Adrian no respondió de inmediato.
Valeria seguía sonriendo, pero yo ya no necesitaba escuchar ninguna explicación.
—Entonces disfruten el almuerzo —dije.
Tomé mi bolso y me alejé.
Adrian me llamó.
—Sofía.
No me detuve.
Durante años había sido yo quien caminaba detrás de él.
Aquella vez seguí de frente.
A las tres de la tarde, Recursos Humanos envió a mi correo la confirmación oficial de mi renuncia.
Treinta días.
Eso era todo lo que me quedaba en aquella empresa.
Lo imprimí, lo guardé dentro de una carpeta y continué trabajando.
Adrian apareció frente a recepción veinte minutos después.
—¿Renunciaste?
Levanté la vista.
—Sí.
—¿Por qué no me dijiste?
Casi me dio risa.
—Porque es mi trabajo.
—Pero somos pareja.
—¿Somos?
La pregunta lo dejó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Miré alrededor.
Había empleados entrando y saliendo.
—No voy a discutir aquí.
—Entonces hablamos esta noche.
—Esta noche voy a dormir en casa de mis padres.
Su expresión cambió.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
Adrian parpadeó.
Ni siquiera se había dado cuenta de que yo no había vuelto a nuestro apartamento.
—Pensé que habías llegado después.
Lo miré durante unos segundos.
—Claro.
Eso pareció dolerle más que si hubiera gritado.
Esa noche comenzó a llamarme.
Una vez.
Tres.
Siete.
No respondí.
Finalmente escribió:
“¿Estás enojada porque almorcé con Valeria?”
Después:
“Fue trabajo.”
Y luego:
“No hagas grande algo que no existe.”
Leí los mensajes y bloqueé la pantalla.
Mi madre, sentada frente a mí, dejó una taza de té sobre la mesa.
—¿Vas a terminar con él?
—Creo que ya terminó hace tiempo.
—¿Y apenas te diste cuenta?
Negué lentamente.
—Me di cuenta muchas veces.
Sentí un nudo en la garganta.
—Solo que siempre encontraba una excusa para quedarme.
Los siguientes días fueron extraños.
Dejé de llevar café al departamento de I+D.
Dejé de pedir comida para Adrian.
Dejé de recordar sus reuniones.
Dejé de enviarle mensajes preguntando si había llegado bien.
Y Adrian empezó a aparecer cada vez más en recepción.
—¿Ya comiste?
—Sí.
—¿Con quién?
—Con mis compañeras.
—¿A qué hora sales?
—A las cinco.
—Puedo llevarte.
—No hace falta.
Cada respuesta parecía irritarlo.
Pero detrás de la irritación había algo nuevo.
Inseguridad.
Por primera vez, Adrian no sabía dónde estaba yo cada minuto del día.
Una tarde Valeria bajó sola.
Se apoyó sobre el mostrador.
—Sofi, ¿estás molesta conmigo?
—No.
—Te siento rara.
—Estoy ocupada.
Ella suspiró.
—No quiero que pienses cosas extrañas sobre Adrian y yo.

Seguí organizando unos documentos.
—No pienso nada.
Su sonrisa desapareció.
—Somos amigos.
—Perfecto.
—Trabajamos juntos.
—Lo sé.
—Y tenemos muchas cosas en común.
Entonces levanté la vista.
—Valeria, no tienes que convencerme de nada.
Se quedó callada.
—Si Adrian quiere estar contigo, puede hacerlo.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué?
—No voy a competir.
La frase la dejó completamente desconcertada.
Quizá porque durante mucho tiempo mi incomodidad había sido parte de su diversión.
Podía sentarse junto a él.
Tomarlo del brazo.
Pedirle comida.
Llamarlo de madrugada.
Y luego observar cómo yo intentaba fingir que no dolía.
Pero sin mis celos, aquel juego perdió algo.
Tres días después ocurrió algo todavía más absurdo.
Adrian me esperaba frente al edificio cuando terminé mi turno.
—Tenemos que hablar.
—Habla.
—¿Terminaste conmigo?
Lo miré sorprendida.
—¿No lo habías notado?
Su rostro se endureció.
—Nunca dijiste nada.
—Tú tampoco dijiste nada cuando empezaste a tratarme como si fuera una empleada personal.
—Eso no es cierto.
—¿Recuerdas la última vez que me invitaste a cenar porque querías estar conmigo?
Silencio.
—¿La última película que elegimos juntos?
Nada.
—¿La última vez que me preguntaste cómo había estado mi día antes de contarme algo sobre Valeria?
Adrian bajó la mirada.
—He estado ocupado.
—Yo también.
—Tú trabajas en recepción.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
El silencio cayó entre nosotros.
Adrian palideció inmediatamente.
—Sofía, no quise decirlo así.
Pero ya estaba dicho.
Sonreí con tristeza.
—Precisamente por eso me voy.
—¿Por una frase?
—No.
Negué.
—Por todas las veces que esa frase estuvo en tu cabeza aunque no la dijeras.
Me alejé.
Esta vez no me siguió.
Una semana después, la empresa anunció algo inesperado.
Una compañía extranjera había adquirido una participación importante y abriría un nuevo departamento de experiencia de usuario.
