Parte 2: EL CONTRATO NO ERA DE DIVORCIO

Me quedé mirando el lugar donde había desaparecido la última línea.

«Antes de que su operación…»

¿La operación de quién?

¿De Nathan?

Solté el lápiz y tomé el teléfono.

Durante tres años había llamado a mi esposo por cualquier cosa.

Aquella vez, cuando realmente necesitaba respuestas, no marqué.

Ya no quería perseguir a un hombre para averiguar si me quería.

Quería hechos.

—Chloe —dije—, necesito un abogado.

Ella levantó la vista.

—Eso sonó peligrosamente parecido a “voy a divorciarme”.

—Todavía no lo sé.

—¿Nathan hizo algo?

Pensé en Evelyn.

En el hospital.

En el contrato.

—Ese es precisamente el problema. No sé qué está haciendo.


Esa noche regresé a casa cerca de medianoche.

Nathan estaba sentado en el salón.

Sin chaqueta.

Sin corbata.

Sobre la mesa había comida intacta.

Levantó los ojos apenas entré.

—Son las doce y diecisiete.

—Sé mirar el reloj.

—No respondiste mis mensajes.

Dejé el bolso.

—Estaba trabajando.

—Podías avisarme.

Casi me reí.

—¿Te molestó no saber dónde estaba durante unas horas?

Nathan frunció el ceño.

—Claro.

—Qué curioso.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

Subí las escaleras.

Él me siguió.

—Serena.

Entré al dormitorio.

—Estoy cansada.

Nathan cerró la puerta.

—Llevas días diciendo eso.

—Quizá realmente estoy cansada.

—¿De qué?

Lo miré.

«De quererte sola.»

Los comentarios aparecieron.

“¡Por fin!”

“Díselo.”

“Él no entiende absolutamente nada.”

Nathan, por supuesto, no podía verlos.

Se acercó.

—¿Tiene que ver con Evelyn?

Mi corazón dio un salto.

—¿Por qué tendría?

—Desde que mencioné su regreso cambiaste.

—Tal vez dejé de insistir.

—¿En qué?

Sonreí débilmente.

—Exacto.

Pasé junto a él.

Nathan me agarró suavemente de la muñeca.

—Mañana quiero acompañarte al hospital.

—No.

—Vi tu orden.

—Tengo treinta años, Nathan. Puedo ir sola al médico.

Su mano se tensó.

—Serena…

—Buenas noches.

Aquella noche dormí en la habitación de invitados.

Y por primera vez, Nathan llamó tres veces a mi puerta.

No abrí.


A la mañana siguiente fui a trabajar temprano.

A las once, mi abogado llamó.

—Señora Chen, encontré algo.

Me puse de pie.

—¿El divorcio?

—No existe ninguna solicitud de divorcio.

Cerré los ojos.

Los comentarios tenían razón.

—¿Entonces qué preparó el abogado de Nathan?

—Una transferencia patrimonial.

—¿A quién?

Hubo una pausa.

—A usted.

Me senté.

—¿Qué?

—El señor Chen está transfiriéndole acciones, propiedades y derechos de voto. Si se ejecuta completamente, usted controlaría aproximadamente la mitad de sus activos personales.

—¿Por qué haría eso?

—Eso no aparece en los documentos.

Recordé la frase incompleta.

Antes de su operación.

—Investigue si Nathan tiene programada alguna cirugía.

—Eso requerirá información médica privada que no puedo obtener legalmente sin autorización.

—Entiendo.

Colgué.

Entonces llamé a la única persona que quizá podía responder.

Evelyn.

Conseguí su número a través de un contacto profesional.

Contestó rápidamente.

—¿Serena?

—Necesito hablar contigo.

Silencio.

—Nathan no quiere que lo haga.

—Precisamente por eso te llamo.

Nos encontramos cuarenta minutos después en una cafetería.

Evelyn llegó sola.

De cerca parecía agotada.

—¿Qué quieres saber?

No perdí tiempo.

—¿Nathan está enfermo?

La taza se detuvo antes de llegar a sus labios.

Respuesta suficiente.

—¿Qué tiene?

—Deberías preguntárselo a él.

—Te lo estoy preguntando a ti.

—Serena…

—¿Por qué está transfiriéndome sus acciones antes de una operación?

Evelyn palideció.

—¿Cómo sabes eso?

—Contesta.

Ella cerró los ojos.

—Porque es un idiota.

No esperaba aquello.

—¿Qué?

—Un idiota arrogante, emocionalmente incompetente y convencido de que proteger a alguien significa ocultarle todo.

La miré fijamente.

—¿Eres su primer amor?

Evelyn casi derramó el café.

—¿Qué?

—Nathan estaba enamorado de ti.

Ella me observó durante dos segundos.

Después comenzó a reír.

—¿Quién te dijo semejante cosa?

—Responde.

—No.

La risa desapareció.

—Nathan nunca estuvo enamorado de mí.

Mi corazón se detuvo.

—Crecimos juntos.

—Eso lo sé.

—Y yo fui quien lo presentó a mi hermano.

Parpadeé.

—¿Tu hermano?

—Daniel.

Entonces recordé vagamente unas fotografías antiguas.

Nathan, Evelyn y otro joven.

—Daniel era el mejor amigo de Nathan —continuó ella—. Murió hace siete años.

Su expresión se volvió triste.

—Después de aquello, Nathan y yo prácticamente dejamos de hablarnos.

—Entonces ¿por qué regresaste?

