Instintivamente abracé a Emma contra mí.
Doce hombres armados acababan de reaccionar ante el juguete de una niña de tres años como si fuera una bomba.
—Bajen las armas —ordenó Alessandro.
Nadie discutió.
Él volvió a observar el pequeño símbolo negro cosido bajo la oreja del conejo: un cuervo atravesado por tres líneas plateadas.
—Señora Bennett —dijo—, necesito que responda con precisión. ¿Quién le dio este juguete a Emma?
Miré el conejo.
—Su padre.
Algo cambió en la expresión de Alessandro.
—¿Cómo se llamaba?
—Daniel Bennett.
Don Ricci dejó caer su copa.
El cristal se hizo añicos contra el mármol.
Todos lo miraron.
—Eso es imposible —murmuró.
Sentí que Emma apretaba mi mano.
—¿Qué está pasando?
Alessandro se levantó lentamente.
—¿Su marido está vivo?
—Murió hace dos años.
—¿Cómo?
—Accidente de coche.
Don Ricci soltó una palabra en italiano que no entendí.
Alessandro sí.
—Cierren la villa.
Las puertas principales fueron bloqueadas inmediatamente.
—Nadie sale —ordenó—. Ni invitados, ni empleados, ni miembros de mi familia.
Vivian dio un paso adelante.
—Alessandro, estás convirtiendo una cena en un interrogatorio por un juguete ridículo.
Él ni siquiera la miró.
—Precisamente por eso deberías guardar silencio.
Su humillación fue inmediata.
Pero yo ya no pensaba en Vivian.
Pensaba en Daniel.
Mi esposo había trabajado como especialista en logística internacional. Viajaba constantemente entre Londres, Génova y Milán.
Siempre dijo que transportaba maquinaria industrial.
Dos años atrás, la policía me informó que había perdido el control del automóvil durante una tormenta.
Nunca vi su cuerpo.
Me dijeron que el estado del vehículo hacía imposible una despedida normal.
—Daniel compró ese conejo tres días antes de morir —dije.
Alessandro quedó inmóvil.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Emma levantó la cabeza.
—Papá lo hizo.
La miré.
—¿Qué?
—El señor Bunny.
—Cariño, papá lo compró.
Emma negó con esa seguridad absoluta que sólo tienen los niños.
—No. Papá puso la cosa negra.
Alessandro se arrodilló otra vez.
—Emma, ¿viste a tu padre coser esto?
Ella asintió.
—Dijo que nunca debía quitarlo.
El rostro de Alessandro se endureció.
—¿Dijo por qué?
Emma pensó.
—Dijo que el señor Bunny cuidaría de mamá si los hombres malos venían.
Sentí que se me helaba la sangre.
Daniel sabía que estaba en peligro antes de morir.
Alessandro tomó el conejo con cuidado.
Presionó la costura.
Entonces frunció el ceño.
—Aquí hay algo.
Uno de sus hombres trajo unas tijeras pequeñas.
—No —dije inmediatamente.
Todos me miraron.
—Es lo último que Emma conserva de su padre.
Alessandro me sostuvo la mirada.
Luego entregó las tijeras.
—Entonces no lo dañaremos.
Palpó cuidadosamente la oreja hasta encontrar una abertura casi invisible.
Introdujo dos dedos.
Sacó una pequeña pieza rectangular envuelta en plástico.
Una tarjeta de memoria.
El silencio fue absoluto.
Vivian retrocedió.
Apenas medio paso.
Pero lo vi.
Y Alessandro también.
—¿Por qué te mueves? —preguntó.
—Porque esto es absurdo.
—Todavía no he dicho qué contiene.
—Probablemente nada.
Alessandro sonrió sin humor.
—Entonces no tienes motivos para estar nerviosa.
Vivian cerró la boca.
Nos trasladaron a la biblioteca.
Emma permaneció conmigo mientras uno de los hombres de Alessandro introducía la tarjeta en un ordenador aislado.
Había decenas de archivos.
Fotografías de contenedores.
Matrículas.
Documentos bancarios.
Grabaciones.
Y una carpeta llamada MORETTI.
Alessandro la abrió.
Su rostro se volvió inexpresivo.
—¿Qué es? —pregunté.
No respondió.
Giró el monitor.
Había fotografías de reuniones privadas celebradas dentro de aquella misma villa.
Ángulos imposibles para alguien externo.
Documentos que mostraban rutas comerciales, pagos y nombres.
—Daniel estaba investigando a alguien —dijo Alessandro.
—¿A usted?
—No.
