Parte 2: EL PRECIO DE SUBESTIMARME

No esperé a escuchar otra palabra.

Abrí la puerta y salí.

Detrás de mí, Julian volvió a reír.

—¡Cuando se te pase esta estupidez, llámame!

Eleanor añadió:

—Y trae los tres mil dólares.

No respondí.

En la entrada esperaba el pequeño sedán que había usado durante dos años para mantener mi fachada.

Subí, conduje tres calles y me detuve.

Entonces saqué el teléfono que Julian nunca había visto.

—Marcus.

Mi jefe de seguridad respondió inmediatamente.

—Señorita Vale.

Hacía mucho que nadie me llamaba así.

—Se acabó.

Hubo un breve silencio.

—¿Está segura?

Miré mi anillo.

—Completamente.

—Enviaré el coche.

Veinte minutos después, mi viejo sedán quedó estacionado frente a una propiedad de Apex.

Un Bentley negro se detuvo junto a mí.

Marcus abrió la puerta.

—Bienvenida de regreso.


Mi villa estaba situada detrás de enormes puertas de hierro, rodeada por jardines que parecían extenderse hasta el horizonte.

Treinta y cinco millones de dólares.

Siete empleados domésticos permanentes.

Seguridad privada.

Piscina interior.

Biblioteca.

Una bodega cuyo contenido probablemente valía más que la casa de Eleanor.

Pero nada de aquello era lo importante.

Lo importante estaba esperando dentro.

Mi abogado, Nathan Cole.

Mi directora financiera, Rebecca Lin.

Y tres carpetas sobre la mesa.

Nathan me miró.

—¿Divorcio?

Dejé el anillo junto a las carpetas.

—Divorcio.

—¿Acuerdo prenupcial?

Sonreí.

—El que Julian firmó sin leer porque creyó que yo no tenía patrimonio.

Nathan casi sonrió.

—Siempre me gustó esa parte.

Dos años antes, Julian había insistido en un acuerdo prenupcial.

Según él, necesitaba proteger su fortuna de una mujer que ganaba un salario corriente.

Había firmado tranquilamente una cláusula de separación patrimonial absoluta.

Aquella misma cláusula que pretendía proteger sus millones ahora le impedía tocar los míos.

—Hay otro problema —dijo Rebecca.

Abrió la primera carpeta.

—¿Recuerdas que Apex adquirió deuda corporativa de Harrington Dynamics el año pasado?

Sentí que algo encajaba.

Harrington Dynamics.

La empresa de Julian.

—¿Cuánta?

—El cuarenta y dos por ciento de sus obligaciones principales.

La miré.

—¿Apex es su acreedor?

—Indirectamente, sí.

Por primera vez aquella mañana me reí.

Julian acababa de llamar patética a la mujer cuya empresa tenía una parte enorme de su deuda.

Pero Rebecca no parecía divertida.

—Sienna, la situación de Harrington es peor de lo que pensábamos.

Abrió otro documento.

Ingresos cayendo.

Deuda creciendo.

Proveedores esperando pagos.

Líneas de crédito al límite.

—¿Cuánto tiempo tienen?

—Si no consiguen nueva financiación, quizá tres meses.

Recordé las palabras de Julian.

Mi oficina en quiebra.

Lo había dicho para herirlo.

No sabía que casi había acertado.

—¿Por qué nadie me informó?

—Porque la inversión estaba dentro de una cartera secundaria. Pero después de saber con quién te casabas, revisé todo.

Nathan deslizó una tercera carpeta.

—Y encontramos esto.

Una solicitud de financiación.

Harrington Dynamics buscaba ochenta millones de dólares.

—¿Quién es el inversor principal al que están intentando convencer?

Nathan me sostuvo la mirada.

—Apex Capital Partners.

Me quedé inmóvil.

Julian llevaba meses intentando conseguir dinero de mi propia compañía.

Y no sabía que yo controlaba la decisión final.


A las dos de la tarde recibió los papeles del divorcio.

A las dos y siete empezó a llamarme.

A las dos y doce había dieciséis llamadas perdidas.

A las dos y veinte llegó el primer mensaje.

Deja de comportarte como una niña.

Después:

Mi madre está dispuesta a reducir el alquiler a 2.000.

Me quedé mirando la pantalla.

Ni siquiera entonces había entendido.

Finalmente escribió:

Tienes hasta mañana para regresar.

Bloqueé su número.

A las cuatro, Eleanor llamó desde otro teléfono.

—Sienna, ya has hecho suficiente teatro.

—Señora Harrington, estoy ocupada.

—¿Señora Harrington?

Su voz subió.

—¡Soy tu madre!

—Durante aproximadamente veinticuatro horas.

Colgué.


Al día siguiente, Julian tenía una reunión con Apex.

Yo lo sabía porque estaba en mi calendario.

Entró en nuestra sede de Manhattan a las diez.

Traje gris.

Reloj caro.

Sonrisa impecable.

La misma máscara que me había enamorado.

Yo observaba desde una sala privada mientras él presentaba su empresa ante el comité.

—Harrington Dynamics está entrando en una fase extraordinaria de crecimiento.

Rebecca, sentada frente a él, no cambió de expresión.

Yo conocía las cifras reales.

No era crecimiento.

Era desesperación.

Durante cuarenta minutos Julian habló de expansión, estabilidad y liderazgo.

