Durante los siguientes diez minutos, no escribí una sola palabra del informe.
Lucas estaba sentado a cinco metros de mí.
Mi novio virtual estaba sentado a cinco metros de mí.
Y ambos eran el mismo hombre.
Mi teléfono vibró.
“¿Te pasa algo?”
No levanté la cabeza.
Escribí debajo de la mesa:
“Estoy pensando.”
La respuesta llegó enseguida.
“Eso suele ser peligroso contigo.”
Apreté los labios para no reaccionar.
Lucas seguía revisando historias clínicas como si nada.
Entonces decidí probarlo.
“Mi jefe está aquí.”
Vi cómo la mano de Lucas se detenía sobre una página.
Solo un segundo.
Luego siguió escribiendo.
Mi teléfono vibró.
“¿El insoportable?”
Casi solté una carcajada.
“Ese mismo.”
“¿Sigue molestándote?”
Miré a Lucas.
—Doctor Reed.
Él levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Si es sobre el informe, sí.
Bajé los ojos al teléfono y escribí:
“Acaba de volver a hablarme con ese tono horrible.”
El teléfono de Lucas vibró.
Lo vi leer el mensaje.
Su mandíbula se tensó.
Después llegó mi respuesta.
“Quizá deberías dejar de provocarlo.”
Mi corazón dio un salto.
Escribí:
“¿Estás defendiendo a mi jefe?”
Lucas volvió a mirar su teléfono.
“Quizá tu jefe tenga motivos.”
Aquello fue suficiente.
Me levanté.
—Voy por café.
—Le quedan ochocientas palabras.
—Necesito cafeína para escribirlas.
—Emma.
Me congelé.
Lucas casi nunca utilizaba mi nombre.
Siempre era “doctora Carter”.
Giré lentamente.
Él también pareció darse cuenta.
—¿Sí?
Lucas sostuvo mi mirada.
—Nada. Vaya.
Salí del despacho.
En cuanto llegué al pasillo, apoyé la espalda contra la pared.
Él sabía algo.
La pregunta era cuánto.
Durante seis meses, mi novio virtual había escuchado todas mis quejas sobre el hospital.
Sobre mis turnos.
Sobre mis errores.
Sobre Lucas.
Especialmente sobre Lucas.
Una vez incluso había escrito:
“Si Reed vuelve a hacerme repetir una historia clínica por una coma, voy a enterrarlo debajo del estacionamiento.”
Mi novio había respondido:
“Necesitarás una coartada.”
Ahora quería desaparecer.
Cuando regresé con el café, Ryan estaba sentado frente al escritorio de Lucas.
—Emma.
Sonrió al verme.
—Gracias por ayudarme antes.
—No fue nada.
Ryan me observó con curiosidad.
—¿Nos conocemos desde hace años y ahora te da vergüenza mirarme?
—Estoy trabajando.
—En secundaria no eras tan seria.
Antes de que pudiera responder, Lucas cerró una carpeta.
El golpe seco hizo que ambos lo miráramos.
—Ryan, tu revisión terminó.
—Primo, acabas de decir que debía esperar diez minutos.
—Ya pasaron.
Ryan miró el reloj.
—Han pasado tres.
Silencio.
Ryan sonrió lentamente.
—Ah.
Lucas frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Ryan se levantó y pasó junto a mí.
—Nos vemos, Emma.
—Claro.
—Podríamos tomar un café algún día y recordar—
—No puede.
Los dos miramos a Lucas.
Él permaneció completamente serio.
—Tiene guardias esta semana.
Ryan arqueó una ceja.
—¿Conoces su horario de memoria?
Por primera vez, Lucas no tuvo respuesta inmediata.
Ryan soltó una risita y salió.
Yo me senté.
Mi teléfono vibró.
“Ese paciente parece demasiado familiar contigo.”
Cerré los ojos.
Esto ya era absurdo.
Respondí:
“Fuimos compañeros.”
“Lo sé.”
Mis dedos se quedaron inmóviles.
Lo sé.
No “me lo imaginaba”.
No “me dijiste”.
Lo sé.
