PARTE 2: ESTA VEZ NO ESPERÉ MI TURNO.

Ethan me escribió a las doce y diecisiete.

—Cuando termines con tu berrinche, vuelve.

No respondí.

A la mañana siguiente envió otro mensaje.

—Chloe dice que seguramente entendiste mal lo de anoche.

Me quedé mirando aquellas palabras.

Incluso después de terminar conmigo, Chloe seguía participando en nuestra relación.

Bloqueé el teléfono y continué preparando los documentos para Nueva York.

Tres días después recibí la confirmación oficial.

La beca cubría alojamiento, matrícula y gastos básicos durante un año.

Cuando vi el correo, sentí miedo.

Pero debajo del miedo había algo mucho más fuerte.

Libertad.

Ethan descubrió que me marchaba una semana después.

Apareció frente a mi residencia universitaria.

—¿Te vas a Nueva York?

—Sí.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Ya no somos pareja.

Su expresión se endureció.

—Claire, llevamos dos años juntos. No puedes desaparecer porque tuvimos una discusión.

—No tuvimos una discusión.

Cerré mi maleta.

—Yo terminé contigo.

Ethan soltó una risa incrédula.

—¿De verdad vas a tirar dos años por Chloe?

Lo miré.

—No.

—Estoy dejando de tirar más años por ti.

Aquello borró su sonrisa.

—Puedo hablar con mi madre.

—¿Ahora?

—Le diré que estábamos juntos.

—¿Estábamos?

Ethan se quedó callado.

Utilicé deliberadamente el pasado.

—Claire…

—Tuviste dos años para decir cuatro palabras: “Claire es mi novia”.

Me acerqué a la puerta.

—Nunca pudiste hacerlo cuando importaba.

Ethan me agarró del brazo.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que elimine a Chloe de mi vida?

Me liberé.

—Ese es precisamente tu problema.

Lo miré fijamente.

—Sigues creyendo que necesito pedirte que elijas.

Abrí la puerta.

—Ya elegiste durante dos años. Ahora me toca elegir a mí.

Me marché a Nueva York.

Los primeros meses fueron agotadores.

Trabajaba hasta tarde.

Estudiaba los fines de semana.

Vivía en un apartamento diminuto donde podía tocar la cocina desde la cama.

Y fui más feliz de lo que había sido en años.

Mi investigación empezó a destacar.

Un proyecto sobre rehabilitación neuromuscular fue seleccionado para una conferencia.

Después participé en una publicación médica.

Seis meses más tarde me ofrecieron extender el programa.

Acepté.

Mientras tanto, Ethan seguía escribiendo.

Primero con arrogancia.

Después con nostalgia.

Finalmente con desesperación.

—Mi madre ya sabe lo nuestro.

—Discutí con Chloe.

—Entiendo lo que hiciste por mí.

—Claire, contéstame.

No lo hice.

Hasta que una noche recibí una llamada de un número desconocido.

—¿Claire?

Reconocí inmediatamente la voz.

Chloe.

—¿Qué quieres?

Hubo un silencio.

—Pedirte perdón.

Casi colgué.

—Entonces hazlo rápido.

—Yo sabía que ustedes eran pareja.

—Eso nunca fue un secreto para ti.

—No me refiero a eso.

Su voz tembló.

—Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Me quedé inmóvil.

Chloe respiró profundamente.

—Me gustaba comprobar que Ethan me elegiría primero.

No dije nada.

—La langosta —continuó—. Sabía que era tu favorita.

Cerré los ojos.

—¿Por eso la pediste?

—Sí.

—¿Y las entradas?

—También.

—¿Los viajes?

Silencio.

—Sí.

Sentí algo inesperado.

No rabia.

Alivio.

Durante años Ethan había conseguido convencerme de que estaba imaginando cosas.

Que era insegura.

Celosa.

Demasiado sensible.

Pero nunca había sido imaginación.

—¿Por qué me lo dices ahora?

Chloe empezó a llorar.

—Porque Ethan descubrió todo.

Después de mi partida, Chloe había seguido comportándose exactamente igual.

Solo que ya no estaba yo para aceptar el segundo lugar.

Llamaba a Ethan durante reuniones.

Interrumpía sus citas.

Exigía que cancelara planes.

Hasta que una noche apareció en su apartamento y encontró a Ethan hablando con su madre.

