Miré la mano de aquella mujer alrededor del brazo de Ethan.
Después miré su vientre.
Después volví a mirarlo a él.
—¿El padre de tu bebé?
La mujer sonrió como si acabara de ganar una competencia cuya existencia yo desconocía.
—Supongo que Ethan todavía no te lo había contado.
—Vanessa —dijo Ethan con una frialdad que hizo desaparecer su sonrisa—. Suéltame.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
Ethan retiró lentamente el brazo.
—He dicho que me sueltes.
El gesto fue pequeño, pero algo en mi pecho se aflojó antes de que pudiera impedirlo.
Me odié por ello.
No tenía derecho a sentir alivio.
No después de dos años separados.
No después de aquella prueba positiva escondida dentro de mi bolso.
Vanessa me observó entonces con más atención.
—Tú eres Olivia Bennett.
—Y tú debes ser la esposa embarazada —respondí.
Los ojos de Ethan se cerraron un instante.
—Olivia…
—No. Tú dijiste delante de medio millón de personas que tu esposa estaba embarazada. Ella acaba de presentarse diciendo que eres el padre de su bebé. Parece bastante sencillo.
—No lo es.
Vanessa soltó una risa.
—Ethan, no tienes que avergonzarte porque tu ex esté aquí.
Mi sangre se heló.
—¿Sabes quién soy?
—Claro. He visto fotografías.
Miré a Ethan.
—¿Le enseñaste fotografías nuestras?
—No.
—Entonces ¿cómo…?
—Olivia.
Su tono cambió.
Una advertencia.
Vanessa perdió el color durante una fracción de segundo.
Lo vi.
Periodista.
Dos años investigando empresarios, políticos y ejecutivos me habían enseñado a detectar ese instante diminuto en que alguien comprende que ha dicho demasiado.
Vanessa sabía algo que Ethan no quería que yo supiera.
Antes de poder presionarla, escuchamos pasos apresurados.
Mi productor apareció al final del pasillo.
—Olivia, tenemos un problema.
—¿Solo uno?
Me mostró su teléfono.
La entrevista ya estaba circulando por todas partes.
Habían recortado exactamente el momento en que Ethan anunció el embarazo y yo salí corriendo.
El titular decía:
“ETHAN COLE ANUNCIA QUE SERÁ PADRE Y SU EXESPOSA HUYE DEL SET CON NÁUSEAS.”
Debajo había otro.
“¿QUIÉN ES LA VERDADERA SEÑORA COLE?”
Sentí que me faltaba el aire.
—Esto acaba de empezar —murmuró mi productor—. La audiencia se triplicó después de que saliste. La cadena quiere que regreses.
—Imposible.
—Olivia…
—He dicho que no.
Entonces mi teléfono vibró.
Mi editora.
Después recursos humanos.
Después un número desconocido.
Luego otro.
Y otro.
Ethan extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—Ni lo sueñes.
—Van a destrozarte públicamente antes de averiguar qué ocurrió.
—¿Y de quién es la culpa?
—Mía.
La respuesta me silenció.
Ethan rara vez admitía errores.
Durante nuestro matrimonio, discutir con él era como discutir contra una pared vestida con un traje de cinco mil dólares.
Pero ahora me estaba mirando de una forma diferente.
Cansada.
Casi vulnerable.
—Déjame arreglarlo —dijo.
—No necesito que me rescates.
—Nunca dije que lo necesitaras.
—Siempre lo pensaste.
Vanessa se llevó una mano al vientre.
—¿Podemos dejar la terapia matrimonial para otro momento?
Ethan giró hacia ella.
—¿Quién te dijo que estaba aquí?
Silencio.
—Mi asistente —respondió finalmente.
—¿Cuál?
—No recuerdo su nombre.
Ethan sonrió.
No había humor en aquella sonrisa.
—Entonces inventa una mentira mejor.
Vanessa palideció.
Y por primera vez comprendí que Ethan tampoco esperaba verla allí.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje de mi ginecóloga.
“Olivia, recibimos tus resultados. Necesito hablar contigo hoy.”
El corazón me golpeó las costillas.
Ethan bajó la mirada hacia la pantalla.
Apagué el teléfono inmediatamente.
Demasiado tarde.
—¿Resultados de qué?
—No es asunto tuyo.
—Si estás embarazada…
—Ni siquiera sabes si lo estoy.
Vanessa se quedó inmóvil.
Sus ojos descendieron hacia mi vientre.
La sonrisa desapareció por completo.
—¿Estás embarazada?
No respondí.
Pero mi silencio fue suficiente.
Su expresión cambió.