Levanté la cabeza.
Lucas estaba mirándome.
Esta vez ninguno apartó los ojos.
—Doctor Reed —dije despacio—, ¿desde cuándo conoce a Ryan?
—Desde que nació.
—Entonces probablemente conoce a muchos de sus antiguos compañeros.
—Algunos.
—¿A mí?
Su expresión cambió apenas.
—Está haciendo demasiadas preguntas.
—Y usted está evitando responderlas.
Lucas se levantó.
Cerró la puerta del despacho.
Mi pulso se aceleró.
—Emma, termine el informe.
—Primero respóndame algo.
—No.
—Ni siquiera sabe qué voy a preguntar.
—Precisamente por eso.
Saqué el teléfono.
Escribí delante de él:
“Dime dónde estás ahora.”
El móvil de Lucas vibró.

Él ni siquiera lo miró.
Mi respiración se volvió superficial.
—Conteste.
—No.
—¿Por qué?
Lucas apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Porque está intentando demostrar algo que ya sabe.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—Entonces sí eres tú.
Lucas guardó silencio.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Sus ojos se endurecieron.
—Emma…
—¿Desde cuándo?
—Baja la voz.
—¡Seis meses!
Me puse de pie.
—Te conté cosas personales. Mis miedos. Mis problemas aquí. ¡Me quejé de ti contigo!
—Eso último fue particularmente interesante.
—¡No bromees!
Lucas respiró hondo.
—No estoy bromeando.
—Entonces dime la verdad.
Su expresión perdió parte de aquella frialdad profesional.
—Lo descubrí hace tres meses.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Tres meses?
Asintió.
—Una noche me dijiste que habías derramado café sobre tus apuntes antes de una guardia. A la mañana siguiente vi exactamente la misma mancha en tu cuaderno.
Recordé aquella mañana.
Lucas había mirado mi cuaderno durante varios segundos.
Yo pensé que estaba buscando otro error.
—¿Y seguiste hablando conmigo?
—Sí.
—¿Por qué?
Lucas abrió la boca.
Pero alguien llamó a la puerta.
Era una enfermera.
—Doctor Reed, lo necesitan en urgencias.
Lucas recuperó instantáneamente su expresión profesional.
—Voy.
Pasó junto a mí.
Antes de salir, se detuvo.
—No se vaya. Tenemos que terminar esta conversación.
La puerta se cerró.
Yo me dejé caer en la silla.
Entonces mi teléfono vibró.
Pensé que sería Lucas.
No lo era.
Era Ryan.
“Emma, necesito preguntarte algo sobre Lucas.”
Fruncí el ceño.
Otro mensaje.
“Sé que suena raro, pero hace meses vi por accidente una conversación en su teléfono.”
Mi sangre se enfrió.
“Creo que eras tú.”
Tragué saliva.
Escribí:
“¿Qué quieres decir?”
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Finalmente llegó:
“Lucas no te contó toda la verdad.”
Me incorporé.
“¿Qué verdad?”
Ryan respondió:
“No te conoció hace seis meses por casualidad.”
Sentí un escalofrío.
“Entonces ¿cómo?”
Pasaron veinte segundos.
Treinta.
Un minuto.
Y llegó una fotografía.
Era antigua.
Tomada varios años atrás, durante mi último curso de secundaria.
Ryan aparecía con el uniforme del equipo.
Yo estaba detrás, riéndome con unas amigas.
Pero eso no fue lo que me dejó sin respiración.
En una esquina de la fotografía había otro hombre.
Más joven.
Sin bata.
Observándome.
Lucas Reed.
Debajo, Ryan escribió:
“Emma… mi primo ya sabía quién eras antes de que tú siquiera supieras su nombre.”
En ese instante escuché la puerta abrirse detrás de mí.
Lucas había regresado.
Miró mi teléfono.
Luego miró mi rostro.
Y toda expresión desapareció de su cara.
—¿Quién te envió eso?
Apreté el teléfono contra mi pecho.
—Dime por qué estabas allí.
Lucas cerró lentamente la puerta.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en los ojos del Dr. Lucas Reed.