Después Rebecca preguntó:

—¿Qué ocurriría si Apex rechazara la financiación?

Julian sonrió.

—Tenemos otras opciones.

Mentira.

Cuando terminó, salió convencido de que había impresionado al comité.

Entonces recibió una llamada.

Incluso desde el otro lado del cristal vi cómo desaparecía el color de su rostro.

Uno de sus bancos acababa de suspender una línea de crédito pendiente de revisión.

No era obra mía.

Sus propias cifras habían empezado a alcanzarlo.


Esa noche Eleanor apareció en mi supuesta oficina de relaciones públicas.

Yo ya no estaba allí.

A la mañana siguiente llamó a recursos humanos exigiendo saber dónde vivía.

No le dieron información.

Entonces Julian cometió su primer error serio.

Llamó a Nathan.

—Quiero saber qué está intentando hacer mi esposa.

Nathan respondió:

—Su esposa está solicitando el divorcio.

—Sienna no puede pagar a un abogado como usted.

—Puede.

—¿Quién está pagando?

Nathan hizo una pausa.

—Ella.

Julian se rio.

—Imposible.

—Señor Harrington, quizá debería preguntarse cuántas cosas sobre su esposa resultaron ser imposibles únicamente porque nunca se molestó en conocerla.


Tres días después llegó la gala anual de Apex Capital.

Julian debía asistir.

Su financiación dependía de aquella relación.

Eleanor fue con él.

Yo llegué cuarenta minutos más tarde.

Esta vez no llevaba mi ropa discreta.

Tampoco escondí nada.

Cuando entré, varias personas se acercaron a saludarme.

Presidentes.

Inversores.

Miembros del consejo.

Julian me vio desde el otro extremo del salón.

Primero frunció el ceño.

Después observó cómo el director general de una multinacional me estrechaba la mano.

Eleanor susurró algo.

Los dos comenzaron a caminar hacia mí.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Julian.

—Trabajando.

Se rio.

—¿Sirviendo bebidas?

Eleanor me examinó.

—¿Cuánto gastaste en ese vestido? Espero que no estés usando dinero de mi hijo.

Antes de que pudiera responder, el presidente del consejo subió al escenario.

—Antes de comenzar, queremos reconocer a la persona cuya visión convirtió Apex en lo que es hoy.

Julian dejó de sonreír.

—Nuestra accionista mayoritaria y presidenta ejecutiva…

Eleanor miró hacia el escenario.

Yo tomé una copa de la bandeja de un camarero.

Sienna Vale.

El salón aplaudió.

Julian no se movió.

Eleanor abrió la boca.

Subí al escenario.

Desde allí podía verlos perfectamente.

—Gracias.

Hablé durante cinco minutos sobre inversiones y responsabilidad corporativa.

Después llegó el momento que Julian llevaba meses esperando.

—También hemos terminado la revisión de las nuevas solicitudes de financiación.

Su cuerpo se tensó.

—Algunas empresas presentan oportunidades.

Pausa.

—Otras presentan riesgos que ningún capital responsable debería ignorar.

La pantalla mostró:

HARRINGTON DYNAMICS — FINANCIACIÓN RECHAZADA.

Julian palideció.

Pero yo todavía no había terminado.

—Durante nuestra revisión encontramos irregularidades que requieren una auditoría independiente antes de considerar cualquier relación futura.

El salón quedó en silencio.

Vi a Eleanor agarrar el brazo de su hijo.

Después bajé del escenario.

Julian vino directamente hacia mí.

—¿Tú eres dueña de Apex?

—Accionista mayoritaria.

—¿Treinta y cinco millones…?

—La villa existe.

Su rostro se quebró.

—Sienna, podemos arreglar esto.

Lo miré.

Veinticuatro horas antes me había llamado parásito.

Ahora necesitaba algo de mí.

—Tienes razón.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Sí?

—Podemos arreglarlo.

Le entregué una tarjeta.

Era la de Nathan.

—Habla con mi abogado.

Me alejé.

Pero Rebecca apareció antes de que llegara a la salida.

Estaba pálida.

—Sienna, tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

Me mostró su teléfono.

Los auditores habían encontrado una transferencia realizada desde Harrington Dynamics seis meses antes.

El destinatario no era un proveedor.

Era una sociedad privada.

Y la persona autorizada para aquella cuenta era Eleanor Harrington.

—¿Cuánto? —pregunté.

Rebecca tragó saliva.

—Doce millones.

Miré hacia Julian.

Estaba discutiendo con su madre.

—¿Julian lo sabe?

—No creo.

—Entonces ¿qué significa?

Rebecca abrió el siguiente documento.

—Significa que alguien lleva meses vaciando Harrington desde dentro.

Después señaló una firma.

Eleanor había autorizado las transferencias usando credenciales corporativas de su hijo.

Y mientras Julian seguía rogándome que salvara su empresa, comprendí algo mucho peor.

Su madre no me había exigido tres mil dólares porque necesitara dinero.

Lo había hecho para obligarme a marcharme.

La pregunta era por qué.

Entonces llegó un mensaje de Nathan:

“No firmes nada. Encontramos una cláusula en el acuerdo matrimonial que Julian probablemente tampoco conoce. Si Eleanor sabía quién eras antes de la boda, esto nunca se trató del alquiler.”

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