Evelyn me miró directamente.

—Porque soy cirujana cardiotorácica.

Todo dentro de mí se congeló.

Mi mano fue instintivamente hacia mi pecho.

—¿Nathan necesita una operación del corazón?

—No.

Respiré.

Pero Evelyn añadió:

Tú podrías necesitarla.

El mundo pareció detenerse.

—¿Yo?

—Nathan me envió tus análisis hace semanas después de que empezaras a tener episodios de presión torácica y palpitaciones.

Me levanté.

—¿Revisó mis datos médicos sin preguntarme?

—Estaba asustado.

—¡Eso no le da derecho!

—Lo sé.

Evelyn también se levantó.

—Pero escucha el resto.

Los comentarios aparecieron.

“Ahora viene la verdad.”

“Ella entendió todo al revés.”

“Y Nathan también cometió demasiados errores.”

—¿Qué encontraron? —pregunté.

Evelyn respiró profundamente.

—Todavía no tenemos un diagnóstico definitivo. Tus síntomas necesitan más estudios. La mayoría de las causas posibles no implican cirugía, pero Nathan oyó una posibilidad seria y entró en pánico.

—¿Y las acciones?

—Nathan cree que, si algo llegara a complicarse, quiere asegurarse de que nadie de la familia Chen pueda controlar tus decisiones financieras.

Sentí rabia.

—¿Y pensaba explicármelo cuándo?

—Ese es el problema.

Evelyn tomó su bolso.

—Nathan lleva años creyendo que puede cuidarte sin hablar contigo.

—Él ni siquiera me busca.

Ella se detuvo.

—¿Cómo?

Me arrepentí inmediatamente.

—Olvídalo.

Pero Evelyn me observó con una expresión extraña.

—Serena, ¿Nathan nunca te explicó lo que ocurrió antes de vuestra boda?

—¿Qué debía explicarme?

Evelyn abrió la boca.

Su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Nathan.

No contestó.

—Dímelo.

—No me corresponde.

—Evelyn.

Ella dudó.

—Tres meses antes de casarse contigo, Nathan vino a verme.

—¿Para qué?

—Porque estaba aterrorizado.

—¿De casarse?

—De hacerte daño.

No entendía nada.

Evelyn continuó:

—Su padre le había repetido toda la vida que los hombres Chen destruían aquello que amaban cuando confundían amor con posesión. Nathan estaba obsesionado contigo. Mucho más de lo que tú imaginabas.

Mi garganta se cerró.

—Eso no tiene sentido.

—Por eso se impuso límites absurdos. Nunca presionarte. Nunca exigirte cercanía. Nunca hacerte sentir que debías satisfacerlo porque eras su esposa.

Me quedé inmóvil.

Tres años interpretando su distancia como indiferencia.

—Entonces ¿por qué nunca inició nada?

Evelyn sonrió tristemente.

—Eso tendrás que preguntárselo.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Nathan.

Lo rechacé.

Volvió a llamar.

Lo rechacé otra vez.

Entonces apareció un mensaje.

“Estoy en tu estudio. Tenemos que hablar.”

Regresé veinte minutos después.

Nathan estaba esperando en mi oficina.

Sobre mi escritorio había una carpeta.

—¿Qué haces aquí?

—Evelyn me llamó.

—Entonces ya sabes.

—Sé que investigaste mis documentos.

—Porque tú me ocultaste todo.

Nathan bajó la mirada.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque tuve miedo.

Era la primera vez que escuchaba esas palabras de él.

—¿Miedo de qué?

Nathan levantó los ojos.

—De perderte.

Mi pecho se apretó.

—Pues llevas tres años comportándote como si te diera igual tenerme.

Su expresión se quebró.

—¿Eso creías?

—¿Qué debía creer?

Silencio.

Entonces Nathan abrió la carpeta.

No eran documentos financieros.

Eran cartas.

Decenas.

Todas dirigidas a mí.

Nunca enviadas.

Tomé la primera.

Fecha: cuatro meses antes de nuestra boda.

“Serena, hoy tuve que salir de tu estudio porque llevabas aquel vestido azul y pensé que, si seguía mirándote, terminaría diciéndote cuánto te necesito.”

Lo miré.

Nathan tenía las orejas rojas.

Los comentarios explotaron frente a mis ojos.

“¡POR FIN!”

Pero apareció otro.

Uno diferente.

“Esperen.”

Después otro.

“Ella todavía no sabe por qué Nathan dejó de tocarla primero.”

Fruncí el ceño.

¿Primero?

Nathan vio mi expresión.

—Hay algo más.

—¿Qué?

Su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Hospital.

Contestó.

No dijo una palabra durante casi veinte segundos.

Después su rostro perdió todo el color.

—Entiendo.

Colgó.

—Nathan.

Él me miró.

—Acaban de revisar tus estudios.

Sentí frío.

—¿Y?

Nathan cruzó la habitación y tomó mi mano por primera vez en días.

—Quieren repetirte una prueba hoy mismo.

—¿Por qué?

No respondió inmediatamente.

Y entonces apareció una última línea flotante:

“Ahora descubrirá que los comentarios nunca estaban contando la historia original.”

Debajo surgió otra.

“Alguien cambió el resultado médico de Serena hace tres años.”

Levanté lentamente los ojos hacia Nathan.

—¿Qué ocurrió hace tres años?

Su mano se quedó rígida alrededor de la mía.

Y su silencio me dio más miedo que cualquier respuesta.

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