PARTE 2: EL HOMBRE “POBRE” YA CONOCÍA LA VERDAD.

Sentí que el corazón se me hundía.

Podía mentir.

Podía repetir las historias que acababa de memorizar en el teléfono de Vanessa y seguir fingiendo ser la mujer con la que Ethan había hablado durante meses.

Pero estaba cansada de vivir entre mentiras ajenas.

—No —respondí.

Ethan no apartó los ojos de mí.

—Entonces, ¿quién era?

—Vanessa.

Su expresión se endureció.

Respiré profundamente.

—Ella es la chica con la que hablaste. Hoy te vio llegar en bicicleta y decidió que eras demasiado pobre para ella. Me ordenó venir en su lugar.

—¿Y tú aceptaste?

Aquella pregunta dolió.

—Sí.

—¿Por qué?

Miré durante un instante el número de diez dígitos que flotaba sobre su cabeza.

Por primera vez desde que lo conocí, mi extraño don me hizo sentir vergüenza.

Podía decir que había venido porque él parecía amable.

Sería una mentira.

—Porque tengo una habilidad que no puedo explicarte —dije finalmente—. Y gracias a ella supe que no eras el hombre pobre que Vanessa creía.

Ethan entrecerró los ojos.

—¿Sabías que estaba fingiendo?

—Sí.

—¿Desde el principio?

Asentí.

Esperé que se enfadara.

En cambio, soltó una risa breve.

—Entonces los dos empezamos esta cita engañándonos.

Bajé la mirada.

—Parece que sí.

—Hay una diferencia.

Levanté los ojos.

—¿Cuál?

Ethan señaló mis brazos.

—Tú dejaste de mentir cuando pudiste seguir haciéndolo.

Después sacó su teléfono.

Marcó un número.

—¿Qué haces?

—Terminando mi parte de la mentira.

Pocos minutos después, un automóvil negro se detuvo frente al restaurante.

No era un automóvil cualquiera.

El conductor bajó y abrió respetuosamente la puerta.

—Señor Ford.

Ethan se quitó los Crocs, los dejó dentro de una bolsa que el conductor le entregó y me miró.

—Mi nombre sí es Ethan Ford. Eso nunca fue mentira.

—¿Y los ochenta dólares diarios?

Sonrió.

—Probablemente mis inversiones ganaron más que eso mientras comíamos.

Tuve que contener una carcajada.

Por supuesto que lo sabía. Había visto el número aumentar durante toda la cena.

Pero antes de subir al automóvil, Ethan se puso serio.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Nunca vi claramente el rostro de Cindy en las fotografías.

Sentí un escalofrío.

—Vanessa siempre evitaba las videollamadas —continuó—. Y hace dos meses contraté a alguien para verificar su identidad.

Lo miré sorprendida.

—Entonces…

—Sabía que algo no cuadraba antes de venir.

—¿Sabías que Vanessa era Cindy?

—No.

Su mirada se clavó en mí.

—Pero sabía que la mujer que aparecería hoy probablemente tendría algo que ocultar.

Mi estómago se encogió.

Todo había sido una prueba.

Solo que Vanessa había enviado a la persona equivocada.

O quizá, por primera vez en mi vida, a la correcta.

Ethan abrió la puerta del automóvil.

—¿Tienes dónde dormir esta noche?

No respondí.

Eso fue suficiente.

Una hora después estaba frente a un pequeño apartamento propiedad de una empresa de Ethan.

No era una mansión.

Era un estudio limpio y sencillo.

—Puedes quedarte aquí hasta que encuentres trabajo —dijo.

Negué inmediatamente.

—No quiero caridad.

—Entonces págame alquiler cuando consigas empleo.

Extendió la llave.

—Considéralo un préstamo.

La acepté.

Por primera vez desde que tenía ocho años, dormí en un lugar donde no necesitaba cerrar la puerta por miedo.

A la mañana siguiente desperté con treinta y siete llamadas perdidas.

Todas de los Harrington.

Vanessa había descubierto que Ethan no era pobre.

No sabía cómo.

Pero lo sabía.

Cuando finalmente contesté, su grito casi atravesó el teléfono.

—¡Vuelve inmediatamente!

—No.

Hubo silencio.

Vanessa jamás me había oído negarme.

—Ese hombre era mío.

—Ayer dijiste que me lo regalabas.

—¡No sabía quién era!

Sonreí.

Ahí estaba la verdad.

Nunca había querido a Ethan.

Quería lo que podía comprar.

—Entonces tienes un problema, Vanessa.

Colgué.

Tres días después conseguí una entrevista en una firma financiera.

Cuando llegué, descubrí que pertenecía al grupo Ford.

Quise marcharme.

Pero Ethan apareció antes de que pudiera hacerlo.

—Yo no organicé tu entrevista.

—¿Esperas que crea eso?

—Presentaste tu solicitud hace cuatro meses.

