Salí de la fiesta sin despedirme de Ethan.
Afuera, el aire nocturno estaba frío.
Pedí un automóvil y, mientras esperaba, miré mi mano derecha.
La marca del anillo seguía allí.
Dos años resumidos en un círculo pálido.
Mi teléfono vibró.
Ethan.
“¿Dónde estás?”
No respondí.
Otro mensaje llegó inmediatamente.
“Vivian, vuelve. El abuelo preguntó por ti.”
No decía yo te necesito.
Ni siquiera tenemos que hablar.
Era su abuelo quien preguntaba por mí.
Guardé el teléfono.
Cuando llegué al apartamento, saqué las dos maletas que había preparado aquella mañana.
No necesitaba llevarme mucho.
La mayoría de los muebles los había elegido Ethan.
La cafetera que le gustaba.
Las cortinas que combinaban con su estudio.
Incluso las plantas del balcón habían sido compradas porque él decía que el apartamento parecía demasiado frío.
Durante dos años había convertido aquel lugar en un hogar para ambos.
Ahora comprendía que yo había construido un hogar alrededor de un hombre que nunca había terminado de esperar a otra mujer.
Dejé las llaves sobre la mesa.
A las once y cuarenta, Ethan regresó.
Escuché la puerta abrirse mientras cerraba mi segunda maleta.
—¿Vivian?
Sus pasos se detuvieron.
—¿Qué haces?
Salí del dormitorio.
Cuando vio las maletas, su expresión cambió.
—¿Adónde vas?
—Me mudo.
—¿Por lo del anillo?
Lo dijo con incredulidad.
Como si abandonar dos años de relación por una joya fuera una reacción absurda.
—No.
—Entonces deja de comportarte así.
Me puse el abrigo.
Ethan bloqueó la puerta.
—Te dije que te lo explicaría.
—No hace falta.
—Claro que hace falta. Escuchaste una conversación fuera de contexto.
—Dijiste que no querías que Clara viera nuestro anillo.
Silencio.
—¿Qué contexto mejora eso?
Ethan apretó la mandíbula.
—Clara acaba de regresar. No quería crear una situación incómoda.
—¿Para ella?
No respondió.
Sonreí débilmente.
—Exacto.
Intenté pasar.
Él no se movió.
—Vivian, Clara y yo nunca estuvimos juntos.
—Lo sé.
Aquello pareció desconcertarlo.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
—Dejando de competir con alguien con quien, según tú, nunca he estado compitiendo.
Su rostro se endureció.
—Estás exagerando.
—Quizá.
Tomé el asa de la maleta.
—Pero ahora puedo exagerar desde otra ciudad.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Saqué una carpeta de mi bolso y la coloqué sobre la mesa.
Era una copia de mi renuncia.
—Acepté un puesto en Hangzhou.
La tomó.
Leyó la fecha.
—¿Esta mañana?
—Sí.
—¿Antes de la fiesta?
—Sí.
Levantó la mirada.
Por primera vez apareció verdadera inquietud en sus ojos.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Lo miré durante varios segundos.
—Esta noche.
—¿Y si no hubiera ocurrido lo de Clara?
La pregunta me sorprendió.
Pensé en ella.
Después respondí con sinceridad.
—Probablemente habría intentado convencerme de quedarme.
Ethan pareció relajarse ligeramente.
Entonces terminé:
—Por suerte, me ayudaste a entender que irme era la decisión correcta.
Su expresión se congeló.
Me instalé aquella noche en casa de una compañera.
A la mañana siguiente tenía diecisiete llamadas perdidas.
Doce eran de Ethan.
Tres de Nathan.
Dos de la madre de Ethan.
No contesté ninguna.
Hasta que apareció un mensaje.
Era Clara.
“¿Podemos hablar?”
Estuve a punto de borrarlo.
Después llegó otro.
“No quiero recuperar a Ethan.”
Me quedé mirando la pantalla.
Finalmente respondí:
“Entonces no tenemos nada que hablar.”
