Parte 2: LA CIRUGÍA QUE NUNCA DEBÍA OCURRIR

Miré a Marisol esperando que dijera que era una broma cruel.

No lo hizo.

—¿Mi corazón? —susurré.

—Y después iban a declarar que sufriste una reacción inesperada durante la operación.

Sentí náuseas.

—Ryan no haría eso.

Marisol deslizó el dedo por la pantalla.

Apareció otra fotografía.

Era Ryan.

Estaba sentado en una oficina del hospital junto al doctor Beltran y Eleanor.

Sobre la mesa había documentos, sobres y una fotografía mía.

—La tomé hace dos horas —dijo Marisol.

Mi esposo no estaba conectado a ninguna máquina.

No parecía enfermo.

Ni siquiera parecía cansado.

Estaba brindando con ellos.

Algo dentro de mí se rompió.

No lloré.

Todavía no.

—¿Por qué me ayudas?

Marisol guardó el teléfono.

—Porque esta mañana vi tu nombre.

Su voz tembló.

—Y hace ocho meses vi otro.

—¿Qué ocurrió?

—Una paciente ingresó para una cirugía programada. Nunca salió.

Se quedó callada.

No necesité más detalles.

Marisol señaló el uniforme.

—Póntelo. El personal de limpieza cambia de turno a las once y media. Podemos llegar hasta el corredor administrativo.

—¿Y después?

—Después necesitamos salir.

Me cambié con las manos temblando.

Marisol escondió mi cabello bajo una gorra y me entregó una mascarilla.

Antes de abrir la puerta, agarré su brazo.

—Quiero pruebas.

—Valeria…

—Si huyo sin nada, Ryan dirá que entré en pánico antes de una operación. Beltran tiene prestigio. Eleanor tiene contactos. Necesito demostrar lo que hicieron.

Marisol me observó durante un segundo.

Después asintió.

—Entonces sígueme y no hables.

Salimos.

Cada paso parecía durar una eternidad.

Dos hombres vestidos de negro estaban cerca de los elevadores.

Uno miró hacia nosotras.

Bajé la cabeza y empujé un carrito de limpieza que Marisol había preparado.

Pasamos junto a ellos.

—Esperen.

Mi corazón se detuvo.

Uno de los hombres se acercó.

—¿Adónde van?

Marisol levantó una bolsa.

—Derramaron líquido en administración.

El hombre me miró.

Por un instante pensé que había terminado.

Entonces su teléfono sonó.

Nos dejó pasar.

Llegamos a una puerta con la placa:

ARCHIVO QUIRÚRGICO — PERSONAL AUTORIZADO.

Marisol utilizó su tarjeta.

Luz roja.

Otra vez.

Roja.

—Cambió el acceso —murmuró.

Escuchamos voces detrás de nosotras.

Marisol me empujó hacia un cuarto pequeño.

Entramos y cerramos.

Dos hombres pasaron hablando.

—Beltran quiere adelantar el procedimiento.

—¿Cuánto?

—Veinte minutos.

Miré el reloj.

11:34.

Ya no teníamos veintiséis minutos.

Teníamos seis.

Cuando desaparecieron, Marisol respiró profundamente.

—Tenemos que irnos.

Pero entonces vimos salir al doctor Beltran de su despacho.

La puerta quedó abierta.

Lo miré.

Marisol entendió inmediatamente.

—Ni lo pienses.

—Ahí puede estar todo.

—Y también pueden atraparnos.

—Necesito saber hasta dónde llega esto.

Entramos.

Marisol cerró la puerta.

Revisamos rápidamente el escritorio.

Nada.

Abrí un cajón.

Contratos.

Facturas.

Expedientes.

Entonces encontré una carpeta con mi nombre.

VALERIA STERLING.

La abrí.

Había análisis médicos que nunca recordaba haberme realizado.

Fotografías.

Mi historial.

