PARTE 2: EL HOMBRE QUE ELLA DESPRECIÓ TERMINÓ ELIGIÉNDOME.

Me quedé mirando a Daniel sin saber qué responder.

Durante toda mi vida, cuando alguien me ofrecía algo bueno, mi primera reacción era preguntarme si realmente lo merecía.

—¿Estás seguro? —pregunté.

Daniel sonrió.

—Completamente.

—Pero tú conociste primero a Clara.

—Conocí a Clara porque nuestras familias organizaron una cita. A ti te estoy eligiendo porque quiero conocerte.

Aquellas palabras hicieron algo extraño dentro de mí.

Por primera vez, alguien no me veía como la hermana menor de Clara.

Me veía simplemente como Elena.

—Entonces intentémoslo —respondí.

Durante las siguientes semanas empezamos a salir.

Daniel nunca volvió a llamar a Clara.

Íbamos a pequeños restaurantes, caminábamos por el pueblo y algunas tardes simplemente tomábamos café mientras hablábamos durante horas.

Y cuanto más lo conocía, más cosas extrañas descubría.

Todo el mundo parecía conocerlo.

El dueño del restaurante salía personalmente a saludarlo.

El gerente del banco le estrechaba la mano.

Los agricultores detenían sus camionetas para conversar con él.

Una tarde le pregunté:

—¿Por qué todos te conocen?

Daniel soltó una carcajada.

—Mi familia lleva mucho tiempo aquí.

No explicó más.

Yo tampoco insistí.

Me gustaba precisamente porque jamás intentaba impresionarme.

Hasta que un domingo todo cambió.

Daniel vino a cenar a casa.

Clara había regresado de Chicago para pasar el fin de semana.

Cuando abrió la puerta y lo vio conmigo, frunció el ceño.

—¿Qué hace él aquí?

Mi madre salió de la cocina.

—Elena está saliendo con Daniel.

Clara me miró sorprendida.

Después se rio.

—¿En serio?

Daniel permaneció tranquilo.

—En serio.

Ella cruzó los brazos.

—Bueno, supongo que hacen buena pareja.

Su tono decía exactamente lo contrario.

Durante la cena, Clara no dejó de hablar de Chicago.

Su salario.

Sus viajes.

Los hombres importantes que conocía.

Finalmente miró a Daniel.

—¿Sigues trabajando en esa pequeña empresa local?

Daniel bebió agua.

—Sí.

—¿Y cuánto ganas ahora?

Sentí vergüenza ajena.

—Clara.

—¿Qué? Solo pregunto.

Daniel sonrió.

—Lo suficiente.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—Eso dicen todos los hombres que ganan poco.

Mis padres rieron incómodos.

Entonces sonó el teléfono de mi padre.

Contestó.

—¿Sí?… ¿Qué terreno?

Su expresión cambió.

—¿Lawson Properties?

Daniel levantó ligeramente la vista.

Mi padre continuó escuchando.

—Entiendo. Mañana estaré allí.

Colgó.

—Qué extraño. El propietario del terreno donde está nuestro almacén quiere renegociar el contrato.

Clara hizo una mueca.

—¿Quién es el dueño?

Mi padre miró la pantalla.

—Una empresa llamada Lawson Properties.

El silencio fue inmediato.

Clara miró a Daniel.

—¿Lawson?

Daniel dejó lentamente el vaso.

—La empresa es de mi familia.

Mi padre parpadeó.

—¿Tu familia es propietaria de ese terreno?

—Sí.

—¿Solo ese?

Daniel pareció incómodo.

—No exactamente.

Clara se inclinó hacia adelante.

—¿Cuántas propiedades tienen?

Daniel me miró primero.

Después respondió:

—Treinta y siete en el condado. Algunos edificios comerciales, terrenos agrícolas y varias propiedades residenciales.

Nadie habló.

La cara de Clara cambió por completo.

—¿Treinta y siete?

—Actualmente.

Mi padre casi dejó caer el tenedor.

—¿Lawson Properties pertenece a ustedes?

—Mi abuelo la fundó. Ahora yo administro la mayor parte.

Mi madre me miró como si acabara de descubrir que yo había estado escondiendo un billete de lotería.

