Parte 2: EL PADRE QUE ELLOS NO QUERÍAN NOMBRAR

—Nunca reconoceremos a un niño sin padre —dijo mi madre.

Miré a Elliot.

Después a ella.

—Tiene padre.

Mi padre finalmente habló.

—Entonces dinos quién es.

Su tono no contenía curiosidad.

Era una exigencia.

—No.

Mi madre soltó una risa seca.

—Ahí está el problema.

—No hay ningún problema.

—Acabas de tener un hijo y ni siquiera puedes decirle a tu propia familia quién es el padre.

Apreté a Elliot contra mi pecho.

—Puedo decirlo.

Levanté la mirada.

Simplemente no quiero decírselo a ustedes.

Mi padre dejó la carpeta sobre la mesa.

—Entonces tendremos que hacer esto de otra manera.

La abrió.

Había documentos.

—¿Qué es eso?

—Una solución.

Tomé la primera hoja.

Tardé varios segundos en comprenderla.

Era una propuesta de tutela.

Mis padres aparecían como tutores temporales de Elliot.

—¿Están locos?

—Baja la voz —ordenó mi madre—. El bebé está durmiendo.

—¿Quieren quitarme a mi hijo?

—Queremos protegerlo.

Me reí.

—Tiene nueve horas.

—Precisamente.

Mi padre señaló otra página.

—No tienes marido. No has identificado al padre. Dejaste tu puesto en Mercer Holdings hace seis meses y actualmente no tienes ingresos estables.

Lo miré.

—Tengo mis ahorros.

—Que provienen de la familia.

Aquello era lo que realmente importaba.

Siempre había sido así.

Los Mercer no regalaban nada.

Invertían.

Incluso en sus propios hijos.

—No voy a firmar.

Mi madre se acercó.

—Charlotte, piensa racionalmente.

—Estoy pensando con absoluta claridad.

—Tu hijo necesita estabilidad.

—La tiene conmigo.

—¿En ese apartamento?

—En mi apartamento.

—Donde ni siquiera tienes personal doméstico.

No pude evitar sonreír.

Para mi madre, criar un niño sin niñera interna probablemente contaba como abandono.

—Váyanse.

Mi padre cerró la carpeta.

—Si sales del hospital con ese bebé sin resolver esto, habrá consecuencias.

—¿Es una amenaza?

—Es información.

Entonces Elliot comenzó a llorar.

Mi madre dio un paso atrás.

Ni siquiera intentó tocarlo.

Lo acomodé contra mí.

—Shhh. Mamá está aquí.

Cuando volvió a tranquilizarse, levanté la mirada.

—Ahora salgan.

Mi padre tomó la carpeta.

Antes de llegar a la puerta se detuvo.

—Tienes hasta mañana.

—No necesito tiempo.

—Lo necesitarás cuando entiendas lo que estás perdiendo.

Se fueron.

Una hora después llegó mi mejor amiga, Hannah.

En cuanto vio mi cara, cerró la puerta.

—¿Qué hicieron?

Le conté todo.

—¿Tutela?

—Sí.

—Charlotte, eso es una locura.

—Mi padre no hace nada sin preparar el terreno.

Hannah se quedó callada.

—Entonces quizá deberías llamar a James.

Miré inmediatamente hacia Elliot.

—No.

—Es su hijo.

—Lo sé.

—Y tus padres están intentando quitártelo.

—James no puede aparecer.

—¿Por qué?

La miré.

Ella conocía parte de la historia.

No toda.

—Porque si aparece, esto deja de ser solamente una pelea familiar.

Hannah frunció el ceño.

—¿Quién demonios es realmente?

No respondí.

A la mañana siguiente recibí una llamada del departamento legal de Mercer Holdings.

Mi padre había cumplido su amenaza.

Mi seguro privado sería cancelado al final del mes.

Mis tarjetas familiares estaban bloqueadas.

El fideicomiso que mi abuelo había creado para mí sería revisado.

Y el apartamento donde vivía…

También pertenecía a una sociedad controlada por mi padre.

Me quedé mirando a Elliot.

—Parece que somos pobres, pequeño.

Él bostezó.

—Sí. A mí tampoco me impresiona.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Era una trabajadora social del hospital.

Mi corazón se aceleró.

—Señorita Mercer, recibimos una solicitud para evaluar el entorno al que será dado de alta el bebé.

—¿Quién la presentó?

Ella no respondió directamente.

No necesitaba hacerlo.

Mi padre.

Durante cuarenta minutos contesté preguntas.

Dónde viviríamos.

Cómo pagaría gastos.

Quién me ayudaría.

Si tenía antecedentes médicos.

Finalmente llegó la pregunta que esperaba.

—¿El padre del niño está involucrado?

—Sí.

La mujer levantó la vista.

—¿Podemos contactar con él?

Guardé silencio.

—Señorita Mercer, no estoy aquí para juzgarla. Pero si existe otro progenitor capaz de confirmar apoyo y responsabilidad, sería importante.

Miré el teléfono.

Había un número que llevaba nueve meses sin marcar.

Lo llamé.

Contestó al segundo tono.

—Charlotte.

Solo escuchar su voz hizo que se me cerrara la garganta.

—James.

Silencio.

—¿Nació?

Miré a Elliot.

—Ayer.

Escuché cómo exhalaba.

—¿Está bien?

—Perfecto.

