PARTE 2: AHORA EL HOSPITAL ERA MÍO.

Adrian tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Sinclair?

Mi padre ni siquiera lo miró.

Abrió la carpeta y colocó los documentos frente a mí.

Claire palideció.

—Eso es imposible. Mi padre jamás vendería Saint Matthew.

Una voz respondió desde atrás.

—Tu padre ya aceptó.

Todos nos giramos.

El presidente del consejo entró acompañado por varios abogados.

La familia Whitmore llevaba meses buscando capital. El hospital acumulaba deudas, dos proyectos habían sido suspendidos y la única oferta capaz de evitar una crisis había llegado de Sinclair Medical Group.

Claire miró a Adrian.

—¿Tú sabías esto?

Él negó lentamente.

Claro que no.

Durante cinco años nunca se había interesado demasiado por mi pasado.

Para él, Victoria Reed era una residente sin dinero ni conexiones.

Me acerqué a la mesa y firmé.

Victoria Eleanor Sinclair.

Mi nombre completo.

Mi padre tomó los documentos.

—Bienvenida a casa, hija.

El silencio se volvió insoportable.

Adrian finalmente reaccionó.

—Victoria, necesitamos hablar.

—No.

—Cinco años no pueden terminar así.

Lo miré.

—Tienes razón.

Saqué mi teléfono y mostré una fotografía de la invitación.

—Terminaron cuando organizaste tu compromiso mientras seguías durmiendo en mi apartamento.

Claire retiró la mano de su brazo.

—¿Seguías viviendo con ella?

Adrian cerró los ojos.

—Claire, puedo explicarlo.

Casi sonreí.

La misma frase que seguramente habría utilizado conmigo.

Pero mi padre intervino.

—Doctor Cole, su vida sentimental no nos interesa.

Adrian pareció respirar aliviado.

Demasiado pronto.

Mi padre abrió otra carpeta.

—Su conducta profesional sí.

El alivio desapareció.

Durante la revisión previa a la adquisición, los auditores habían encontrado irregularidades en Cirugía.

Cambios de turnos sin justificación.

Procedimientos asignados de forma preferencial.

Evaluaciones modificadas.

Y varias decisiones administrativas vinculadas directamente con Adrian y la familia Whitmore.

Lo miré.

De repente recordé todas aquellas veces que Adrian había dicho:

—No preguntes. Son asuntos internos.

Ahora comprendía por qué.

—A partir de este momento —anunció el presidente del consejo—, el doctor Cole queda apartado temporalmente de sus funciones administrativas mientras se realiza una revisión independiente.

Claire dio un paso hacia su padre, que acababa de entrar al vestíbulo.

—Papá, haz algo.

El señor Whitmore parecía veinte años mayor.

—Ya no puedo.

Aquellas tres palabras terminaron de destruir la ilusión.

Adrian me miró.

—¿Estás haciendo esto para vengarte?

Negué.

—Ese es tu problema, Adrian.

Me acerqué.

—Todavía crees que todo gira alrededor de ti.

Señalé los documentos.

—La adquisición llevaba meses negociándose. La auditoría comenzó antes de que yo descubriera tu compromiso.

Su rostro cambió.

No lo estaba destruyendo.

Simplemente ya no estaba protegiéndolo.

Claire empezó a comprenderlo también.

—¿Noventa y nueve noches? —preguntó de repente.

Adrian se quedó rígido.

Ella me miró.

—¿Dijiste que seguía viviendo contigo?

—Sí.

Claire giró lentamente hacia él.

—Me dijiste que estabas separado desde hacía casi un año.

Silencio.

—Claire…

Ella se quitó el anillo.

Adrian intentó detenerla.

—Escúchame.

—¿También me utilizaste?

Claire dejó el anillo sobre el mostrador de Recursos Humanos.

—Querías casarte con la hija del director porque creías que algún día controlarías este hospital.

Adrian no respondió.

No hacía falta.

Claire soltó una risa amarga.