Yo conocía el nombre.
Meses antes había enviado mi currículum allí.
Porque había algo que Adrian tampoco sabía.
Yo no siempre había sido recepcionista.
Había estudiado diseño digital durante dos años antes de que mi padre enfermara.
Abandoné la universidad para ayudar en casa.
Después acepté el puesto en recepción porque necesitaba estabilidad.
Pero durante las noches seguí estudiando.
Cursos.
Certificaciones.
Diseño de interfaces.
Proyectos freelance.
Nadie en la empresa lo sabía.
Ni Adrian.
Porque nunca preguntaba.
El viernes recibí una llamada.
—Señorita Sofía Méndez, revisamos su portafolio. Queremos ofrecerle un puesto junior en nuestro nuevo equipo.
Me quedé inmóvil.
—¿Aquí?
—Sí.
—Pero ya presenté mi renuncia.
—La renuncia corresponde a su puesto actual. Podemos contratarla bajo la nueva división.
Por primera vez en semanas, sonreí de verdad.
Acepté.
La noticia se anunció el lunes.
Valeria fue la primera en enterarse.
Entró a recepción con los ojos abiertos.
—¿Vas a trabajar en diseño?
—Sí.
—¿Desde cuándo sabes hacer eso?
—Desde antes de conocerte.
Adrian apareció detrás de ella.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Lo miré.
—Sí te lo conté.
Frunció el ceño.
—No recuerdo.
—Lo sé.
Esa respuesta lo dejó completamente quieto.
Durante años había hablado conmigo sin escucharme.
Sabía qué comida me gustaba Valeria.
Sabía qué tecnología quería comprar Valeria.
Sabía qué proyecto emocionaba a Valeria.
Pero había olvidado que su propia novia soñaba con ser diseñadora.
Mi último día como recepcionista, Adrian me esperó junto al ascensor.
—Sofía.
—¿Qué pasa?
—Valeria y yo discutimos.
—Lo siento.
—Dijo que todo esto empezó porque tú estabas celosa de ella.
—No estaba celosa.
Adrian me miró sorprendido.
—Entonces, ¿qué era?
Pensé unos segundos.
—Estaba triste.
Las puertas del ascensor se abrieron.
—Porque durante mucho tiempo intenté convencerme de que tú seguías eligiéndome.
Entré.
Adrian puso una mano entre las puertas.
—Yo te elegí.
Lo miré directamente.
—No, Adrian.
—Te acostumbraste a que yo siempre estuviera disponible. Eso no es elegir a alguien.
Las puertas se cerraron.
Un mes después comencé en el nuevo departamento.
Mi escritorio ya no estaba junto a la entrada.
Tenía una computadora potente, dos monitores y mi nombre debajo de un título que todavía me emocionaba leer.
DISEÑADORA DE EXPERIENCIA DE USUARIO.
Adrian empezó a escribirme otra vez.
Al principio eran mensajes profesionales.
Después aparecieron otros.
“¿Quieres comer conmigo?”
“Encontré el restaurante que te gustaba.”
“¿Recuerdas aquella película que querías ver?”
Ahora recordaba.
Curiosamente, cuando dejé de esperar que me prestara atención, empezó a prestar atención a todo.
No acepté ninguna invitación.
Valeria también cambió.
Sin mí llevando comida, esperando después del trabajo y resolviendo pequeños problemas, Adrian comenzó a pedirle cosas que antes daba por hechas conmigo.
Ella no tardó mucho en cansarse.
Tres meses después pidió traslado a otro proyecto.
Adrian apareció frente a mi escritorio aquella misma semana.
—Valeria se va.
—Me enteré.
—No pasó nada entre nosotros.
Asentí.
—Te creo.
Pareció sorprendido.
—Entonces todavía podemos arreglarlo.
Negué.
—Ese nunca fue el problema.
—¿Entonces cuál era?
Cerré mi computadora.
—Que necesitaste perderme para empezar a verme.
Su rostro se quebró.
—Sofi…
—No te odio.
Me levanté.
—Pero ya no quiero volver a ser la mujer que espera cinco minutos en un restaurante y descubre que las dos personas más importantes para ella ni siquiera notaron que faltaba.
Adrian bajó la mirada.
No insistió.
Y aquella fue nuestra última conversación personal.
Meses después, fui a almorzar con mis nuevos compañeros.
En medio de la comida fui al baño.
Cuando regresé, todos seguían allí.
Uno había pedido otra jarra de agua.
Otra compañera había apartado mi plato para que el mesero no se lo llevara.
—Sofía —dijo alguien—, te estábamos esperando para pedir el postre.
Me quedé quieta un segundo.
Era una tontería.
Algo completamente normal.
Pero sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Sonreí y me senté.
Entonces comprendí que durante demasiado tiempo había aceptado migajas de consideración porque creía que amar significaba acostumbrarse a ser olvidada.
No era así.
EL DÍA QUE ADRIAN Y VALERIA ME DEJARON SOLA EN AQUEL RESTAURANTE, PENSÉ QUE ME HABÍAN ABANDONADO.
EN REALIDAD, FUE LA PRIMERA VEZ QUE ME DEJARON EL CAMINO LIBRE PARA VOLVER A ELEGIRME A MÍ MISMA.