Su respuesta llegó enseguida.
“Sí tenemos. Porque creo que Ethan nunca te contó por qué me fui hace tres años.”
Sentí una incomodidad que no quería reconocer.
No pregunté.
Clara envió una fotografía.
Era una carta antigua.
Solo podía verse el principio.
“Ethan:
He tomado una decisión. No voy a esperar más…”
Debajo aparecía una fecha.
Tres años atrás.
Clara escribió:
“Yo estaba enamorada de él. Se lo confesé antes de marcharme.”
Mi corazón se hundió.
Otro mensaje.
“Ethan me rechazó.”
Me incorporé.
Eso no tenía sentido.
Si la había rechazado, ¿por qué había esperado su regreso?
¿Por qué quitarse nuestro anillo?
¿Por qué mirarla de aquella manera?
Clara continuó:
“Me dijo que estaba esperando a otra persona.”
Dejé de respirar durante un instante.
Entonces llegó el último mensaje.
“Vivian, esa persona no eras tú.”
Dos horas después, Nathan apareció frente a la casa de mi compañera.
—Ethan está buscándote por todas partes.
—Ese ya no es mi problema.
—¿De verdad vas a marcharte?
—Sí.
Nathan se pasó una mano por el cabello.
—Entonces al menos deberías saber la verdad.
Sentí cansancio.
—¿Qué verdad?
—La razón por la que Ethan empezó a salir contigo.
Mi estómago se tensó.
Nathan bajó la mirada.
—Hace tres años, cuando Clara se fue, Ethan estaba esperando a alguien.
—Ya lo sé.
—No, Vivian. No lo sabes.
Sacó su teléfono.
Buscó una fotografía antigua.
Era una cena universitaria.
Reconocí a Ethan inmediatamente.
Más joven.
Sonriendo.
A su lado estaba Clara.

Pero Ethan no la miraba.
Miraba a una chica sentada al otro extremo de la mesa.
Nathan amplió la imagen.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
Conocía aquel rostro.
—¿Quién es?
—Lucía Shen.
Recordé el nombre.
La prima mayor de Ethan.
No de sangre.
Había sido adoptada por la familia cuando era niña y después se había marchado al extranjero.
—Ethan estuvo enamorado de ella durante años —dijo Nathan—. Clara lo sabía. Todos lo sabíamos.
Miré la fotografía.
De pronto, muchas cosas encajaron.
Clara nunca había sido el verdadero problema.
Yo tampoco había sido la solución.
—¿Dónde está Lucía?
Nathan guardó silencio.
—Regresó hace tres semanas.
Se me heló la sangre.
—¿Ethan lo sabe?
Nathan asintió.
—Por eso Clara regresó también.
Mi teléfono sonó.
Era Ethan.
Lo rechacé.
Nathan parecía desesperado.
—Vivian, hay algo más.
—No quiero saberlo.
—Tienes que saberlo.
Sacó un pequeño estuche de su bolsillo.
Lo reconocí inmediatamente.
Era donde Ethan guardaba documentos importantes.
Nathan lo abrió.
Dentro había un contrato.
En la primera página aparecía mi nombre.
Y debajo, el de Ethan.
—¿Qué es esto?
Nathan tragó saliva.
—Lo encontré esta mañana en su estudio.
Tomé el documento.
La fecha era de hacía casi dos años.
Tres días antes de que Ethan me pidiera ser su novia.
Seguí leyendo.
Era un acuerdo relacionado con la herencia de su abuelo.
Había una condición para que Ethan recibiera determinadas participaciones familiares.
Debía mantener una relación estable durante un periodo mínimo.
Sentí que mis dedos empezaban a temblar.
—No…
Nathan señaló la última página.
—Vivian, mira la fecha límite.
Lo hice.
La condición terminaba exactamente aquella semana.
Ethan solo necesitaba seguir siendo mi novio durante cuatro días más.
Y entonces comprendí por qué, después de verme quitarme el anillo, no había corrido detrás de Clara.
Había corrido detrás de mí.