PARTE 2: ETHAN NUNCA CREYÓ QUE YO ESTUVIERA VIVA.

Ethan caminó varios metros antes de detenerse.

Su asistente casi chocó contra él.

—Señor Grant.

Ethan no respondió.

Seguía mirando al frente, pero su mente había regresado siete años atrás.

Ava.

Viva.

No desaparecida.

No muerta.

Viva.

Se giró lentamente.

Yo todavía estaba junto a mi jefe, intentando entender qué acababa de ocurrir.

Nuestros ojos se encontraron otra vez.

Y esa vez ya no vi desprecio.

Vi algo mucho más inquietante.

Dolor.

Mi jefe seguía hablando.

—Ava, lo hiciste perfecto. Si conseguimos esa colaboración, el director va a…

No terminé de escucharlo.

Ethan ya había desaparecido detrás de las puertas del salón privado.

Lo que yo no sabía era que, apenas entró, cerró la puerta con llave.

Después miró a su asistente.

—Quiero todo sobre Ava Sullivan.

—¿Todo?

—Desde el accidente hasta hoy.

El asistente dudó.

—¿Tiene relación con Liam Walker?

Ethan levantó la mirada.

—Encuéntralo también.

Una hora después, yo estaba de vuelta en mi conferencia cuando recibí un mensaje de un número desconocido.

“Soy Ethan.”

Lo miré varios segundos.

Luego llegó otro.

“¿Dónde estás?”

Respondí:

“En la sala C.”

No pasaron ni cinco minutos antes de que apareciera.

Varias personas se quedaron mirándolo.

Yo salí al pasillo.

—¿Qué pasa?

Ethan sostuvo mi mirada.

—Necesito preguntarte algo.

—Adelante.

—Después del accidente, ¿nunca intentaste comunicarte conmigo?

Parpadeé.

—No.

Su expresión se endureció.

—¿Por qué?

Casi me reí.

—Porque me rechazaste.

Ethan quedó inmóvil.

—¿Eso recuerdas?

—Claro que lo recuerdo.

Siete años antes yo había reunido todo mi valor y le había confesado que me gustaba.

Ethan me había mirado con esa misma frialdad que ahora llevaba en el rostro.

“Deja de seguirme. Es molesto.”

Aquella frase me había acompañado durante años.

Después llegó el accidente.

Hospital.

Mudanza.

Nueva escuela.

Nueva vida.

—Pensé que estabas feliz de no volver a verme —dije.

Ethan cerró los ojos un instante.

—No fue así.

—Eso dijiste.

—Porque era un idiota de diecisiete años.

Lo miré sorprendida.

Ethan Grant no parecía un hombre acostumbrado a admitir errores.

—¿Entonces por qué todos creen que morí?

Su expresión cambió.

—Eso intento averiguar.

—¿Tú también lo creías?

Tardó demasiado en responder.

—Sí.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién te lo dijo?

Ethan apretó la mandíbula.

—Liam.

El pasillo pareció quedarse sin sonido.

—¿Liam Walker?

—Después de tu accidente fui a buscarte al hospital.

Lo miré.

—¿Fuiste?

—Tu habitación estaba vacía.

Ethan respiró lentamente.

—Liam me dijo que habías empeorado durante la noche. Que tu familia se había marchado después del funeral porque no querían volver a ese lugar.

Me quedé paralizada.

—Eso es una locura.

—Lo sé ahora.

—¿Nunca verificaste?

Aquella pregunta lo golpeó.

—Intenté hacerlo.

Su voz se volvió más baja.

—Pero tu familia había cambiado de número. La casa estaba vendida. No había redes sociales tuyas activas. Cada persona a la que preguntaba parecía saber una versión diferente.

—¿Y simplemente aceptaste que estaba muerta?

Ethan me miró.

—Tenía dieciocho años.

Por primera vez, vi culpa real.

—Y había una persona en quien confiaba completamente.

Liam.

Sentí que el estómago se me revolvía.

Entonces recordé el teléfono.

Mi fotografía.

Chloe diciendo que su esposo había amado a una mujer muerta toda su vida.

—Ethan.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

—Hoy encontré un teléfono.

Su cuerpo se tensó.

—¿Qué teléfono?

—Tenía mi foto de secundaria como fondo de pantalla.

Ethan dejó de respirar.

—¿Dónde está?

—Se lo devolví a una mujer llamada Chloe.

El rostro de Ethan se volvió completamente frío.

—¿Chloe qué?

—No me dijo apellido.

Hice una pausa.

—Pero recibió una llamada de Liam Walker.

Ethan sacó su propio teléfono.

—Descríbela.

Le expliqué cómo era.

Su expresión empeoró con cada palabra.

—No es su esposa.

—¿Qué?

—Liam nunca se ha casado.

Sentí que algo helado me recorrió la espalda.

—Ella dijo que sí.

—Miente.

—También dijo que él la golpeaba.

Ethan levantó inmediatamente la vista.

—¿Viste alguna marca?

Negué lentamente.

—No.

Todo lo ocurrido aquella mañana empezó a verse distinto.