La señora Grant había descubierto accidentalmente fotografías nuestras.

Fotografías de cumpleaños.

Viajes.

Dos aniversarios.

Entonces comprendió que yo nunca había sido simplemente “una amiga”.

Y Chloe llevaba años permitiendo que ella creyera que sería su futura nuera.

La discusión fue enorme.

Por primera vez, Ethan defendió nuestra relación.

Demasiado tarde.

—Ya no hablamos —dijo Chloe.

—Lo siento.

—¿De verdad?

—Sí.

Hice una pausa.

—Pero eso tampoco cambia nada.

—Ethan todavía te ama.

Miré Manhattan desde mi ventana.

—Quizá.

—Entonces vuelve.

Sonreí.

—Chloe, durante dos años pensé que tú eras el problema.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que no.

Guardó silencio.

—Tú podías pedir cualquier cosa.

Mi voz permaneció tranquila.

—El problema era que Ethan siempre quería dártela.

Colgué.

Un año después regresé para presentar mi investigación en una conferencia internacional.

Cuando terminé mi exposición, escuché los aplausos y sentí algo que jamás había experimentado junto a Ethan.

Orgullo de mí misma.

Al salir del auditorio, lo vi.

Ethan estaba esperando.

Solo.

—Hola, Claire.

—Hola.

Parecía más maduro.

También más cansado.

—Estuviste increíble.

—Gracias.

Caminamos hasta el vestíbulo.

—Chloe y yo ya no tenemos contacto.

—Lo sé.

—Mi madre sabe todo.

Asentí.

—Y le conté la verdad sobre ti.

Lo miré.

—¿Qué verdad?

—Que eras mi novia. Que llevábamos dos años juntos. Que yo fui un cobarde.

No esperaba esa última palabra.

Ethan bajó la mirada.

—Pensé que estaba protegiendo nuestra relación de mi madre.

Soltó una risa amarga.

—Pero en realidad estaba protegiéndome a mí mismo del conflicto.

Por primera vez, no intenté corregirlo.

Había entendido.

—Claire, quiero intentarlo otra vez.

Respiré lentamente.

Un año atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.

Ahora no sentía emoción.

Solo ternura por la chica que había esperado tanto tiempo.

—No puedo.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Hay alguien más?

—No.

Pareció recuperar esperanza.

—Entonces…

—No necesito estar enamorada de otro hombre para saber que ya no quiero volver contigo.

Aquello lo silenció.

Metió una mano en el bolsillo.

Sacó una tarjeta.

La reconocí.

La tarjeta VIP del restaurante.

—Volvieron a hacer la promoción.

Me la ofreció.

—Esta está vinculada a tu número.

Miré la tarjeta.

Después lo miré a él.

—Guárdala.

—Claire…

Sonreí.

—Nunca fue por la tarjeta.

Ethan cerró los ojos.

—Ni por la langosta.

—No.

—Fue porque siempre te hacía esperar.

Asentí.

Finalmente lo había entendido.

Pero comprender una herida no obliga a quien la sufrió a regresar.

—Lo siento —susurró.

—Lo sé.

Nos despedimos allí.

Sin promesas.

Sin otra oportunidad.

Aquella noche cené con mis compañeros después de la conferencia.

Por casualidad, el restaurante servía langosta negra.

Cuando llegó el plato, todos comenzaron a conversar.

Yo observé la primera pieza.

Durante un instante regresé mentalmente a aquella noche.

Vi mi cuenco extendido.

La mano de Ethan pasando de largo.

La langosta cayendo en el plato de Chloe.

Recordé todos los años esperando.

Entonces extendí mis palillos y tomé la primera pieza.

Una compañera sonrió.

—¿Es tu favorita?

La probé.

—Sí.

Y me eché a reír.

Porque finalmente comprendí que la decisión más importante de aquella historia nunca había ocurrido en un restaurante.

Había ocurrido a las 11:57 de una noche cualquiera, frente a una pantalla que me preguntaba si quería aceptar una oportunidad.

Durante dos años había esperado a que Ethan me eligiera primero.

Aquella noche dejé de esperar.

Pulsé un botón con tres minutos de sobra.

Y descubrí que nunca había necesitado ser la primera elección de Ethan.

Solo necesitaba dejar de llegar tarde a elegirme a mí misma.

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