Parte 2: LA MUJER DETRÁS DE TODO

Claudia leyó el informe tres veces.

Dos millones de euros.

El dinero había salido de Ferrer Patrimonial, una sociedad creada años atrás para administrar inversiones familiares, y había terminado financiando el restaurante donde trabajaba Irene.

Pero el nombre que figuraba como propietaria era Teresa Ferrer, la madre de Alejandro.

—¿Estás segura? —preguntó Claudia.

Su abogada, Lucía Montalbán, deslizó varios documentos sobre la mesa.

—Completamente. El local se compró hace once meses. Después hubo una reforma de casi setecientos mil euros y varias inyecciones de capital.

Claudia sintió una presión fría en el pecho.

Once meses.

Alejandro llevaba apenas unas semanas comportándose de manera diferente.

—Entonces Irene no conoció a Alejandro por casualidad.

—Eso parece.

Claudia levantó la mirada.

—Quiero saber quién es.

Lucía vaciló.

—Ya lo investigamos.

Colocó otra carpeta frente a ella.

Dentro había una fotografía de Irene saliendo de un edificio acompañada por Teresa.

No parecían dos desconocidas.

Teresa sostenía el rostro de Irene entre sus manos con una familiaridad casi maternal.

—¿Qué significa esto?

—Irene Navarro, veintinueve años. Estudió Administración de Empresas, pero abandonó la universidad. Durante los últimos cinco años trabajó en distintos restaurantes.

—¿Y su relación con Teresa?

—Ahí empieza lo extraño.

Lucía sacó un certificado antiguo.

—La madre de Irene se llamaba Marta Navarro.

Claudia conocía ese nombre.

Tardó unos segundos en recordar de dónde.

Después sintió que algo dentro de ella se hundía.

Marta había trabajado durante años para la familia Ferrer.

Había sido asistente personal del padre de Alejandro.

—Marta murió hace siete años —continuó Lucía—. Teresa pagó todos los gastos médicos.

Claudia cerró la carpeta.

—¿Alejandro sabe esto?

—No puedo demostrarlo.

Aquella misma tarde, Claudia regresó a la villa.

Alejandro estaba en su despacho.

Había documentos del divorcio sobre la mesa.

—Mi abogado recibió tu propuesta —dijo él—. Aceptaré comprarte las participaciones.

Claudia lo observó detenidamente.

Doce años.

Había aprendido cada movimiento de aquel rostro.

Alejandro parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—¿Conoces a Marta Navarro?

La reacción fue inmediata.

Sus dedos dejaron de moverse.

—¿Quién?

Claudia supo que mentía.

—La madre de Irene.

Alejandro se levantó.

—¿Has estado investigándola?

—Estoy investigando mi dinero.

—¿Tu dinero?

—Dos millones de euros de una sociedad familiar terminaron en su restaurante.

El rostro de Alejandro cambió.

—Eso no tiene nada que ver contigo.

Claudia casi sonrió.

—Soy accionista de esa sociedad.

Silencio.

—Mi madre hizo esa inversión —dijo finalmente.

—¿Por qué?

—Pregúntaselo a ella.

—Lo haré.

Alejandro rodeó el escritorio.

—Déjala fuera de esto.

Claudia lo miró sorprendida.

Por primera vez desde que había pedido el divorcio, Alejandro parecía verdaderamente preocupado.

No cuando ella aceptó marcharse.

No cuando pidió millones por sus participaciones.

Se alteró cuando Claudia mencionó a su madre.

—¿Qué estás protegiendo, Alejandro?

—Nada.

—Entonces no debería molestarte que haga preguntas.

Él apretó la mandíbula.

—Claudia, terminemos esto limpiamente.

—Eso estaba intentando.

Tomó su bolso.

—Hasta que descubrí que alguien llevaba casi un año moviendo nuestro patrimonio a mis espaldas.

Aquella noche, Claudia recibió una llamada de Teresa.

—Ven mañana a comer conmigo.

No era una invitación.

Claudia acudió.

Teresa Ferrer la esperaba en su ático del barrio de Salamanca.

