Sentí que el aire desaparecía del pasillo.
La mujer de la fotografía no solo se parecía a mí.
Era como mirarme en un espejo de hacía veinte años.
El mismo rostro ovalado. La misma curva de las cejas. Incluso aquel pequeño lunar junto a la oreja izquierda que yo siempre ocultaba con el cabello.
—¿Quién es ella? —pregunté.
El señor Lu no respondió.
Nathan seguía aferrado a mi manga.
—Señor Lu.
El hombre apartó finalmente los ojos de mí y miró la fotografía.
—Mi hermana.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Cómo se llamaba?
—Elena Lu.
Ese nombre no significaba nada para mí.
Sin embargo, algo en su voz me produjo un escalofrío.
—Murió hace cuatro años.
Miré al bebé que Elena sostenía.
—¿Es Nathan?
—Sí.
Nathan bajó la cabeza.
Entonces comprendí.
Elena Lu había sido su madre.
—¿Por qué me mira de esa forma?
El señor Lu tardó demasiado en contestar.
—Porque mi hermana desapareció de esta familia cuando tenía diecinueve años. Regresó años después con Nathan en brazos. Nunca explicó dónde había estado.
—¿Y?
—Tres meses antes de morir, dejó una carta.
—¿Qué decía?
Su mandíbula se tensó.
—Que si alguna vez aparecía una mujer con su mismo rostro, debía protegerla.
Se me heló la sangre.
—Eso es imposible.
—Yo también lo creía.
Me acerqué a la fotografía.
En el cuello de Elena había un colgante de jade dividido por la mitad.
Llevé instintivamente la mano al mío.
Mi madre me había dado aquella pequeña pieza verde cuando cumplí dieciocho años.
—Nunca te lo quites —me había dicho.
Saqué el colgante de debajo de mi camisa.
El señor Lu palideció.
—¿Dónde consiguió eso?
—Era de mi madre.
En ese instante, Nathan se levantó.
Se acercó despacio y tocó el jade con un dedo.

—Mamá tenía el otro.
El silencio fue brutal.
—¿Qué acabas de decir? —susurró el señor Lu.
Nathan retrocedió.
Yo me arrodillé.
—Nathan, está bien.
El niño me miró.
Sus labios temblaron.
—Mamá decía… que algún día vendría Emma.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Él sabía mi nombre antes de conocerme.
El señor Lu ordenó al mayordomo que se llevara al niño.
Cuando quedamos solos, abrió una puerta de su despacho y sacó una caja.
Dentro había cartas, fotografías y una carpeta médica.
En la primera hoja aparecía el nombre:
ELENA LU — EMBARAZO GEMELAR, 2002.
Levanté la vista.
—¿Gemelar?
—Mi hermana dio a luz a dos niñas cuando tenía veinte años.
—Pero Nathan tiene cuatro.
—No hablo de Nathan.
Me temblaron las piernas.
Él continuó:
—Una de aquellas niñas murió, según nos dijeron. La otra desapareció.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
El señor Lu colocó frente a mí una fotografía.
Dos bebés dormían uno junto al otro.
En sus muñecas había pequeñas pulseras.
Una decía ELENA.
La otra…
EMMA.
Retrocedí.
—No.
—Su nombre completo —dijo él—. ¿Es Emma Su?
—Sí.
—¿Fecha de nacimiento?
Se la dije.
Coincidía.
—Esto no prueba nada.
—No.
Cerró la carpeta.
—Pero hay una prueba que sí puede hacerlo.
Antes de que pudiera preguntar, mi teléfono sonó.
Era el hospital.
Contesté inmediatamente.
—¿Señorita Su? Su madre ha recuperado la conciencia.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Pero la enfermera añadió:
—Hay algo extraño. No deja de repetir un nombre.
—¿Cuál?
—Elena.
Miré al señor Lu.
Y comprendí que mi madre sabía la verdad.