Pasó al siguiente archivo.
—A alguien dentro de mi organización.
Don Ricci se acercó.
—Hay información aquí que sólo conocían cuatro personas.
—Cinco —corrigió Alessandro.
Sus ojos se desplazaron lentamente hacia Vivian.
Ella soltó una carcajada.
—No estarás insinuando…
Entonces apareció una fotografía.
Daniel estaba sentado dentro de un automóvil frente a un restaurante.
A su lado había otro hombre.
Reconocí inmediatamente a Alessandro.
—¿Conocías a mi marido?
Mi voz apenas salió.
Alessandro cerró los ojos durante un instante.
—Sí.
Sentí como si me hubieran golpeado.
—Me dijiste que nunca habías escuchado su nombre.
—No podía saber cuánto conocías.
—¡Trabajé bajo tu techo durante ocho meses!
—Precisamente.
Me levanté.

—¿Quién era Daniel?
Alessandro me miró.
—Un informante.
La palabra me dejó vacía.
—Trabajaba para mí desde hacía casi tres años.
—No.
—Tu marido descubrió que alguien estaba utilizando mis rutas para mover mercancía sin autorización y vender información a familias rivales.
—Daniel trabajaba en logística.
—Eso le permitía acceder a los registros.
Sentí que todo mi matrimonio se llenaba de habitaciones que jamás había visto.
—¿Y lo mataron por eso?
Alessandro no respondió inmediatamente.
Aquello fue suficiente.
—Sabías que su accidente no fue un accidente.
—Lo sospechaba.
—¿Y nunca me dijiste nada?
—Daniel me hizo prometer que, si algo ocurría, nadie se acercaría a ti ni a Emma hasta identificar al traidor.
Me reí con incredulidad.
—¿Así que tu forma de protegernos fue contratarme como ama de llaves?
—Mi forma de protegerlas fue tenerlas dentro de la propiedad más vigilada de Milán sin que nadie supiera por qué.
Miré a mi hija.
De pronto comprendí por qué había conseguido aquel trabajo con tanta facilidad.
Nunca había sido casualidad.
Alessandro llevaba meses vigilándonos.
Un golpe seco interrumpió la conversación.
El especialista había abierto otro archivo.
—Señor Moretti.
Su voz cambió.
—Necesita ver esto.
Era un vídeo.
Daniel aparecía frente a la cámara.
Mi respiración se detuvo.
Dos años.
Dos años sin escuchar su voz.
—Si Alessandro está viendo esto —decía Daniel— significa que no conseguí salir.
Me cubrí la boca.
Emma señaló la pantalla.
—Papá.
Daniel continuó:
—El traidor está dentro de Villa Moretti. Tiene acceso a las reuniones familiares y sabe modificar las rutas antes de que lleguen a Alessandro.
Vivian estaba completamente inmóvil.
—Encontré pruebas —continuó Daniel—, pero si las entrego directamente, sabrá que fui yo.
La grabación se distorsionó.
Después volvió.
—Hay otra cosa. Si algo me ocurre, protejan a Sophia y Emma.
Fruncí el ceño.
—¿Sophia?
Mi nombre era Sarah Bennett.
No Sophia.
Alessandro se volvió hacia mí.
—¿Quién es Sophia?
—No lo sé.
Daniel siguió hablando.
—Sophia todavía no sabe quién es realmente.
Sentí que el corazón se me detenía.
Vivian corrió hacia la puerta.
Dos guardias la bloquearon.
—¡Apártense!
Alessandro se levantó.
—¿Adónde vas?
—¡Esto es una locura!
Entonces el ordenador emitió un sonido.
Había un último archivo protegido.
La contraseña estaba escrita en los metadatos.
EMMA.
El especialista lo abrió.
Apareció un certificado de nacimiento.
No el de mi hija.
El mío.
Leí el nombre de la madre.
Luego el del padre.
Don Ricci tuvo que sentarse.
Alessandro perdió todo color.
Yo apenas pude respirar.
—Eso no puede ser mío.
Alessandro miró el documento otra vez.
—Sí puede.
—¿Por qué?
Levantó lentamente los ojos hacia mí.
—Porque conozco ese nombre.
Señaló la línea donde aparecía mi verdadero padre.
—Ese hombre fue el anterior jefe de las doce familias.
Antes de que pudiera comprenderlo, sonó un disparo en el pasillo.
Los guardias se giraron.
Vivian sonrió.
Y desde el piso superior alguien gritó:
—¡MORETTI, EL TRAIDOR YA ESTÁ DENTRO!