—Si quieres salir de aquí con la cabeza en alto, sígueme la corriente.
Sofía lo miró sin entender.
Santiago no esperó respuesta.
Se volvió hacia los invitados, levantó ligeramente la mano de ella y habló con una tranquilidad que parecía absurda en medio de aquel desastre.
—Lamento la confusión.
El salón quedó completamente en silencio.
—Hubo un cambio de planes.
Gerardo Mendoza abrió la boca.
—¿Qué demonios está pasando?
Santiago ni siquiera pestañeó.
—La boda continuará.
Un murmullo atravesó las mesas.
Sofía sintió que las piernas le temblaban.
—Santiago —susurró—, esto es una locura.
Él se inclinó apenas.
—Perfecto. Entonces nadie tendrá tiempo de reírse.
Después tomó el ramo que estaba a punto de caérsele de las manos y se lo acomodó.
—Camina.
—¿Hacia dónde?
—Al altar.
Sofía abrió los ojos.
—¿Estás hablando en serio?
—Hace dos minutos todos te estaban grabando mientras te destruían.
La mirada de Santiago recorrió los teléfonos levantados.
—Ahora van a grabar otra cosa.
Antes de que pudiera negarse, Catalina apareció a su lado.
Tenía la boca abierta.
—Sofía…
—No preguntes.
—No iba a preguntar. Iba a decirte que, si esto es una crisis nerviosa, al menos es la crisis nerviosa más elegante que he visto.
Sofía casi soltó una risa.
Fue la primera vez en dos horas que sintió que podía respirar.
Entonces Santiago caminó con ella hacia el centro del salón.
Los invitados se apartaban.
Unos confundidos.
Otros fascinados.
Y varios, claramente decepcionados porque el desastre acababa de cambiar de dirección.
El juez civil seguía junto al altar.
—Señorita Mendoza —dijo en voz baja—, no puedo sustituir al contrayente como si…
—No habrá matrimonio —interrumpió Santiago.
Sofía giró hacia él.
—¿Qué?
—Solo vamos a evitar que conviertan tu humillación en entretenimiento.
Entonces miró a los invitados.
—La ceremonia se cancela.
Gerardo dio un paso adelante.
—¡Entonces para qué todo este teatro!
Santiago lo miró.
—Porque su hija lleva dos horas esperando mientras la mitad de esta sala la graba y la otra mitad comenta cuánto dinero perdió usted.
El rostro de Gerardo se puso rojo.
—No te metas en asuntos familiares.
—Trabajo con Sofía desde hace cuatro años.
Santiago mantuvo la voz serena.
—Y jamás la he visto comportarse con menos dignidad que cualquiera de los que hoy decidieron convertir su dolor en un espectáculo.
Un silencio incómodo cayó sobre el salón.
Sofía lo miró.
No recordaba que nadie la hubiera defendido así.
Ni siquiera Rodrigo.
Especialmente Rodrigo.
Santiago tomó una copa de champán de la bandeja de un mesero.
—Ya pagaron la comida, el salón y la música.
Miró a Sofía.
—¿Quieres desperdiciarlo?
Ella todavía estaba aturdida.
—¿Qué propones?
—Celebrar que no te casaste con un cobarde.
Catalina levantó su copa.
—Yo voto por eso.
Alguien se rio.
Después otra persona.
La tensión comenzó a romperse.
Santiago alzó su copa.
—Por Sofía Mendoza.
—Por Sofía —repitió Catalina.
Poco a poco, varias voces se sumaron.
Sofía sintió que algo se quebraba dentro de ella.
Pero esta vez no era dolor.
Era la vergüenza perdiendo fuerza.
Sin embargo, la puerta del salón se abrió justo entonces.
Y Rodrigo apareció.
El murmullo murió de golpe.
Sofía dejó de respirar.
Rodrigo llevaba la camisa arrugada y el cabello desordenado.
No parecía un hombre que hubiera pasado el día viajando.
Parecía un hombre que había corrido.
—Sofía.
Ella no respondió.
Catalina murmuró:
—El muerto resucitó.
Rodrigo caminó hacia ellos.
—Necesito hablar contigo.
Santiago se interpuso.
—No.
Rodrigo lo miró.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Santiago sonrió sin humor.
—Hace veinte minutos tampoco tenía nada que ver con doscientos invitados con teléfono.
—Sofía, dile que se aparte.
Aquella orden automática logró algo que ni las lágrimas habían conseguido.
Sofía sintió rabia.
—No le digas qué tiene que hacer.
Rodrigo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tú desapareciste.
—Puedo explicarlo.
—Dos horas.
—Mi teléfono…
—Había fotografías tuyas en el aeropuerto.
Rodrigo palideció.
—Eso no significa lo que crees.
—Entonces dime qué significa.
Miró alrededor.
—No aquí.
Sofía se rio con incredulidad.
—Me dejaste plantada aquí.
Señaló el salón.
—Delante de todos.
—Porque descubrí algo.
Aquellas palabras cambiaron el ambiente.
—¿Qué descubriste?
Rodrigo miró a Santiago.