Durante doce años había tratado a Claudia con una cortesía impecable y distante.

Pero aquella mañana parecía haber envejecido.

—Alejandro me dijo que encontraste las transferencias.

—Sí.

Teresa dejó la taza.

—El dinero es mío.

—Legalmente pertenece a una sociedad donde tengo participación.

—Te será devuelto.

—No vine por el dinero.

Los ojos de Teresa se endurecieron.

—Entonces viniste por Irene.

—Vine porque quiero saber por qué financiaste el restaurante de la mujer de la que mi marido afirma estar enamorado.

Teresa guardó silencio.

—¿Alejandro te contó cómo la conoció?

—No.

—Porque no quiere admitir que fui yo quien los presentó.

Claudia sintió un vuelco.

—¿Por qué harías eso?

Teresa se levantó y caminó hacia la ventana.

—Porque pensé que estaba arreglando un error.

—¿Qué error?

—Uno cometido hace treinta años.

Claudia esperó.

Teresa abrió un cajón y sacó un sobre amarillento.

—Marta Navarro no fue solamente empleada de mi marido.

Claudia comprendió antes de que terminara.

—¿Eran amantes?

Teresa asintió.

—Durante años.

El aire desapareció de la habitación.

—Entonces Irene…

—No es hija de mi esposo.

Claudia frunció el ceño.

Teresa la miró.

—Pero Marta hizo creer a alguien que podía serlo.

Aquello no aclaraba nada.

Lo empeoraba.

—¿A quién?

Teresa no respondió.

En cambio, entregó a Claudia una fotografía.

En ella aparecía una jovencísima Marta junto a un hombre que Claudia reconoció inmediatamente.

Su propio padre.

Claudia sintió que las piernas le fallaban.

—Esto no tiene sentido.

—Tu padre y Marta tuvieron una relación antes de que él conociera a tu madre.

—¿Estás diciendo que Irene es…?

—No lo sé.

La respuesta la golpeó más fuerte que cualquier certeza.

—¿Alejandro lo sabe?

—No.

—¿Entonces por qué los presentaste?

Teresa bajó la mirada.

—Porque yo creía saber quién era el padre de Irene.

—¿Quién?

Antes de responder, sonó el teléfono de Claudia.

Era Lucía.

Contestó.

—Necesito que vengas inmediatamente —dijo la abogada—. Encontramos algo en los documentos de constitución originales de la empresa.

—¿Qué cosa?

—Alejandro no puede comprarte ese sesenta por ciento.

Claudia se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque las participaciones que estás reclamando no representan realmente el sesenta por ciento de la empresa.

Teresa palideció al escucharla.

Claudia activó el altavoz.

—Explícate.

—Revisamos la escritura original, antes de todas las ampliaciones de capital. Hay una cláusula vinculada a tu inversión inicial.

Lucía hizo una pausa.

—Si el matrimonio termina por decisión unilateral de Alejandro y existen movimientos patrimoniales no autorizados, se activa una opción que nunca fue eliminada.

—¿Qué opción?

La voz de Lucía llegó clara.

—Claudia, no eres tú quien tiene que venderle sus participaciones. Es Alejandro quien podría estar obligado a venderte las suyas.

Claudia miró a Teresa.

La mujer parecía aterrorizada.

Pero no por la empresa.

—Hay algo más —dijo Lucía—. Encontramos quién autorizó originalmente la transferencia al restaurante.

Claudia apretó el teléfono.

—¿Teresa?

—No.

La puerta del ático se abrió detrás de ellas.

Alejandro entró.

No estaba solo.

Irene caminaba a su lado.

Lucía pronunció entonces el nombre de la persona que había autorizado los dos millones.

Claudia miró a Irene.

Después a Alejandro.

Finalmente a Teresa.

Porque la firma que aparecía en aquella autorización era la suya.

—Eso es imposible —susurró Claudia.

Teresa cerró los ojos.

—No, Claudia.

Su voz tembló por primera vez.

Eso es precisamente lo que llevo doce años intentando que nunca descubras.

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