PARTE 2: LA MUJER QUE REGRESÓ POR ALEJANDRO QUERÍA DESTRUIR A LOS MONTES.

Alejandro permaneció frente a las rejas de la residencia Salazar durante casi una hora.

Llamó a Isabela diecisiete veces.

Ella no respondió ninguna.

A la llamada dieciocho, apagó el teléfono.

Dentro de la mansión, Isabela estaba frente a una vitrina que no había abierto desde los diecinueve años.

En su interior descansaba el antiguo estandarte de los Salazar.

Don Aurelio apareció detrás de ella.

—¿Estás segura?

Isabela acarició la tela cuidadosamente.

—Durante cinco años permití que los Montes creyeran que necesitaba pertenecer a su familia.

—¿Y ahora?

Ella levantó la mirada.

—Ahora voy a recordarles a qué familia pertenezco yo.

A la mañana siguiente, el golpe llegó.

Banorte suspendió el crédito de 180 millones de pesos destinado al proyecto Santa Fe.

Dos inversionistas exigieron garantías adicionales.

Un proveedor canceló una extensión de pagos.

Antes del mediodía, don Ricardo Montes estaba llamando desesperadamente a Isabela.

Ella contestó al cuarto intento.

—Isabela, ¿qué hiciste?

—Nada que no tuviera derecho a hacer.

—¡El proyecto puede colapsar!

—Entonces Alejandro tendrá tiempo para reconstruirlo.

Don Ricardo guardó silencio.

—Tú sabes que sin ese crédito…

—Lo sé perfectamente.

Porque había sido Isabela quien pasó nueve meses negociándolo.

Doña Teresa tomó el teléfono.

—¡Niña caprichosa! ¿Vas a destruir una familia porque Alejandro saludó a una amiga?

Isabela cerró los ojos.

Cinco años.

Médicos.

Contratos.

Deudas.

Humillaciones.

—No, señora Teresa.

Su voz salió tranquila.

—Su empresa no está cayendo porque yo retiré mi ayuda.

Está cayendo porque durante cinco años confundieron mi ayuda con algo que les pertenecía.

Y colgó.

Aquella tarde Alejandro consiguió finalmente entrar en la residencia.

Don Aurelio aceptó recibirlo en la biblioteca.

Isabela estaba allí.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—Isa, necesito explicarte lo de Camila.

—No necesitas explicarme a quién abrazas.

—Ella estaba alterada.

—Y tú decidiste consolarla.

—Es una amiga de infancia.

Isabela sonrió.

—Perfecto. Entonces espero que también sepa conseguir créditos.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Mi familia tiene cientos de empleados.

—Precisamente por eso debieron aprender a administrar una empresa sin depender de la novia de su hijo.

—No vine por el dinero.

—¿Entonces por qué viniste?

La pregunta lo dejó inmóvil.

Isabela esperó.

Alejandro finalmente respondió:

—Porque prometí casarme contigo.

Ella soltó una pequeña risa.

—Qué romántico.

Su expresión se endureció.

—No me burlo.

—Yo tampoco.

Isabela se levantó.

—Una promesa de hace cinco años no es una cadena, Alejandro.

—Nunca dejé de pensar en ti.

—Pero regresaste y permitiste que otra mujer me humillara frente a todos.

—No sabía que Camila estaría allí.

—Ese no fue el problema.

Se acercó a él.

—El problema fue que yo sí estaba allí y durante esos segundos actuaste como si no existiera.

Alejandro bajó la mirada.

No tuvo respuesta.

Entonces la puerta se abrió.

Un asistente de don Aurelio entró con una carpeta.

—Señorita Salazar, encontramos lo que pidió sobre Camila Ríos.

Alejandro frunció el ceño.

—¿La investigaste?

—No.

Isabela tomó la carpeta.

—Investigué por qué una mujer que supuestamente te esperó cinco años apareció exactamente el día de tu regreso.

Abrió la primera página.

Y dejó de respirar.

Había fotografías.

Transferencias bancarias.

Registros corporativos.

Un apellido se repetía.

Ríos.

Pero junto a él aparecía otro.

Montes.

Isabela levantó lentamente la mirada.

—Alejandro… ¿conoces a Esteban Ríos?

Su rostro cambió.

—Era el padre de Camila.

—¿Era?

—Murió hace doce años.

Don Aurelio tomó uno de los documentos.

—No exactamente.

Alejandro lo miró.

—¿Qué significa eso?

El anciano deslizó una fotografía sobre la mesa.

—Esteban Ríos no murió.

Desapareció después de acusar a tu padre de apropiarse ilegalmente de una empresa que ambos fundaron.

Alejandro palideció.

—Eso es imposible.

—Pregúntale a Ricardo.


Esa misma noche, Alejandro enfrentó a su padre.

Isabela no estuvo presente.

Pero cuarenta minutos después recibió una llamada.

—Era verdad.

La voz de Alejandro sonaba rota.

—¿Qué te dijo?

—Mi padre y Esteban fundaron juntos una empresa de construcción. Hubo una disputa. Mi padre compró acciones utilizando intermediarios y terminó quedándose con el control.

—¿Y Esteban?

—Desapareció.

Isabela miró nuevamente los documentos.

—Camila no regresó por ti.

Silencio.

—Lo sé.

—Regresó por Grupo Montes.

Dos días después apareció la prueba definitiva.

Camila había comprado, mediante sociedades intermediarias, parte de la deuda de Grupo Montes.

Llevaba años preparándose.