—Y ahora resulta que cambiaste a la heredera de un imperio médico por la hija de un hombre que acaba de vender su hospital.

Se marchó.

Adrian quedó solo.

Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el brillante jefe de Cirugía.

Parecía simplemente un hombre que había calculado mal.

—Victoria.

Me giré para marcharme.

—Espera.

Me sujetó suavemente del brazo.

Mi padre avanzó, pero levanté una mano.

Podía resolver aquello sola.

Adrian me soltó.

—Te amé.

Lo miré durante varios segundos.

—Quizá.

Eso pareció dolerle.

—Pero amabas más la vida que creías que Claire podía darte.

—No sabía quién eras.

—Exactamente.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que cuando pensabas que yo no tenía apellido importante, decidiste que no era suficiente para presentarme a tu familia.

Me quité el anillo que durante años había llevado colgado discretamente de una cadena.

El escudo Sinclair brilló bajo las luces.

—Y ahora que sabes quién soy, de repente quieres hablar.

Puse el anillo en mi dedo.

—Así que nunca necesitaste saber quién era yo.

—Necesitabas saber cuánto valía mi familia.

Me alejé.

Dos semanas después, la auditoría concluyó.

Adrian no había robado dinero ni puesto pacientes deliberadamente en peligro.

Pero sí había utilizado su posición para favorecer determinadas contrataciones y había permitido que sus intereses personales influyeran en decisiones administrativas.

Perdió la jefatura.

Continuó ejerciendo bajo supervisión mientras el consejo reorganizaba el departamento.

Claire canceló el compromiso.

Y yo regresé a Manhattan.

Pero ocurrió algo que nadie esperaba.

Tres meses después volví a Saint Matthew.

No como residente.

Ni como la novia del doctor Cole.

Entré en el vestíbulo acompañada por el nuevo consejo directivo.

Los mismos empleados que antes susurraban que yo había conseguido oportunidades gracias a Adrian guardaron silencio.

Subí al pequeño escenario.

—Durante cinco años trabajé aquí utilizando el apellido Reed.

Miré a los residentes.

—No me arrepiento.

Porque aquellos años me habían enseñado algo que ninguna fortuna podía comprar.

Cómo era ser juzgada sin un apellido poderoso detrás.

—Saint Matthew no será convertido en un hospital exclusivo para personas ricas —continué—. La inversión Sinclair financiará nuevas becas de residencia, investigación y atención para pacientes sin recursos.

Los aplausos comenzaron.

Entonces vi a Adrian al fondo.

Ya no llevaba la bata de jefe.

Nuestros ojos se encontraron.

No sentí odio.

Eso fue lo que finalmente me hizo comprender que había terminado.

Después de la reunión se acercó.

—Victoria.

—Doctor Cole.

Sonrió con tristeza.

—Supongo que me lo merezco.

—No necesito decidir lo que mereces.

Me miró sorprendido.

—Eso ya no me corresponde.

Pasé junto a él.

Antes de llegar al ascensor, escuché:

—¿Alguna vez habrías aceptado casarte conmigo?

Me detuve.

Cinco años atrás habría respondido inmediatamente.

Aquella tarde no.

Giré la cabeza.

—Sí.

Su expresión se quebró.

—Hasta el día en que descubrí que tú solo habrías querido casarte conmigo después de saber quién era.

Entré en el ascensor.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Adrian permaneció inmóvil en el pasillo.

Durante cinco años pensé que ocultar mi apellido me permitiría descubrir quién era yo sin la sombra de mi familia.

Al final descubrí algo todavía más importante.

Descubrí quién era Adrian cuando creyó que yo no tenía nada que ofrecerle.

Y esa fue la única verdad que necesité.

El día que se comprometió con otra creyó que estaba cambiando a una residente pobre por la heredera del director.

No sabía que estaba renunciando a Victoria Sinclair.

Pero su mayor pérdida nunca fue mi dinero.

Fue perder a la mujer que lo había amado cuando todavía creía que su apellido era lo más valioso de los dos.

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