Las lágrimas perfectas.

Las historias demasiado detalladas.

La recompensa de miles de dólares.

La insistencia en llamarse “sustituta”.

—Entonces, ¿qué estaba haciendo?

Ethan no respondió.

Marcó un número.

—Encuentra a Liam. Ahora.

Colgó.

—Ava, no vuelvas sola al hotel.

—¿Por qué?

—Porque ese teléfono no terminó en tus manos por accidente.

Lo miré como si hubiera perdido la razón.

—Estaba tirado en la calle.

—Exactamente.

—Eso no significa nada.

—Liam guarda tus fotografías desde hace siete años.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Cómo sabes eso?

Ethan permaneció callado.

Entonces comprendí.

—Tú sabías.

Su mirada se endureció.

—Encontré una foto tuya entre sus cosas hace años. Pensé que la había guardado porque éramos compañeros.

—¿Una foto?

—Muchas.

Se me secó la garganta.

Ethan continuó.

—Cuando creyó que habías muerto, se obsesionó con recordar todo lo relacionado contigo.

—¿Y tú no?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Ethan me miró fijamente.

—Yo no necesitaba fotografías.

No entendí.

Pero él no explicó.

Esa noche regresé al hotel acompañada por seguridad de GrantTech.

Me pareció exagerado.

Hasta que abrí la puerta de mi habitación.

Todas mis cosas seguían allí.

Excepto una.

Mi vieja cartera.

Dentro guardaba una fotografía de mi graduación de secundaria.

La única copia que tenía conmigo.

Había desaparecido.

Llamé a Ethan.

Llegó veinte minutos después.

No dijo “te lo advertí”.

Solo revisó la habitación.

—No robaron dinero.

—No.

—Ni computadora.

—No.

—Solo la foto.

Asentí.

Ethan llamó a seguridad.

Las cámaras mostraron a una mujer entrando con uniforme de limpieza.

Cuando ampliaron la imagen, sentí que me faltaba el aire.

Era Chloe.

La supuesta esposa.

Ethan miró la pantalla.

—Ya no estamos buscando un teléfono perdido.

—Entonces, ¿qué estamos buscando?

Su expresión se volvió sombría.

—La razón por la que Liam necesitaba que tú creyeras que él era un monstruo.

Al día siguiente finalmente localizaron a Liam.

No huyó.

No se escondió.

Aceptó reunirse con nosotros en una cafetería privada del hotel.

Cuando entré, se puso de pie.

Lo reconocí inmediatamente.

La misma sonrisa cálida.

El mismo rostro amable.

Solo más adulto.

—Ava.

Pronunció mi nombre como si hubiera esperado años para hacerlo.

—Estás viva.

Sentí un escalofrío.

—Eso parece sorprender mucho a la gente.

Su sonrisa desapareció.

Ethan permaneció de pie junto a mí.

—¿Quién es Chloe?

Liam lo miró.

—No conozco ninguna Chloe.

Saqué una fotografía tomada de las cámaras.

La dejó sobre la mesa.

Liam palideció.

—Ella se llama Natalie.

—¿Quién es?

Liam apretó los labios.

—Mi prima.

—¿Por qué dijo que era tu esposa?

—No lo sé.

Ethan se inclinó hacia él.

—¿Por qué tenía tu teléfono?

Liam frunció el ceño.

—Mi teléfono está conmigo.

Sacó uno del bolsillo.

Sentí que el aire desaparecía.

—Entonces el que encontré…

Liam miró la fotografía de mi antiguo fondo de pantalla.

Su rostro perdió todo color.

—Ese teléfono no es mío.

Ethan lo observó.

—¿De quién es?

Liam tardó varios segundos en responder.

Luego miró directamente a Ethan.

—Tuyo.

El silencio fue absoluto.

Me giré hacia Ethan.

—¿Qué?

Ethan no dijo nada.

Liam soltó una risa amarga.

—Díselo.

—Cállate.

—Siete años guardando su foto y ahora vas a fingir que no reconoces tu propio teléfono viejo.

Mi corazón empezó a golpear con violencia.

—Ethan.

Él cerró los ojos.

—Era mío.

Me quedé sin palabras.

—¿Por qué tenía mi foto?

No respondió.

Liam sí.

—Porque estaba enamorado de ti.

Ethan lo miró con furia.

—Te dije que te callaras.

Pero yo ya no escuchaba nada más.

—¿Enamorado?

Miré a Ethan.

—Tú me rechazaste.

Su voz salió baja.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

—De que si empezábamos algo, lo destruiría.

Liam se rio sin humor.

—Qué noble.

Ethan ignoró el comentario.

—Mi padre estaba enfermo. GrantTech estaba comenzando. Mi familia esperaba que abandonara todo lo que considerara una distracción.

—¿Y yo era una distracción?

—Eras la única persona que podía hacerme olvidar todo eso.

No sabía qué sentir.

Durante años había pensado que él me despreciaba.

Ahora descubría que me había llorado como a una persona muerta.

—Entonces, ¿por qué Natalie tenía tu teléfono?