Después volvió hacia ella.
—Sobre él.
Sofía frunció el ceño.
—¿Sobre Santiago?
—Por eso no fui al altar.
Santiago no reaccionó.
Rodrigo sacó el teléfono.
—Esta mañana recibí unos documentos.
—¿Qué documentos?
—Contratos.
Transferencias.
Correos electrónicos.
Sofía miró a Santiago.
Él seguía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—¿Qué estás diciendo?
Rodrigo extendió la pantalla.
—Que tu jefe ha estado comprando deuda relacionada con la empresa de tu padre desde hace casi un año.
Gerardo avanzó inmediatamente.
—¿Qué deuda?
Rodrigo ignoró la pregunta.
—También compró discretamente el edificio donde trabaja Sofía.
La expresión de ella cambió.
—Eso es imposible.
Santiago habló por primera vez.
—No.
Todos lo miraron.
—Es cierto.
El corazón de Sofía dio un vuelco.
—¿Compraste el edificio?
—Sí.
Rodrigo soltó una carcajada amarga.
—¿Ves?
Sofía no apartó los ojos de Santiago.
—¿Por qué?
—No es el lugar.
—Ahora sí.
Santiago guardó silencio.
Rodrigo dio un paso hacia ella.
—Ese hombre lleva meses moviendo dinero alrededor de tu familia.
—Rodrigo, basta.
—¡Y tú crees que apareció aquí por casualidad!
El salón volvió a llenarse de murmullos.
Sofía sintió que la humillación intentaba regresar.
Santiago lo entendió.
—Salimos.
Ella lo miró.
—No.
—Sofía.
—No voy a volver a esconderme detrás de una puerta mientras todos hablan de mí.
Se volvió hacia Rodrigo.
—Enséñame los documentos.
Él abrió varios archivos.
Había transferencias.
Sociedades.
Fechas.
Y una empresa que Sofía reconoció.
Mendoza Construcciones.
La compañía de su padre.
Gerardo arrancó prácticamente el teléfono de las manos de Rodrigo.
—¿De dónde sacaste esto?
—Me lo enviaron esta mañana.
—¿Quién?
—No sé.
Santiago observó los documentos desde lejos.
—Son reales.
Gerardo levantó la cabeza.
—¿Qué hiciste?
—Compré deuda.
—¿Para quedarte con mi empresa?
—No.
—¡Entonces para qué!
Santiago miró a Sofía.
—Para impedir que alguien más lo hiciera.
El padre de Sofía se quedó callado.
—Explícate.
Santiago respiró lentamente.
—Mendoza Construcciones lleva catorce meses al borde de una ejecución bancaria.
Sofía giró hacia su padre.
—¿Qué?
Gerardo no pudo sostenerle la mirada.
—Papá.
—No era asunto tuyo.
—¿No era asunto mío?
—Pensaba solucionarlo.
Santiago continuó.
—No podía.
Gerardo apretó los puños.
—Cállate.
—Vendió propiedades para cubrir préstamos.
—¡Cállate!
—Y hace seis meses utilizó como garantía algo que no le pertenecía.
Sofía sintió que se le helaban las manos.
—¿Qué utilizó?
Su padre guardó silencio.
Santiago la miró directamente.
—El departamento de tu abuela.
Sofía retrocedió.
Aquel departamento le pertenecía desde que su abuela murió.
Era lo único que había recibido de ella.
—Papá…
—Solo necesitaba tiempo.
—¿Usaste mi propiedad?
—Te la habría devuelto.
—¡Ya era mía!
Patricia comenzó a llorar.
—Sofía, tu padre estaba desesperado.
Todo se movía demasiado rápido.
—¿Y qué tiene que ver Santiago?
Rodrigo respondió:
—Pagó la deuda antes de que ejecutaran la garantía.
Sofía volvió a mirar a su jefe.
—¿Por qué?
Santiago no respondió.
Rodrigo rio.
—Pregúntale cuánto pagó.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y ocho millones de pesos.
El salón entero quedó en silencio.
Sofía sintió que le faltaba aire.
—¿Pagaste cuarenta y ocho millones para proteger un departamento que vale ocho?
Santiago guardó silencio.
—¿Por qué?
—Porque la deuda no era lo único que estaba comprando el banco.
Rodrigo palideció ligeramente.
Santiago lo vio.
—Tú ya sabes eso, ¿verdad?
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Santiago caminó hacia él.
—Porque esos documentos no te llegaron esta mañana por casualidad.
Rodrigo retrocedió.
—¿Qué insinúas?
—Que llevas tres meses negociando con el mismo fondo que intentaba quedarse con la empresa de Gerardo.
Sofía dejó de respirar.
—Rodrigo.
—Está mintiendo.
—¿Lo estás?
—Sofía, escúchame…
—Responde.
Rodrigo apretó la mandíbula.
—Era una oportunidad de negocio.
Gerardo parecía a punto de desplomarse.
—¿Negociaste con ellos?
—Querían comprar ciertas deudas.
—¡Eran mis deudas!
—Precisamente.
Rodrigo miró a Sofía.
