Parte 2: EL BEBÉ QUE DESAPARECIÓ

—¿Qué quiere decir con que sólo queda uno?

La enfermera bajó la voz.

—Uno de los moisés está vacío.

Corrí hacia la guardería.

Noah estaba allí, dormido bajo una manta azul.

El moisés de Lily estaba vacío.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Dónde está mi hija?

Un agente de seguridad me detuvo antes de que entrara.

—Estamos cerrando las salidas.

—¡Tiene menos de seis horas de vida!

—Señor Bennett, necesitamos que mantenga la calma.

—¡Entonces encuentren a mi hija!

La enfermera jefe apareció con una tableta.

—La pulsera electrónica de Lily fue desactivada a las 5:11.

—¿Quién puede hacer eso?

Su silencio me dio la respuesta.

Alguien que conocía el sistema del hospital.

A las 5:34, dos policías llegaron.

Mientras interrogaban al personal, seguridad revisó las cámaras.

Yo permanecí frente a una pantalla viendo pasar minutos que parecían años.

Entonces apareció.

5:08.

Una mujer con uniforme médico entró en la guardería.

Llevaba mascarilla y gorro quirúrgico.

Tomó a Lily.

La colocó dentro de una cuna de transporte.

Tres minutos después salió por un ascensor reservado al personal.

—Deténgalo —dije.

El guardia congeló la imagen.

Había algo familiar en aquella mujer.

—Amplíe la mano izquierda.

El guardia obedeció.

En su muñeca brillaba una pulsera de plata.

La reconocí inmediatamente.

Yo mismo se la había regalado a mi madre por su sexagésimo cumpleaños.

—Es ella.

La policía me miró.

—¿Quién?

—Mi madre.

La llamé.

Una vez.

Dos.

Cinco.

Nada.

Entonces recordé las últimas palabras de Claire.

“No dejes que ella se los lleve.”

No había dicho “no dejes que se lleven a los bebés”.

Había dicho ella.

Claire sabía exactamente de quién debía protegerlos.

Una hora después entré en su habitación.

Estaba despierta, apenas consciente.

—Lily desapareció.

Su rostro se transformó.

—No.

—Mi madre se la llevó.

Claire comenzó a llorar.

—Sabía que lo intentaría.

Sentí una mezcla de rabia y terror.

—Entonces dime la verdad.

Ella cerró los ojos.

—Durante nuestro último tratamiento, tu madre vino a verme.

—¿Por qué?

—Dijo que necesitaba hablar sobre los embriones.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabía detalles médicos?

Claire abrió los ojos.

—Porque ella había estado pagando parte del tratamiento sin decírtelo.

Eso era posible.

Después del segundo intento fallido, una supuesta subvención de la clínica había cubierto buena parte del procedimiento.

—¿Qué hizo?

—Tu madre estaba obsesionada con que tuvieras un hijo biológico.

—Los embriones eran nuestros.

Claire negó lentamente.

—Eso creíamos.

El frío recorrió mi espalda.

—Explícate.

—Dos días antes de la transferencia, la clínica me llamó. Había ocurrido una irregularidad con uno de los embriones seleccionados.

—¿Qué irregularidad?

Claire comenzó a temblar.

—Había dos embriones registrados bajo nuestro expediente, pero uno no correspondía genéticamente a nosotros.

No pude hablar.

—¿Por qué aceptaste la transferencia?

—¡No la acepté!

Su voz se quebró.

—Me dijeron que habían corregido el error.

Entonces entendí.

—Pero no lo corrigieron.

—No lo sé.

Claire se cubrió el rostro.

—Cuando la ecografía mostró gemelos, llamé a tu madre. Ella me dijo que guardara silencio hasta el nacimiento.

—¿Por qué?

Claire me miró.

—Porque dijo que, si hablábamos, alguien destruiría todos los registros.

La puerta se abrió.

Un detective entró.

—Señor Bennett, encontramos el coche de su madre.

—¿Dónde?

—En el estacionamiento de una clínica de fertilidad cerrada hace tres meses.

La misma clínica donde habíamos realizado nuestro tratamiento.

Llegamos veinte minutos después.

El automóvil estaba vacío.

Pero la manta del hospital de Lily estaba en el asiento trasero.

Casi perdí el control.

La policía registró el edificio.

Encontraron una puerta lateral forzada.

Dentro, algunos pasillos todavía conservaban archivadores abandonados.

En el segundo piso escuchamos llorar a un bebé.

Corrí.

—¡Lily!

El sonido provenía de un antiguo laboratorio.

La policía abrió la puerta.

Mi madre estaba dentro.

Sostenía a Lily.

—Dámela.

—No puedes llevártela todavía.

—Es mi hija.

Mi madre me miró con lágrimas.

—Ethan, escucha.

—¡Dámela!

Finalmente colocó a Lily en mis brazos.

La abracé contra mi pecho.

Entonces mi madre dijo algo que me paralizó.

—Claire estaba equivocada.

—¿Sobre qué?

—No existe otro hombre.

La miré.

—Entonces ¿de quién es el segundo bebé?

Mi madre señaló los archivadores.

—Eso es lo que vine a demostrar.

Uno de los detectives abrió una caja que ella había sacado del archivo.

Dentro había expedientes médicos.

Consentimientos.

Resultados genéticos.

Y una carpeta con nuestro apellido.

BENNETT.

Mi madre comenzó a llorar.

—Después del segundo tratamiento descubrí que había un problema con tus muestras.

—¿Qué problema?

—No eran viables como nos habían dicho.

Sentí que el aire desaparecía.

—Eso no tiene sentido.

—La clínica falsificó algunos resultados.

—¿Por qué?

Ella bajó la mirada.

—Porque alguien les pagó.

Abrí nuestra carpeta.

Había formularios que jamás había visto.

Una autorización para utilizar material genético de un donante.

Otra para una transferencia doble.

Ambas llevaban mi firma.

Yo nunca había firmado ninguna.

—¿Quién hizo esto?

Mi madre no respondió.

—¿Tú?

—Intenté detenerlo cuando descubrí la verdad.

—¿Por eso te llevaste a Lily?

—Porque recibí un mensaje diciendo que retirarían al bebé que “no pertenecía” a vuestra familia antes de que llegaran los resultados de ADN.

El detective intervino.

—¿Quién envió el mensaje?

Mi madre entregó su teléfono.

Número oculto.

Sólo había una frase:

“Antes de las seis, recuperaremos lo que es nuestro.”

Entonces mi teléfono sonó.

Era el hospital.

Contesté inmediatamente.

—¿Señor Bennett? Tenemos los resultados preliminares de ADN.

Miré a Lily.

—Dígame cuál de los dos es mío.

Hubo una pausa.

—Señor, necesitamos que regrese.

—Dígamelo ahora.

Otra pausa.

—Ninguno de los gemelos coincide con su perfil genético.

Mi madre cerró los ojos.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Entonces Claire…

—Sí coincide con ambos bebés —continuó la voz—. La señora Bennett es la madre biológica de Noah y Lily. Pero usted no es el padre biológico de ninguno.

Antes de que pudiera responder, uno de los detectives encontró otro documento dentro de la carpeta.

Lo leyó.

Después me miró.

—Señor Bennett…

—¿Qué?

Giró la hoja hacia mí.

En la casilla correspondiente al donante masculino aparecía un nombre.

Lo reconocí.

Y también mi madre.

Porque pertenecía a un hombre que llevaba siete años oficialmente muerto.

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