Ethan miró a Liam.

Liam bajó la mirada.

—Porque yo se lo di.

Me giré hacia él.

—¿Por qué?

Su rostro cambió.

La sonrisa amable desapareció.

—Porque necesitaba saber si Ava todavía sentía algo por ti.

Ethan golpeó la mesa.

—¿Qué hiciste?

Liam permaneció sentado.

—Natalie debía acercarse a ella, devolverle el teléfono después y contarme cómo reaccionaba.

Sentí náuseas.

—¿Todo fue una prueba?

—Sí.

—¿Las historias de golpes?

Liam cerró los ojos.

—No sabía que diría eso.

—¿Y decir que yo estaba muerta?

—Eso fue idea suya.

Ethan lo agarró por el cuello de la camisa.

—¿Por qué sigues metiéndote en su vida?

Liam lo miró sin miedo.

—Porque tú tuviste una oportunidad con ella.

Después me miró.

Y entonces entendí.

Aquello no era amistad.

No lo había sido durante mucho tiempo.

—Tú también sentías algo por mí.

Liam no respondió.

No hacía falta.

Ethan lo soltó lentamente.

Liam acomodó su camisa.

—Cuando Ava te confesó lo que sentía, pensé que finalmente estarían juntos.

Su sonrisa fue triste.

—Luego la rechazaste.

—Y entonces le dijiste que yo había muerto —dijo Ethan.

Liam bajó los ojos.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque después del accidente entendí que si tú sabías que ella seguía viva, volverías a buscarla.

Lo miré horrorizada.

—¿Y mi familia?

—Nunca hablé con ellos.

—Entonces inventaste todo.

—Sí.

Sentí ganas de salir corriendo.

Siete años.

Siete años construidos sobre una mentira absurda nacida de celos adolescentes que habían crecido hasta convertirse en algo enfermizo.

Me levanté.

—No quiero volver a ver a ninguno de los dos.

Ethan se quedó inmóvil.

Liam también.

—Ava…

Levanté una mano.

—No.

Miré primero a Liam.

—Tú decidiste que tenías derecho a manipular nuestras vidas porque estabas celoso.

Después miré a Ethan.

—Y tú decidiste por mí cuando me rechazaste “para protegerme”.

Respiré profundamente.

—Los dos pasaron años tomando decisiones sobre lo que yo debía saber, sentir o elegir.

Ninguno respondió.

Me fui.

Durante las siguientes semanas bloqueé a Liam.

Ethan no intentó perseguirme.

Solo envió un mensaje.

“Lo siento. Si algún día quieres hablar, estaré aquí.”

No contesté.

Pero tres meses después, GrantTech y mi empresa cerraron finalmente aquel acuerdo comercial.

Volví a verlo en una reunión.

Esta vez no había secretos.

No había teléfonos perdidos.

No había amigos hablando por nosotros.

Al terminar, Ethan se acercó.

—Hola, Ava.

—Hola.

—¿Sigues pensando que me odias?

Casi sonreí.

—Nunca dije que te odiara.

—Peor. Dijiste que no querías volver a verme.

—Y sin embargo aquí estás.

—Por trabajo.

Hizo una pausa.

—Solo por trabajo.

Agradecí que lo aclarara.

Empezamos desde allí.

Despacio.

Sin promesas.

Sin convertir siete años de dolor en una historia romántica perfecta.

Porque no lo era.

Hubo errores.

Mentiras.

Silencios.

Y una amistad destruida por alguien que confundió amor con derecho a controlar.

Liam desapareció de nuestras vidas.

Natalie terminó admitiendo que había participado porque él le había pagado, aunque muchas de las historias que inventó fueron decisión propia.

Yo nunca volví a aceptar explicaciones sin hacer preguntas.

Y Ethan aprendió algo que debió comprender a los diecisiete años.

Amar a alguien no te da derecho a decidir por esa persona.

Un año después, estábamos caminando por el mismo centro de convenciones donde nos reencontramos.

Ethan sacó un teléfono viejo de una caja.

La pantalla estaba rota.

La batería ya no funcionaba.

—Lo recuperaron entre las cosas de Natalie.

Lo reconocí.

El teléfono perdido.

—¿Todavía tiene mi foto?

—Sí.

—Bórrala.

Ethan me miró sorprendido.

Sonreí.

—Esa chica ya no existe.

Tomé su teléfono actual.

Abrí la cámara.

Me puse a su lado.

—Si quieres una foto mía, usa una nueva.

Por primera vez desde que lo conocía, Ethan Grant sonrió sin esconder nada.

Tomamos la foto.

Y aquella noche entendí la ironía de toda nuestra historia.

Durante siete años, Ethan había vivido creyendo que yo estaba muerta.

Yo había vivido creyendo que él nunca me había querido.

Y Liam había construido una mentira para mantenernos separados.

Pero al final, lo más importante no fue descubrir quién había amado a quién primero.

Fue descubrir que nadie tenía derecho a escribir mi historia mientras yo todavía estaba viva para decidir cómo quería vivirla.

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