—Elena, ¿tú sabías esto?

—Sabía que su familia tenía propiedades. No sabía cuántas.

Clara permaneció extrañamente callada el resto de la cena.

A la mañana siguiente comenzó el problema.

Me despertó entrando en mi habitación sin tocar.

—Necesito hablar contigo.

—¿Qué pasa?

Cerró la puerta.

—Daniel y tú no combinan.

La miré.

—Ayer dijiste que sí.

—Ayer no sabía quién era realmente.

Ahí estaba.

Finalmente.

—¿Y eso qué cambia?

—Todo.

Clara se sentó frente a mí.

—Daniel originalmente fue presentado para mí.

Sentí que algo se endurecía dentro de mi pecho.

—Y tú lo rechazaste.

—Porque hubo un malentendido.

—Lo llamaste miserable.

—Estaba molesta.

—Dijiste que te daba asco.

—¡Elena!

Se levantó.

—No seas ingenua. Ese hombre pertenece a otro nivel. Tú no sabrías moverte en su mundo.

Aquella frase era demasiado conocida.

Tú no.

Clara sí.

Tú debes ceder.

Clara merece más.

Me puse de pie.

—No voy a dejar a Daniel.

Su expresión se volvió fría.

—Entonces no digas que no te advertí.

Dos días después, Daniel me mostró varios mensajes.

Todos eran de Clara.

Primero se disculpaba.

Después decía que quería verlo.

Finalmente había escrito:

“Nuestra cita empezó mal. Creo que deberíamos darnos una segunda oportunidad antes de que cometas un error con Elena.”

Sentí vergüenza.

—Lo siento.

Daniel negó con la cabeza.

—Tú no hiciste nada.

Respondió delante de mí.

“No hubo ningún malentendido. Tú me rechazaste por lo que creías que tenía. Elena me aceptó por quien soy.”

Después bloqueó su número.

Pero Clara no se rindió.

Convenció a mis padres de que yo estaba arruinando su oportunidad.

Mi madre llegó incluso a decirme:

—Tu hermana tiene treinta años. Necesita formar una buena familia. Tú todavía puedes conocer a otro.

La miré durante varios segundos.

—¿Me estás pidiendo que entregue a mi pareja como si fuera uno de sus vestidos?

—No exageres.

—Toda mi vida me dijeron eso mientras me quitaban cosas para dárselas a Clara.

Mi padre golpeó la mesa.

—¡No hables así a tu madre!

Por primera vez, no bajé la cabeza.

—Entonces escúchenme los dos.

Respiré profundamente.

—No voy a ceder otra vez.

Mi madre palideció.

—¿Después de todo lo que hicimos por ti?

—Precisamente después de todo.

Preparé una maleta aquella misma noche.

Esta vez nadie rompió mi boleto.

Me mudé a un pequeño apartamento que podía pagar con mi propio salario.

Daniel me ayudó con las cajas, pero cuando ofreció pagar el alquiler, me negué.

Él sonrió.

—Sabía que dirías eso.

Un año después, Daniel me llevó nuevamente a la montaña donde me había preguntado si quería intentar una relación.

En la cima sacó un pequeño anillo.

—Elena, ¿quieres construir una vida conmigo?

Lloré antes de poder responder.

—Sí.

Nos casamos meses después.

Clara no asistió.

Mis padres sí.

Y por primera vez comprendieron que su hija “obediente” podía quererlos sin permitir que decidieran su vida.

Daniel nunca necesitó demostrar que era rico.

Yo tampoco necesitaba sus propiedades para sentir que había ganado.

Porque mi verdadera victoria ocurrió mucho antes de saber cuánto poseía.

Ocurrió el día en que alguien me eligió sin compararme con mi hermana.

Y ocurrió otra vez cuando finalmente aprendí a elegirme yo.

Clara había rechazado a Daniel porque creyó que era pobre.

Después intentó recuperarlo cuando descubrió su fortuna.

Pero para entonces había entendido demasiado tarde algo que ningún dinero podía cambiar.

El hombre que ella consideró demasiado poca cosa ya había encontrado a una mujer que jamás necesitó conocer su patrimonio para tratarlo con respeto.

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