Durante varios segundos después de cerrar la puerta, no me moví.
Noah seguía abrazado a mi pierna.
—Mamá, ¿quién era ese señor?
Miré hacia abajo.
Mi hijo tenía cinco años y los mismos ojos oscuros de Ethan.
Durante años había temido ese momento. No porque quisiera esconderle la verdad para siempre, sino porque sabía que algún día tendría que explicarle que su padre había decidido desaparecer antes incluso de conocerlo.
—Alguien de hace mucho tiempo —respondí.
Entonces volvieron a golpear.
Esta vez no fue la madre de Ethan.
Fue él.
—¡Olivia! ¡Por favor!
No respondí.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada.
Una risa amarga casi escapó de mi garganta.
Por primera vez en cinco años, Ethan Cole había dicho algo con lo que estaba completamente de acuerdo.
Tomé a Noah de la mano.
—Ve a tu habitación.
—Pero…
—Cariño, por favor.
Esperé hasta escuchar sus pequeños pasos alejándose.
Entonces abrí la puerta apenas unos centímetros.
Ethan estaba solo.
Su madre permanecía junto al automóvil, llorando.
Lo observé mejor.
Había perdido mucho peso. Sus mejillas estaban hundidas y sus manos temblaban ligeramente.
—Tienes dos minutos.
Ethan tragó saliva.
—Estoy enfermo.
—Eso ya lo entendí.
—Mis riñones están fallando.
No dije nada.
—Los médicos dicen que necesito un trasplante.
—Entonces busca un donante.
Ethan cerró los ojos.
—Lo hicimos.
Sacó una carpeta de debajo del brazo.
—Mi madre no es compatible. Mi padre tampoco. Mi hermana fue descartada. Hemos probado con familiares, registros, listas…
Entonces comprendí.
Sentí que algo helado me recorría la espalda.
—No.
—Olivia…
—No has venido por mí. Has venido por Noah.
Ethan bajó la cabeza.
Su silencio confirmó todo.
Abrí más la puerta.
—¿Cómo te atreves?
—Escúchame.
—¡Cinco años!
Mi voz salió más alta de lo que pretendía.
—Cinco años sin una llamada. Sin una pregunta. No sabías si tu hijo había nacido vivo o muerto. Y ahora apareces porque necesitas una parte de él.
—No quiero hacerle daño.
—No vuelvas a pronunciar esa frase delante de mí.
Ethan retrocedió.
—Solo necesitamos hacer pruebas de compatibilidad.
—No.
—Olivia, podría morir.
Lo miré directamente.
—Noah también pudo morir.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Nació antes de tiempo. ¿Recuerdas? Claro que no. Porque estabas demasiado ocupado empezando tu nueva vida.
Su rostro perdió todavía más color.
—Tuvo problemas respiratorios. Pasó días en cuidados intensivos. Yo permanecía junto a una incubadora preguntándome si mi hijo llegaría a conocer mi voz.
Ethan abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
—Mientras tanto, tú ni siquiera preguntaste si había nacido.
—Yo…
—Se acabaron tus dos minutos.
Intenté cerrar.
Su mano detuvo la puerta.
—¡Espera! Hay algo que no sabes.
Lo miré.
—La casa.
Me quedé quieta.
—¿Qué pasa con la casa?
Ethan respiró con dificultad.
—Nunca debió ser mía.
Aquello consiguió detenerme.
Sacó varios documentos.
—Después del divorcio descubrí algo sobre la entrada.
—Tu madre la pagó. Eso dijiste.
Ethan negó lentamente.
—Mentí.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿De dónde salió?
Ethan levantó los ojos.
—De tus joyas.
El pasillo pareció inclinarse.
—¿Qué?
—Las joyas de tu madre que vendiste cuando mi empresa tuvo problemas… no utilicé todo el dinero para pagar las deudas.
Recordé aquella caja.
Los pendientes de jade.
La pulsera que mi madre había llevado durante veinte años.
El collar que debía usar yo el día de mi boda.
Los había vendido porque Ethan me aseguró que, sin ese dinero, perderíamos todo.
—Guardé parte —confesó—. Luego mi madre lo utilizó para la entrada de la casa.
No podía respirar.
—Así que cuando dijiste que tu madre había pagado…
—En realidad era tu dinero.
Me apoyé contra el marco.
Aquella casa que me había obligado a abandonar embarazada había sido comprada, en parte, con el último recuerdo material que me quedaba de mi madre.
—Vete.
—Olivia…
—¡Vete!
Su madre corrió desde el automóvil.
—¡Espera!
Se arrodilló nuevamente frente a mí.
—Yo también tuve la culpa.
—Levántese.
—No hasta que me escuches.
Ethan intentó ayudarla.
Ella apartó su mano.
—Después de que te fuiste, Ethan se casó con Vanessa.
Así se llamaba.
La mujer por la que me había dejado.
