Desde aquella noche dejé de pensar en la advertencia de mi padre como una paranoia de un hombre enfermo.
Empecé a observar.
Daniel seguía siendo amable.
Demasiado amable.
Preparaba desayuno los domingos. Me preguntaba si había dormido bien. Me enviaba mensajes durante el trabajo para recordarme que comiera.
Pero cada conversación terminaba acercándose al mismo lugar.
Mi padre.
La casa.
La herencia.
—Por cierto —dijo una noche mientras cortaba fruta—, un compañero conoce a alguien que compra propiedades antiguas. Podría mirar el apartamento de tu padre sin compromiso.
—No quiero venderlo.
El cuchillo se detuvo durante apenas un segundo.
Luego Daniel volvió a cortar.
—Solo intento ayudarte.
—Ya lo sé.
Sonrió.
Pero yo había visto aquella pausa.
Dos semanas después trasladé la libreta de ahorros y la llave.
No le dije a nadie dónde.
Después coloqué dentro del abrigo un sobre vacío.
Quería comprobar algo.
Tres días más tarde, el sobre había desaparecido.
No confronté a Daniel.
Aquella mañana fui al banco.
Pedí revisar cualquier movimiento relacionado con las cuentas de mi padre.
La empleada tecleó durante varios minutos antes de fruncir el ceño.
—Señora Lin, existe una solicitud pendiente.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué solicitud?
Giró la pantalla ligeramente.
Transferencia de derechos hereditarios.
Por un momento no entendí las palabras.
—Yo no solicité eso.
La empleada me miró.
—Aquí aparece su firma.
Imprimió el documento.
Cuando lo tuve frente a mí, sentí que el suelo desaparecía.
Mi nombre estaba abajo.
Lin Meiyu.
La firma parecía mía.
Casi perfecta.
Pero no lo era.
Mi padre me había enseñado caligrafía desde niña. Siempre terminaba el último trazo de mi apellido ligeramente hacia arriba.
Aquella firma descendía.
—¿Quién presentó esto?
—No puedo proporcionarle toda la información sin iniciar una reclamación formal.
Me incliné hacia ella.
—Alguien falsificó mi firma.
Su expresión se volvió seria.
—Entonces no firme nada más y solicite inmediatamente el bloqueo preventivo.
Lo hice.
Cuando salí del banco, tenía las manos heladas.
Llamé al trabajo de Daniel.
—¿El señor Chen está disponible?
La recepcionista guardó silencio.
—¿Daniel Chen?
—Sí. Soy su esposa.
—Señora… el señor Chen pidió una semana de permiso.
Miré la fecha.
Daniel había salido de casa esa mañana diciendo que tenía una presentación importante.
—¿Desde cuándo?
—Desde el lunes.
Era jueves.
Colgué.
Entonces lo llamé.
Contestó al segundo tono.
—¿Meiyu?
Escuché teclados de fondo.
Voces.
Una oficina.
—¿Estás trabajando?
—Claro. ¿Por qué?
Sentí que me faltaba el aire.
—Por nada.
Colgué.
Las voces que había escuchado eran demasiado perfectas.
Daniel siempre trabajaba en una oficina silenciosa.
Aquello parecía una grabación.
Regresé a la casa de mi padre.
Por primera vez revisé cada centímetro.
Cajones.
Armarios.
Libros.
Hasta que encontré algo extraño detrás de una enciclopedia.
Una pequeña llave plateada.
No correspondía a ninguna puerta.
Entonces recordé el escritorio de mi padre.
Debajo tenía un cajón que siempre había creído decorativo.
La llave encajó.
Dentro había una memoria USB.
Y una nota.
“Si llegaste hasta aquí, significa que Daniel empezó a buscar.”
Tuve que sentarme.
Mi padre lo sabía.
No sospechaba.
Lo sabía.
Conecté la memoria al viejo ordenador.
Había siete archivos.
El primero era una fotografía.
Daniel saliendo de una cafetería.
No estaba solo.
Frente a él estaba una mujer que reconocí inmediatamente.
Su madre.
Debajo había una fecha.
Dos meses antes de que mi padre enfermara.
El segundo archivo contenía extractos de conversaciones impresas.