Otra pausa.

—¿Y tú?

—Necesito que vengas.

No preguntó por qué.

—¿Dónde?

Le di el nombre del hospital.

—Dos horas.

Colgó.

La trabajadora social tomó algunas notas.

—¿Ese es el padre?

—Sí.

Dos horas después, mi madre regresó.

Esta vez venía acompañada por un abogado.

—Espero que hayas recuperado la sensatez.

—En realidad, llamé al padre.

Su rostro cambió.

Mi padre apareció detrás de ella.

—¿Qué hiciste?

Fue la primera vez que vi miedo en sus ojos.

—Dijeron que Elliot necesitaba un padre.

Mi madre se acercó.

—Llámalo ahora mismo y dile que no venga.

—¿Por qué?

—Charlotte.

—¿Por qué?

Mi padre cerró la puerta.

—Porque no sabes lo que estás haciendo.

Entonces comprendí algo.

Ellos sabían quién era James.

—¿Desde cuándo?

Nadie respondió.

—¿Desde cuándo saben quién es el padre de Elliot?

Mi madre palideció.

—No importa.

—Importa muchísimo.

Mi padre golpeó la carpeta contra la mesa.

—Ese hombre no puede entrar en esta familia.

—No está entrando.

Miré a mi hijo.

—Ya forma parte de ella.

Entonces escuchamos voces en el pasillo.

Mi padre se volvió hacia la puerta.

Un hombre habló con seguridad.

Después otra voz respondió:

—Señor, puede pasar.

La puerta se abrió.

James entró.

Traje oscuro.

Sin corbata.

En una mano llevaba una pequeña bolsa de bebé.

Detrás de él venían dos abogados.

Mi madre parecía incapaz de respirar.

James ni siquiera la miró.

Caminó directamente hasta mi cama.

Sus ojos se posaron en Elliot.

Toda la dureza de su rostro desapareció.

—¿Puedo?

Asentí.

Le entregué a nuestro hijo.

James lo sostuvo como si fuera lo único que existía en aquella habitación.

—Hola, pequeño.

Mi padre finalmente reaccionó.

—No tienes ningún derecho sobre ese niño.

James levantó la mirada.

—Eso será fácil de demostrar.

Uno de sus abogados dejó una carpeta sobre la mesa.

Prueba prenatal de paternidad.

Reconocimiento firmado.

Documentación preparada meses atrás.

Mi madre me miró horrorizada.

—¿Lo sabías?

—Desde el embarazo.

—Entonces nos mentiste.

—Ustedes nunca preguntaron porque les importara Elliot. Querían saber el nombre para decidir si era suficientemente bueno.

James entregó al bebé nuevamente en mis brazos.

Después se giró hacia mi padre.

—Ahora quiero saber por qué intentaron obtener la tutela antes de que Charlotte saliera del hospital.

Mi padre apretó la mandíbula.

—Esto no te concierne.

James sonrió sin humor.

—Sí me concierne.

Sacó otro documento.

—Especialmente porque Mercer Holdings lleva cuatro años intentando ocultar pagos relacionados con mi familia.

Lo miré.

—¿Qué pagos?

Mi padre palideció.

—James.

—¿Charlotte no lo sabe?

Mi madre intervino.

—Cállate.

El silencio que siguió fue absoluto.

Miré a James.

—¿Qué debería saber?

Él no respondió inmediatamente.

En cambio, abrió la carpeta que había llevado.

Sacó una fotografía antigua.

Mi padre aparecía mucho más joven.

Junto a él había otro hombre.

Reconocí al segundo inmediatamente.

Era el padre de James.

—¿Por qué estaban juntos?

James me miró.

—Porque nuestras familias se conocían mucho antes que nosotros.

—¿Qué significa eso?

Mi padre avanzó.

—No se lo digas.

James lo ignoró.

—Hace veintinueve años, tu padre y el mío fundaron juntos la empresa que hoy se llama Mercer Holdings.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

—Eso es imposible.

—Mi padre desapareció de todos los registros corporativos después de un supuesto acuerdo de venta.

—¿Supuesto?

James sacó la última página.

—La firma era falsa.

Miré a mi padre.

—¿Es verdad?

No respondió.

Entonces James dijo algo todavía peor.

—Por eso tus padres no temen que Elliot haya nacido sin padre.

Miró al bebé.

—Temen que mi hijo pueda demostrar legalmente que una parte del imperio Mercer nunca les perteneció.

Mi madre se dejó caer en una silla.

Pero James todavía no había terminado.

Sacó un sobre amarillento.

—Mi padre me dejó esto antes de morir.

En el frente aparecía mi nombre.

CHARLOTTE MERCER.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Por qué tu padre tenía una carta para mí?

James miró a mis padres.

—Eso mismo llevo años intentando averiguar.

Rompió el sello.

Leyó las primeras líneas.

Y su expresión cambió.

—James…

Levantó lentamente los ojos hacia mí.

—Charlotte, esta carta dice que nuestros padres hicieron un acuerdo la semana en que tú naciste.

Mi padre corrió hacia él.

—¡Dame eso!

Uno de los abogados se interpuso.

James retrocedió y terminó de leer la frase.

Después me miró como si acabara de descubrir algo que ni él esperaba.

—Y dice que el verdadero motivo por el que mi padre desapareció de Mercer Holdings… fuiste tú.

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