—No me interesa.
—Debería interesarte —dijo ella— porque Vanessa sabía más de ti de lo que imaginabas.
La miré.
—¿Qué significa eso?
Ethan cerró los ojos.
Su madre continuó.
—Vanessa trabajaba en la empresa donde tú habías trabajado antes del embarazo.
Recordé vagamente aquel lugar.
Contabilidad.
Facturas.
Contratos.
—¿Y?
—Ella sabía lo de tus ahorros. Sabía lo de las joyas. Sabía cuánto habías aportado al matrimonio.
Ethan murmuró:
—Mamá, basta.
—¡No! —gritó ella—. Ya hemos ocultado demasiado.
Luego me miró.
—Vanessa fue quien convenció a Ethan de preparar aquel acuerdo.
Sentí náuseas.
Pero entonces la mujer añadió algo peor.
—Y no fue solo por la casa.
—¿De qué habla?
Ella miró hacia el interior, justo en dirección a la habitación de Noah.
—Querían que renunciaras a algo mucho más valioso sin darte cuenta.
Ethan agarró a su madre del brazo.
—¡Cállate!
Nunca lo había visto tan asustado.
—Suéltela —dije.
—Olivia, ella está confundida.
—No lo estoy —respondió su madre—. Encontré los documentos.
Sacó un sobre doblado de su bolso.
Ethan intentó arrebatárselo.
Yo fui más rápida.
En la primera página reconocí mi nombre.
OLIVIA MOORE.
Debajo aparecía una firma.
Mi firma.
Solo había un problema.
Yo jamás había firmado aquel documento.
—¿Qué es esto?
Ethan empezó a temblar.
Su madre lloraba.
Pasé a la segunda página.
Había números de cuentas.
Fechas.
Una empresa que no conocía.
Y una transferencia realizada tres semanas antes de que Ethan me pidiera el divorcio.
La cantidad hizo que tuviera que leerla dos veces.
No eran 20.000 yuanes.
Ni 120.000.
Eran millones.
—¿De dónde salió este dinero?
Ninguno respondió.
Entonces escuché la voz de Noah detrás de mí.

—Mamá…
Me giré.
Mi hijo sostenía un pequeño automóvil rojo y observaba a Ethan con curiosidad.
Pero Ethan ya no miraba los documentos.
Miraba el juguete.
Su expresión cambió por completo.
—¿Dónde consiguió eso?
—Es mío —dijo Noah.
Ethan dio un paso hacia él.
Yo me interpuse inmediatamente.
—No te acerques.
—Olivia, ese coche…
—¿Qué pasa con él?
Ethan parecía haber olvidado incluso su enfermedad.
—Mira debajo.
Noah me entregó el juguete.
Lo giré.
En la base había una pequeña inscripción que nunca había notado.
Tres letras.
E.C.C.
Ethan se llevó una mano a la boca.
—No puede ser.
—¿Qué?
Su madre empezó a llorar todavía más fuerte.
Ethan levantó los ojos hacia mí.
—Olivia… yo tenía exactamente ese coche cuando era niño.
—¿Y?
—Mi padre mandó fabricar solo dos.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde está el otro?
Ethan miró el sobre que yo sostenía.
Después miró a Noah.
Y finalmente susurró:
—Se lo entregó al hombre que creó esa empresa.
En ese instante sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Señora Moore?
—Sí.
La voz masculina al otro lado habló con absoluta calma.
—Mi nombre es Daniel Reeves. Soy abogado.
Miré a Ethan.
—¿Qué quiere?
Hubo una breve pausa.
—Represento el patrimonio de su difunto padre.
Mi corazón se detuvo.
—Mi padre murió hace veintisiete años.
—Eso es lo que le dijeron.
Apreté el teléfono.
—¿Qué acaba de decir?
Entonces el abogado pronunció una frase que hizo que Ethan retrocediera como si acabaran de golpearlo.
—Señora Moore, esta mañana recibimos una solicitud firmada por Ethan Cole para reclamar una herencia utilizando a Noah como beneficiario biológico.
Miré lentamente a Ethan.
Él negó con la cabeza.
—Olivia, puedo explicarlo.
Pero la voz del abogado continuó:
—Y antes de que hable con él, debe saber algo más.
Tragué saliva.
—¿Qué?
—Ethan Cole no vino a su casa porque necesite que Noah le salve la vida.
El silencio fue absoluto.
—Entonces… ¿por qué vino?
El abogado respiró al otro lado de la línea.
—Porque tiene hasta mañana a las nueve de la mañana para demostrar que el niño es su hijo.
Miré a Ethan.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero terror en sus ojos.
—¿Qué ocurre mañana?
La respuesta llegó lentamente.
—Si demuestra la paternidad, Ethan podría quedarse con una parte de la fortuna que realmente pertenece a Noah.
Y entonces alguien llamó nuevamente a mi puerta.