna.

Discusiones tontas sobre nombres.

No aquel silencio.

No una cita médica escondida.

No documentos de divorcio debajo de una ecografía que él jamás había visto.

Cuando llegué al hospital, mi amiga Laura me esperaba.

Era anestesióloga y una de las pocas personas que conocía toda la verdad.

—Todavía puedes cambiar de opinión —dijo suavemente.

—Lo sé.

—¿Estás segura?

No respondí enseguida.

Porque estar segura no significaba que no doliera.

Significaba únicamente que comprendía las consecuencias de mi decisión y que nadie podía tomarla por mí.

Entonces escuchamos pasos apresurados.

Una enfermera apareció al final del pasillo.

—Doctora Ortega.

Me giré.

—La paciente Montes está preguntando por usted.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Valeria?

—Ingresó hace veinte minutos. Parece que tuvo una complicación durante la madrugada.

Laura me miró inmediatamente.

—No tienes que atenderla.

—No voy a hacerlo.

—Su acompañante está insistiendo en hablar con alguien del equipo.

No tuve que preguntar quién era.

Caminé hacia la estación de enfermería.

Adrián estaba allí.

Llevaba la misma camisa de la noche anterior.

El cabello desordenado.

Los ojos rojos por no haber dormido.

Cuando me vio, pareció sorprendido.

—¿Qué haces aquí tan temprano?

Apreté el bolso contra mi cuerpo.

—Trabajo aquí.

—Pensé que hoy librabas.

Recordaba mi horario.

Qué curioso.

—Tengo un asunto personal.

Antes de que pudiera preguntar, Valeria apareció acompañada por una enfermera.

Al verme, bajó la mirada hacia mi bolso.

La carpeta azul sobresalía ligeramente.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Valeria palideció.

No por su embarazo.

No por el dolor.

Por la carpeta.

—Adrián —murmuró—, quiero irme.

—El médico dijo que debemos esperar.

—He dicho que quiero irme.

Sus ojos seguían clavados en mí.

Comprendí inmediatamente que sabía algo.

—¿Qué pasa, Valeria?

—Nada.

—Entonces deja de mirarme así.

Adrián intervino.

—Elena, este no es el momento.

Me reí.

Fue una risa breve, cansada.

—Tienes razón. Nunca es el momento cuando se trata de mí.

Me di la vuelta.

Adrián me sujetó del brazo.

—Espera.

Retiré mi brazo.

—No vuelvas a tocarme así.

Algo en mi voz consiguió que me soltara.

La carpeta cayó del bolso.

Los documentos se deslizaron por el suelo.

Adrián se agachó antes que yo.

Primero vio una hoja.

Luego otra.

Su rostro cambió.

SOLICITUD DE DIVORCIO.

Levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué demonios es esto?

El pasillo quedó en silencio.

Recogí los papeles.

—Exactamente lo que parece.

—¿Quieres divorciarte?

—Sí.

Adrián soltó una risa incrédula.

—¿Por Valeria?

—No.

Eso pareció desconcertarlo todavía más.

—Entonces explícame.

—Me divorcio por ti.

Valeria dio un paso atrás.

Adrián me siguió cuando comencé a caminar.

—Elena, no puedes soltarme esto en un pasillo y marcharte.

Me detuve.

—Durante meses me dejaste sola mientras corrías detrás de otra mujer. No tienes derecho a exigir una conversación ahora que las consecuencias llegaron a tu puerta.

—Ella está embarazada y no tiene a nadie.

—Tenía médicos.

—No entiendes.

—Entiendo perfectamente.

Entonces Valeria habló.

—Adrián, déjala.

Él se giró.

—No te metas.

Valeria se quedó completamente quieta.

Nunca lo había oído hablarle así.

Yo tampoco.

Adrián volvió a mirarme.

—Vamos a casa. Hablaremos allí.

—Ya no voy a volver a esa casa.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué?

—Las maletas eran mías.

Por primera vez apareció miedo verdadero en sus ojos.

—Elena…

Una voz interrumpió detrás de nosotros.

—Doctora Ortega, estamos preparados.

Adrián miró a la enfermera.

Después me miró a mí.

—¿Preparados para qué?

Nadie respondió.

La enfermera bajó los ojos hacia mi expediente.

Demasiado tarde.

Adrián también lo vio.

Mi nombre.

El departamento.

Las semanas de gestación.

Nueve semanas.

Se quedó inmóvil.

—¿Estás… embarazada?

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

No porque lo hubiera descubierto.

Sino por la expresión de felicidad instantánea que apareció en su rostro antes de comprender dónde estábamos.

—Elena…

Dio un paso hacia mí.

—¿Nuestro bebé?

Cerré los ojos.

—No hagas esto.

—¿Por qué no me dijiste?

Entonces su mirada cayó sobre el formulario que sostenía la enfermera.

Y toda la alegría desapareció.

—¿Qué procedimiento vas a hacerte?

El silencio fue absoluto.

Adrián leyó nuevamente.

Esta vez entendió.

Retrocedió como si hubiera recibido un golpe.

—No.

—Adrián…

—No.

Su voz se quebró.

—Dime que estoy entendiendo mal.

Valeria comenzó a llorar detrás de nosotros.

Yo apreté los dedos alrededor de la carpeta.

—Es mi decisión.

—También es mi hijo.

—¿Y dónde estabas cuando yo necesitaba saber si podía contar contigo?

Abrió la boca.

No encontró respuesta.

Entonces Valeria dijo algo que hizo que ambos nos giráramos.

—Elena, espera.

Tenía lágrimas en los ojos.

Pero había algo más.

Culpa.

—Hay algo que Adrián no sabe sobre mi embarazo.

Adrián frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Valeria metió una mano temblorosa dentro de su bolso.

Sacó un sobre arrugado.

—Te mentí.

—¿Sobre qué?

Ella miró primero a Adrián.

Después a mí.

Y sus siguientes palabras hicieron que el pasillo entero pareciera inclinarse bajo mis pies.

—Adrián, tú no estás aquí porque yo necesitara un amigo. Estás aquí porque alguien hizo todo lo posible para que creyeras que este bebé podía ser tuyo.

Adrián quedó blanco.

—¿Qué acabas de decir?

Valeria extendió el sobre.

Pero antes de que pudiera entregárselo, apareció un hombre al fondo del pasillo.

Al verlo, ella dejó caer los documentos.

Adrián miró al desconocido.

Yo miré las hojas esparcidas por el suelo.

En una de ellas había un resultado de laboratorio.

Y junto al nombre de Valeria aparecía otro nombre que jamás había visto.

El hombre se acercó.

—Valeria, tenemos que decirles la verdad.

Ella comenzó a negar con la cabeza.

—No aquí.

Pero él ya estaba mirando a Adrián.

—Capitán Salvatierra, si quiere saber por qué su esposa está a punto de abandonarlo, primero debería preguntarle a Valeria quién es realmente el padre de su hijo… y por qué ella necesitaba destruir su matrimonio antes de que usted descubriera la verdad.
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