Y el regreso de Alejandro había sido simplemente la oportunidad perfecta para entrar.

Pero todavía faltaba algo.

¿Por qué abrazarlo públicamente?

¿Por qué provocar a Isabela?

La respuesta llegó durante una reunión privada.

Camila pidió verla.

Entró vestida completamente de blanco.

Ya no parecía la joven vulnerable del aeropuerto.

—Así que finalmente entendiste —dijo.

Isabela permaneció sentada.

—Querías que me apartara de los Montes.

Camila sonrió.

—Tú eras su escudo.

—¿Por eso utilizaste a Alejandro?

—No tuve que utilizarlo demasiado.

Aquello dolió.

Pero Isabela no lo mostró.

—¿Lo amas?

Camila soltó una carcajada.

—Cuando tenía diecisiete años, quizá.

Su expresión se volvió fría.

—Después descubrí lo que su familia hizo con la mía.

Colocó una carpeta sobre la mesa.

—Quiero Grupo Montes.

—Entonces tu problema es con Ricardo.

—Mi problema es con todos los Montes.

—Alejandro tenía dieciséis años cuando ocurrió.

—Y heredó todo lo que mi padre perdió.

Isabela la observó.

—Así que no regresaste por amor.

—Regresé para terminar lo que mi padre empezó.

Camila se inclinó ligeramente.

—Y tú me hiciste el favor de congelar el crédito.

Isabela comprendió.

Camila había contado con su reacción.

La escena del aeropuerto había sido preparada para separarla de Alejandro y retirar el respaldo de los Salazar.

Ella no había caído accidentalmente en la trampa. Había sido la pieza principal.

—Me utilizaste.

—Sí.

Camila sonrió.

—Y funcionó perfectamente.

Entonces Isabela hizo algo inesperado.

También sonrió.

—Ese fue tu error.

Camila frunció el ceño.

Isabela abrió otra carpeta.

—Yo congelé el crédito.

—Lo sé.

—No lo cancelé.

La sonrisa de Camila desapareció.

—¿Qué?

—Durante cuarenta y ocho horas dejé que todos creyeran que Grupo Montes estaba indefenso.

Deslizó varios documentos hacia ella.

—Y mientras tú comenzabas a comprar su deuda pensando que nadie competía contigo, identificamos cada sociedad que utilizabas.

Camila palideció.

La puerta se abrió.

Alejandro entró.

Detrás de él venían don Aurelio, dos abogados y un representante bancario.

Camila se levantó.

—¿Qué significa esto?

Alejandro la miró con una tristeza profunda.

—Significa que recordé algo que aprendí durante cinco años lejos de casa.

—¿Qué cosa?

—Nunca atacar antes de saber quién está moviendo realmente las piezas.

Camila miró a Isabela.

—¿Trabajaron juntos?

—No exactamente —respondió Isabela.

Se levantó.

—Yo protegí mi inversión.

Alejandro recibió el golpe de aquellas palabras en silencio.

No dijo “nuestra empresa”.

No dijo “nuestra familia”.

Mi inversión.

La distancia estaba clara.

Don Aurelio dejó un documento sobre la mesa.

—Señorita Ríos, si quiere reclamar legalmente lo que perteneció a su padre, nuestros abogados revisarán las pruebas.

Camila pareció desconcertada.

—¿Me ayudarían?

—Si Ricardo Montes cometió un delito, deberá responder.

Alejandro no protestó.

—Pero si intenta destruir una compañía y poner cientos de empleos en riesgo utilizando fraude financiero —continuó don Aurelio—, también responderá usted.

Camila perdió finalmente su seguridad.

Entonces Alejandro miró a Isabela.

—Cuando esto termine, quiero hablar contigo.

Ella tomó su bolso.

—Ya estamos hablando.

—No de la empresa.

—Sé de qué.

—Te prometí una boda.

Isabela se detuvo frente a él.

—Y yo te prometí esperar.

Sus ojos se humedecieron.

—Cumplí mi parte durante cinco años.

Alejandro quedó inmóvil.

—Ahora te toca vivir con lo que hiciste en los primeros treinta segundos después de regresar.

Se marchó.

Tres meses después, una auditoría confirmó irregularidades antiguas dentro de Grupo Montes.

Ricardo renunció.

Parte de los activos disputados fueron restituidos mediante un acuerdo con los herederos de Esteban Ríos.

Camila abandonó su intento de tomar el grupo.

Alejandro asumió temporalmente la dirección y comenzó a reparar una empresa construida sobre secretos que nunca había conocido.

Isabela regresó a Harvard para terminar aquello que había abandonado cinco años atrás.

No se casó con Alejandro.

Al menos no entonces.

Porque comprendió algo que ninguna promesa romántica podía cambiar.

Esperar a alguien durante cinco años no obliga a entregarle también los siguientes cincuenta.

Alejandro fue a verla antes de que partiera.

Esta vez no llevó anillo.

No llevó flores.

Solo se quedó frente a ella.

—¿Existe alguna posibilidad?

Isabela lo miró.

—Existe la posibilidad de que algún día vuelva a confiar en ti.

Él respiró hondo.

—¿Y después?

Ella sonrió.

—Después veremos si todavía queremos la misma vida.

Subió al automóvil.

Alejandro no intentó detenerla.

Y por primera vez, Isabela sintió que quizá había aprendido algo.

No que debía perseguirla.

No que debía recuperarla.

Sino que amar a una mujer también significa respetar el momento en que ella decide elegirse a sí misma.

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