—Si tu padre perdía el control, yo podía entrar como socio.
Sofía sintió repulsión.
—¿Y nuestra boda?
Él no respondió.
—¿Qué tiene que ver nuestra boda con esto?
Silencio.
Santiago habló:
—Mucho.
Rodrigo se volvió hacia él.
—No te atrevas.
—¿Por qué no?
Santiago sacó su propio teléfono.
—La empresa que iba a quedarse con Mendoza Construcciones exigía una condición adicional para financiar la operación.
Le mostró la pantalla a Sofía.
Era un borrador de contrato.
Ella encontró su nombre.
SOFÍA MENDOZA.
—¿Por qué aparezco aquí?
Santiago respondió:
—Porque después de casarte con Rodrigo, ciertas acciones familiares que tu abuela dejó bloqueadas pasarían a formar parte de una estructura patrimonial conjunta.
Sofía sintió que el suelo desaparecía.
—No sabía que tenía acciones.
Gerardo cerró los ojos.
Patricia comenzó a llorar con más fuerza.
—Papá.
—Tu abuela dejó instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
Santiago terminó la frase:
—Que no pudieras disponer de ellas hasta cumplir treinta años… o casarte.
Sofía miró lentamente a Rodrigo.
Su boda ya no parecía una historia de amor destruida.
Parecía una operación.
—¿Ibas a casarte conmigo por esas acciones?
—No.
—Mírame y dilo.
Rodrigo no pudo.
La respuesta fue suficiente.
Sofía se llevó una mano a la boca.
Santiago se acercó, pero no la tocó.
—Hay algo más.
Ella negó.
—No sé si quiero escucharlo.
—Necesitas hacerlo.
Abrió otro documento.
—Hace tres días alguien intentó modificar el acuerdo prenupcial que Rodrigo te había dado.
Sofía recordó las páginas que él insistía en que firmara después de la luna de miel.
—¿Modificar qué?
Santiago señaló una cláusula.
—Tus derechos sobre esas acciones.
Rodrigo dio un paso hacia la salida.
Dos hombres de seguridad del hotel bloquearon discretamente la puerta.
—Déjenme pasar.
Santiago ni siquiera lo miró.
—Todavía no.
—¡No puedes retenerme!
—Yo no.

Una voz nueva respondió desde la entrada.
—Pero nosotros necesitamos hacerle unas preguntas.
Dos investigadores entraron acompañados por el abogado de la familia Mendoza.
Gerardo palideció.
Sofía miró alrededor completamente confundida.
—¿Qué está pasando?
El abogado sostuvo una carpeta.
—Señorita Mendoza, esta mañana detectamos una falsificación en documentación relacionada con el patrimonio de su abuela.
Rodrigo comenzó a protestar.
—¡Yo no falsifiqué nada!
El abogado lo miró.
—Curioso. Todavía no mencioné quién figuraba en los documentos.
Silencio.
Rodrigo perdió todo el color.
Y entonces Sofía comprendió algo todavía peor.
—¿Por eso desapareciste hoy?
Rodrigo la miró.
—Sofía…
—No ibas camino a Cancún.
Santiago respondió antes que él:
—No.
—Entonces ¿adónde iba?
El abogado abrió la carpeta.
—Al aeropuerto, sí.
Hizo una pausa.
—Pero no para irse de vacaciones.
Sacó una copia de un boleto.
Destino:
Madrid.
Solo ida.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Estaba huyendo?
—Eso creemos.
—¿Por qué?
El abogado sacó una última hoja.
Su rostro se volvió grave.
—Porque esta mañana desaparecieron cuarenta y ocho millones de pesos de una cuenta vinculada a la deuda de su padre.
Santiago se quedó inmóvil.
Gerardo también.
—¿Desaparecieron? —preguntó Sofía.
—Sí.
—¿Quién podía moverlos?
El abogado miró primero a Rodrigo.
Después a Santiago.
—Tres personas.
—¿Quiénes?
—Su padre.
Gerardo negó rápidamente.
—Yo no fui.
—Rodrigo.
Sofía cerró los ojos.
—¿Y la tercera?
El abogado no respondió de inmediato.
Luego levantó la vista hacia Santiago.
—Santiago Montero.
El salón quedó completamente inmóvil.
Sofía miró al hombre que, minutos antes, había tomado su mano y se había ofrecido a fingir ser el novio.
—¿Qué significa esto?
Santiago no respondió.
Por primera vez desde que había entrado al hotel, su calma desapareció.
Y entonces su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
Sofía dio un paso hacia él.
—Santiago.
Él levantó la vista.
—Hay algo que debí decirte antes de entrar en esta boda.
—¿Qué?
Santiago apretó el teléfono entre los dedos.
—Los cuarenta y ocho millones no desaparecieron hoy.
El abogado frunció el ceño.
—¿Entonces cuándo?
Santiago miró directamente a Sofía.
—Hace seis meses.
Ella dejó de respirar.
—¿Dónde están?
Hubo una pausa.
Y la respuesta cayó sobre el salón entero como una bomba.
—A tu nombre.