Me quedé callada.

Era verdad.

La había enviado mucho antes de conocerlo.

—Si consigues el puesto —continuó— será por ti.

Y lo conseguí.

Empecé desde abajo.

Trabajé.

Ahorré.

Por primera vez, cada dólar que tenía me pertenecía.

Mientras tanto, Ethan y yo seguimos viéndonos.

Ya no porque él fingiera ser pobre.

Ni porque yo fingiera ser Cindy.

Simplemente porque nos gustaba estar juntos.

Entonces Vanessa apareció.

Entró una tarde en la recepción de Ford Capital vestida de diseñador.

—Quiero hablar con Ethan.

Cuando me vio, sonrió con desprecio.

—Mira qué rápido aprendiste a trepar.

Antes habría bajado la cabeza.

Esta vez no.

—¿Qué quieres?

—Recuperar lo que me pertenece.

Ethan salió del ascensor justo entonces.

Vanessa cambió inmediatamente de expresión.

—Ethan…

Intentó acercarse.

Él retrocedió.

—Señorita Harrington.

Vanessa palideció.

—Soy Cindy.

—No.

Ethan levantó su teléfono.

—Cindy era un personaje que inventaste.

Después mostró varios mensajes.

—También descubrí algo interesante. Durante meses me pediste dinero para pagar una supuesta operación de tu madre.

Vanessa quedó blanca.

Yo no sabía nada de aquello.

—Nunca te envié dinero porque quería conocerte primero —continuó Ethan—. Pero guardé cada mensaje.

Entonces comprendí por qué Vanessa había querido deshacerse de él tan rápido.

No solamente buscaba un novio rico. Llevaba meses intentando estafarlo.

—Fue una broma —balbuceó.

—Entonces podrás explicársela a mis abogados.

Vanessa me miró con odio.

—¡Todo esto es culpa tuya!

Levantó la mano.

Pero esta vez alguien la detuvo antes de que pudiera tocarme.

Mi madre adoptiva.

Estaba detrás de ella.

Y junto a ella, mi padre.

Nunca olvidaré sus expresiones.

Habían escuchado suficiente.

Vanessa intentó justificarse.

Pero algo había cambiado.

Ya no estaba dentro de aquella mansión donde todos fingían no ver.

Mi padre miró mis brazos.

Yo llevaba manga corta.

Por primera vez no escondía las cicatrices.

—¿Ella hizo todo eso? —preguntó.

Lo miré.

—Lo sabes desde hace años.

Aquella respuesta fue peor que cualquier grito.

Mi madre comenzó a llorar.

—Lily, nosotros…

—No quiero disculpas.

Saqué un sobre de mi bolso.

Dentro había un cheque.

Había calculado durante años aproximadamente cuánto habían gastado en mantenerme y educarme.

Lo coloqué en sus manos.

—No les debo nada.

Mi padre intentó devolvérmelo.

Negué.

—Me dieron una oportunidad cuando era niña. Siempre estaré agradecida por eso. Pero también permitieron que Vanessa me castigara por haberla recibido.

Miré a ambos.

—La gratitud no significa que tenga que seguir viviendo donde me hacen daño.

Me marché.

Un año después, mi vida era irreconocible.

Había ascendido dentro de la empresa.

Tenía mi propio apartamento.

Mis propias cuentas.

Mi propio apellido en la puerta.

Y Ethan seguía conmigo.

Un día me llevó nuevamente al mismo buffet de quince dólares.

—¿En serio? —pregunté riendo.

—Aquí descubrí que eras capaz de comerte también mi cena.

—Eso es información confidencial.

Después de comer, caminamos hasta las bicicletas públicas.

Ethan llevaba otra vez sus viejos Crocs.

Sobre su cabeza seguía flotando aquella absurda fortuna.

Pero ya casi nunca miraba el número.

Ethan tomó mi mano.

—¿Sabes qué fue lo primero que me gustó de ti?

—¿Mi capacidad para destruir un buffet?

—Que cuando creías que yo ganaba ochenta dólares al día, me compraste una botella de té con tu propio dinero.

Sonreí.

Durante toda mi infancia pensé que mi don me permitía conocer el verdadero valor de las personas.

Me equivocaba.

El dinero sobre sus cabezas solo me decía cuánto poseían.

Vanessa había tenido millones y siempre quiso más.

Mis padres tenían una fortuna y les faltó valor para protegerme.

Ethan tenía diez dígitos y había llegado en bicicleta para descubrir quién podía quererlo sin ellos.

Y yo…

Yo había pasado media vida mirando números porque creía que así podía evitar volver a ser abandonada.

Entrelacé mis dedos con los suyos.

Por primera vez no miré sobre su cabeza.

No necesitaba hacerlo.

Porque finalmente había aprendido que una cuenta bancaria podía mostrarme cuánto dinero tenía una persona.

Pero jamás cuánto valía.

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