No parecía sorprendida.
Parecía asustada.
Y aquello me inquietó mucho más.
—Tengo que irme —dijo de repente.
Ethan bloqueó el pasillo.
—Todavía no.
—Tengo una cita.
—¿Con quién?
—Con mi médico.
—Curioso.
—¿Qué?
Ethan metió una mano en el bolsillo y sacó su teléfono.
—Porque mi abogado lleva tres semanas intentando localizarte.
Vanessa tragó saliva.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Yo los miraba sin comprender.
—¿Alguien piensa explicarme qué está pasando?
Ethan no apartó los ojos de Vanessa.
—Hace un mes recibí una demanda privada de reconocimiento de paternidad.
Sentí un vacío en el estómago.
Vanessa levantó la barbilla.
—Porque este bebé es tuyo.
—Entonces no tendrás ningún problema con una prueba.
—No permitiré que pongas en riesgo a mi hijo.
—Mis abogados solicitaron una prueba segura después del nacimiento.
Ella no respondió.
Ethan continuó.

—También pedimos documentación médica básica para verificar las fechas.
Vanessa apretó los labios.
—Es información privada.
—Las fechas no coinciden.
El pasillo pareció quedarse sin sonido.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Ethan finalmente me miró.
—Significa que Vanessa afirma que este embarazo comenzó durante un viaje que supuestamente hicimos juntos a París.
—Lo hicimos.
—Yo nunca fui a París contigo.
La mujer dio un paso atrás.
—Estabas borracho.
—No bebo desde hace cuatro años.
Silencio.
Vanessa me miró.
Luego miró a Ethan.
Y salió caminando rápidamente.
—¡Vanessa! —gritó él.
Pero ella ya había desaparecido detrás de las puertas del ascensor.
Ethan hizo ademán de seguirla.
Entonces mi visión se llenó de puntos negros.
Me apoyé contra la pared.
—Olivia.
Sus manos llegaron a mí antes de que cayera.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Suéltame.
—Deja de ser testaruda durante treinta segundos.
—Deja de actuar como mi marido.
Sus brazos se tensaron.
—Ese es precisamente el problema. Todavía lo soy.
Lo empujé.
—¿Por qué nunca finalizaste el divorcio?
Esta vez no respondió inmediatamente.
Y supe que había encontrado la pregunta correcta.
—Ethan.
Su mandíbula se endureció.
—Porque descubrí algo la semana antes de que firmaras.
—¿Qué cosa?
Miró alrededor del pasillo.
—No aquí.
—Dímelo.
—Olivia…
—Dos años. Me dejaste creer durante dos años que nuestro matrimonio había terminado. Me debes la verdad.
Su rostro cambió.
Entonces dijo algo que hizo desaparecer cualquier pensamiento sobre Vanessa.
—Yo no pedí aquel divorcio.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Los documentos llegaron a mi oficina con tu firma.
—Porque tú me los enviaste primero.
—No.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Ethan, estaban en nuestra casa.
—Y los que recibí yo también parecían auténticos.
—¿Qué estás diciendo?
Él abrió la carpeta y sacó otra hoja.
Mi solicitud original.
O eso parecía.
Señaló la firma.
—Mandé analizarla.
—Es mi firma.
—No.
Sus ojos encontraron los míos.
—Es una falsificación.
El teléfono volvió a vibrar dentro de mi bolso.
Esta vez contesté.
—¿Sí?
La voz de mi ginecóloga sonó seria.
—Olivia, necesito que vengas inmediatamente.
Ethan se acercó.
—¿Qué ocurre?
Me aparté.
—Doctora, ¿es por el embarazo?
Hubo un silencio demasiado largo.
—Sí, pero hay algo más.
Mi mano empezó a temblar.
—¿Qué?
—Encontramos una anomalía en tus análisis. Antes de explicártela necesito preguntarte algo.
—Pregunte.
La doctora respiró profundamente.
—¿Alguien ha tenido acceso recientemente a tus medicamentos, vitaminas o alimentos?
Levanté lentamente los ojos hacia Ethan.
Él había escuchado.
Su rostro perdió todo el color.
Y entonces, desde el otro extremo del pasillo, mi productor gritó mi nombre.
Corría hacia nosotros sosteniendo un sobre.
—Olivia, seguridad acaba de encontrar esto pegado debajo de tu escritorio.
Me entregó el sobre.
Dentro había una fotografía.
Ethan y yo dormidos juntos la noche de la gala.
En el reverso había una sola frase escrita con tinta roja:
“ESE BEBÉ NUNCA DEBIÓ EXISTIR.”
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