No sabía cómo los había obtenido mi padre.
Pero una frase me hizo temblar.
“Cuando el viejo muera, ella heredará todo.”
Otra respuesta:
“Meiyu confía en mí. No será difícil.”
Seguía un tercer mensaje.
“Primero consigue su firma.”
Me tapé la boca.
Abrí el siguiente archivo.
Era un documento legal incompleto.
Un contrato de préstamo por 900.000 yuanes.
Prestataria:
Lin Meiyu.
Garante:
La propiedad heredada de Lin Jianhua.
Mi padre.
En la última página había otra firma falsa.
La mía.
Y al lado…
La firma de Daniel.
Me quedé mirando durante tanto tiempo que la pantalla se volvió borrosa.
No era simplemente un hombre intentando averiguar cuánto había heredado.
Llevaba meses utilizando mi identidad.
Entonces abrí el quinto archivo.
Era un audio.
La voz de mi padre llenó la habitación.
Débil.
Cansada.
Pero completamente lúcida.
—Meiyu, si estás escuchando esto, no confrontes a Daniel todavía.
Empecé a llorar.
Era la primera vez que escuchaba su voz desde el funeral.
—Descubrí documentos mientras él me ayudaba con los trámites del hospital. Al principio pensé que había cometido un error. Después encontré copias de tu documento de identidad y hojas con tu firma practicada decenas de veces.
Me llevé una mano a la boca.
—Intenté preguntarle. Lo negó. Después comenzó a interesarse demasiado por mis cuentas.
La grabación quedó en silencio unos segundos.
Luego mi padre añadió:
—Pero Daniel no es quien más me preocupa.
Sentí un escalofrío.
—Hay alguien detrás de él. Alguien que sabe cosas sobre nuestra familia que jamás le conté.
El audio terminó.
Abrí el sexto archivo.
Vacío.
El séptimo estaba protegido por contraseña.
Probé mi cumpleaños.
Nada.
El cumpleaños de mi padre.

Nada.
La fecha de muerte de mi madre.
Acceso denegado.
Entonces escuché una llave entrando en la puerta del apartamento.
Me congelé.
Nadie sabía que estaba allí.
Cerré el ordenador rápidamente.
Pasos.
Lentos.
Conocidos.
Daniel apareció en el marco de la puerta.
No llevaba traje.
Tampoco el maletín del trabajo.
Solo una chaqueta oscura.
Sus ojos fueron directamente al ordenador.
Después a mí.
—Así que finalmente encontraste la memoria.
Ya no intentaba sonreír.
Sentí que cada músculo de mi cuerpo se tensaba.
—¿Me seguiste?
—No necesitaba hacerlo.
Sacó su teléfono.
En la pantalla apareció un punto rojo.
Estaba sobre el mapa del edificio.
Comprendí de inmediato.
La llave de cobre.
Había colocado un rastreador.
Daniel cerró la puerta detrás de él.
—Meiyu, podemos arreglar esto.
—Falsificaste mi firma.
—No sabes toda la historia.
—Usaste mi nombre para pedir dinero.
Su mandíbula se endureció.
—Porque tu padre no debía dejarte esa herencia.
Aquello me desconcertó.
—¿Qué?
Daniel dio un paso hacia mí.
—Ese dinero nunca fue suyo.
Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Y por primera vez vi miedo verdadero en su rostro.
No miedo de mí.
Miedo de quien estaba llamando.
Rechazó la llamada.
Inmediatamente volvió a sonar.
Entonces, desde el pasillo, alguien golpeó tres veces la puerta.
Daniel palideció.
—No hagas ruido.
Retrocedí.
—¿Quién es?
No respondió.
Los golpes volvieron.
Más fuertes.
Una voz femenina habló desde afuera.
—Daniel, abre.
Mi sangre se heló.
Conocía aquella voz.
La había escuchado miles de veces cuando era niña.
Pero era imposible.
Porque esa mujer llevaba veintidós años muerta.
Daniel me miró.
Y entonces comprendí por qué mi padre me había prohibido contarle sobre la herencia.
Porque el secreto jamás había sido el dinero.
Era quién había regresado para reclamarlo.