Adrian tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Maestra?
La señora Harrington lo miró con curiosidad.
—¿El señor Blake no sabía quién era su esposa?
—Exesposa —corregí.
La palabra cayó con suavidad.
Pero Adrian se tensó.
La anciana arqueó una ceja.
—Entonces mis felicitaciones, señorita Bennett.
Serena soltó una risa incómoda.
—Seguro hay una confusión. Claire vivió cinco años con nosotros. Si realmente fuera Wren, lo sabríamos.
El viejo sastre la miró con desprecio.
—Yo llevo cuarenta años restaurando textiles. Reconocería esas puntadas aunque las viera con los ojos medio cerrados.
Terminé la última sección y entregué el vestido.
La señora Harrington examinó la manga.
—Perfecto.
Después hizo una señal.
El anciano que había ido a buscarme colocó un cheque sobre la mesa.
Serena miró la cifra.
Su expresión cambió.
—¿Doscientos mil dólares por esto?
—Por esto no —respondió la señora Harrington—. Por conseguir que Wren aceptara volver.
Adrian me observaba como si acabara de conocerme.
—¿Desde cuándo haces restauraciones?
Guardé las agujas.
—Desde antes de casarme contigo.
—Nunca me dijiste nada.
Lo miré.
—Nunca preguntaste.
Aquello lo silenció.
En el automóvil de regreso, Adrian no dejó de mirarme.
Finalmente preguntó:
—¿Por qué abandonaste tu carrera?
—No la abandoné.
—Durante cinco años no trabajaste.
Sonreí.
—Eso creías.
Había restaurado piezas de forma privada durante todo nuestro matrimonio.
Trabajaba cuando Adrian viajaba.
Firmaba como Wren.
El dinero jamás había entrado en nuestras cuentas conjuntas.
Y cada vez que él regresaba con otra solicitud de divorcio, yo utilizaba la separación legal para organizar una parte más de mi vida.
Adrian frunció el ceño.
—Entonces nunca dependiste económicamente de mí.
—No.
—¿Por qué aceptabas las propiedades?
—Porque me las ofrecías.
Serena intervino desde el asiento trasero.
—¡Lo sabía! Siempre estuviste aprovechándote de él.
Giré la cabeza.
—Tu hermano se divorció de mí nueve veces para complacer a nueve mujeres diferentes.
Serena abrió la boca.
—Yo nunca le pedí una sola propiedad.
Miré a Adrian.
—Él ponía precio a cada humillación. Yo simplemente dejé de rechazar el pago.
Nadie volvió a hablar.
Dos días después me mudé.
No a la villa.
La había vendido aquella misma mañana, pese a la petición de Adrian.
Compré un pequeño edificio antiguo en el centro y recuperé mi taller.
Sobre la puerta coloqué una placa sencilla:
WREN — CONSERVACIÓN TEXTIL
En menos de una semana comenzaron a llegar solicitudes.
Museos.
Coleccionistas.
Casas de subastas.
Entonces llegó la primera caja de flores.
De Adrian.
La devolví.
La segunda contenía una tarjeta:
“Sé que estás enfadada. Cuando todo se calme, hablaremos.”
También la devolví.
La tercera no llegó.
Adrian apareció personalmente.
Entró en el taller mientras yo examinaba un vestido de 1920.
—Vendiste la villa.
—Sí.
—Me dijiste que no lo harías.
—Cuando te respondí, ya no eras mi esposo.
Su mandíbula se tensó.
—Claire, deja de actuar como si esto fuera definitivo.
Levanté la vista.
—Lo es.
Por primera vez, pareció realmente confundido.
—Siempre volvemos.
—Antes.
—¿Qué diferencia hay ahora?
Dejé la lupa.
—Yo.
Adrian se quedó quieto.
—En tres meses Ivy se cansará —dijo—. Siempre ocurre.
Sentí algo parecido a lástima.
—Ese es tu problema. Sigues creyendo que esta historia depende de cuándo te canses de otra mujer.
—Sabes que ninguna significó lo que tú.
—Eso no es amor.
Me quité los guantes.
—Es comodidad.
Su expresión se endureció.
—Cinco años, Claire.
—Y nueve divorcios.
No tuvo respuesta.
Entonces su teléfono sonó.
Ivy.
Adrian lo rechazó.
Sonreí.
—Contesta.
—No importa.
—Hace una semana importaba lo suficiente para divorciarte de mí.
Aquello lo golpeó.
—Cometí un error.
—No.
Negué lentamente.
—Cometiste el mismo error nueve veces. Eso ya es una elección.
Le señalé la puerta.
Adrian no se movió.
—¿Hay otro hombre?
Casi reí.
—¿Eso te haría sentir mejor?
—Respóndeme.
—No necesito reemplazarte para dejarte.
Esa respuesta pareció dolerle más que cualquier otra.
Finalmente se marchó.
Tres semanas después recibí una invitación de la Fundación Harrington.
Querían que dirigiera la restauración de una colección privada que llevaba décadas cerrada.
Acepté.
La noche de presentación había fotógrafos, historiadores y varios miembros de la familia Blake.
Incluido Adrian.
Llegó solo.
Ivy ya no estaba con él.
No me sorprendió.

Lo que sí me sorprendió fue ver a la señora Harrington esperándome junto a una vitrina.
—Claire, hay algo que debes ver.
Dentro había un vestido de novia color marfil.
Reconocí inmediatamente el bordado.
Me acerqué.
—Esto es de Eleanor.
Eleanor Wren.
Mi maestra.
La mujer cuyo apellido profesional había heredado.
—Creíamos que se había perdido —susurré.
—No se perdió.
La señora Harrington sacó una carpeta.
—Fue comprado hace cinco años.
Sentí una extraña presión en el pecho.
—¿Por quién?
Antes de responder, escuché la voz de Adrian detrás de mí.
—Yo.
Me giré.
Estaba pálido.
—¿Tú compraste el vestido de Eleanor?
Adrian asintió.
—Para nuestra boda.
No entendía.
Nosotros nunca habíamos celebrado una gran ceremonia. Cada reconciliación había terminado en matrimonios discretos.
—¿Por qué nunca me lo enseñaste?
—Porque descubrí quién eras poco antes de nuestro primer divorcio.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
Adrian miró la vitrina.
—Encontré una fotografía tuya con Eleanor. Investigué el nombre Wren.
Mi garganta se cerró.
—Entonces sí sabías.
—Solo una parte.
—Y nunca dijiste nada.
—Quería sorprenderte.
Solté una risa incrédula.
—¿Durante cinco años?
Adrian bajó la mirada.
—La primera vez que nos divorciamos pensé que sería temporal. Después ocurrió otra vez. Y otra.
—Nueve veces.
—Lo sé.
Entonces sacó algo del bolsillo.
No era un anillo.
Era un sobre antiguo.
—Esto estaba cosido dentro del vestido.
La señora Harrington añadió:
—Lo descubrimos durante el inventario.
Tomé el sobre.
Mi nombre aparecía escrito con la letra de Eleanor.
Lo abrí.
Dentro había una carta y un documento legal.
Leí la primera línea.
Después la segunda.
Y mis manos empezaron a temblar.
Eleanor no me había dejado únicamente su nombre profesional.
Me había dejado la propiedad de su archivo privado: cientos de diseños originales que llevaban desaparecidos más de una década.
Pero debajo había una condición.
Una condición que alguien había activado cinco años atrás.
Miré la firma.
Adrian también la vio.
Su rostro perdió todo el color.
Porque la persona que había reclamado legalmente aquellos diseños mientras yo seguía casada con él llevaba su apellido.
Serena Blake.