Incluso información sobre mis padres.

—Dios mío —susurró Marisol.

En una página aparecía una fecha.

Dieciocho meses atrás.

Mucho antes de la supuesta enfermedad de Ryan.

—Dijiste que me eligieron hace meses.

—Eso creía.

Le mostré el documento.

—Llevan investigándome año y medio.

Entonces encontré algo peor.

Un formulario firmado por Ryan.

Reconocí su firma inmediatamente.

No entendía todo el lenguaje jurídico, pero una frase era imposible de confundir.

Beneficiario del pago: Ryan Sterling.

Cantidad acordada:

2.400.000 dólares.

Tuve que apoyarme en el escritorio.

Cinco años de matrimonio.

Dos millones cuatrocientos mil dólares.

Eso era lo que valía mi vida para él.

Marisol tomó fotografías rápidamente.

Entonces mi teléfono vibró dentro de la bolsa donde había escondido mis pertenencias.

Ryan.

Contesté.

—¿Dónde estás?

Su voz ya no sonaba débil.

Sonaba furiosa.

—En el baño.

Silencio.

—¿Por qué tardas?

—Estoy nerviosa.

Su tono cambió inmediatamente.

Volvió a ser dulce.

—Cariño, todo saldrá bien. Piensa que después de esta noche podremos empezar de nuevo.

Cerré los ojos.

Después de esta noche.

—Ryan…

—¿Sí?

—¿Me amas?

Hubo una pausa.

Solo un segundo.

Pero después de ver aquellos documentos, ese segundo lo dijo todo.

—Claro que sí.

Colgué.

Marisol señaló la puerta.

—Tenemos que movernos.

Entonces escuchamos pasos.

La manija empezó a girar.

Nos escondimos detrás de un armario lateral.

Beltran entró acompañado de Eleanor.

—¿Dónde está? —preguntó ella.

—No aparece en preoperatorio.

—Encuéntrenla.

Eleanor sonaba completamente distinta a la mujer que durante semanas me había llamado “su ángel”.

—Ryan está perdiendo el control.

—El comprador también —respondió Beltran—. El transporte ya está preparado.

Sentí que Marisol me apretaba la mano.

Eleanor bajó la voz.

—¿Y después?

—Certificaremos la complicación. Ryan será el viudo devastado. Tú te encargarás de que nadie haga demasiadas preguntas.

—¿Y Marisol?

Mi sangre se congeló.

La enfermera junto a mí dejó de respirar.

Beltran respondió:

—Sabemos que ha estado revisando expedientes.

Eleanor sonrió.

—Entonces tenemos dos problemas.

Esperamos hasta que salieron.

Marisol estaba pálida.

—Ya saben de mí.

—Entonces nos vamos juntas.

Salimos del despacho.

Esta vez no fuimos hacia los elevadores.

Marisol me condujo hasta una escalera de servicio.

Bajamos dos pisos.

Cuando alcanzamos la puerta de emergencia, tiré de la barra.

No abrió.

—Está bloqueada.

Marisol probó otra salida.

Nada.

Entonces los altavoces del hospital emitieron un sonido.

Una voz masculina anunció:

—Código de seguridad. Paciente desaparecida. Mujer de treinta y dos años. No permitir salida sin autorización.

Mi fotografía apareció en las pantallas del corredor.

Marisol me empujó hacia una habitación vacía.

—Escucha. En el estacionamiento hay una salida de ambulancias. Si conseguimos llegar…

—No.

Ella me miró.

—¿Qué?

Saqué mi teléfono.

—Dijiste que necesitábamos salir.

Marqué un número que no había llamado en cinco años.

—Ahora ya no.

Contestaron al tercer tono.

—¿Valeria?

Al escuchar aquella voz, finalmente lloré.

—Papá.

Silencio.

Mi padre y yo no hablábamos desde mi boda con Ryan.

Él siempre había desconfiado de los Sterling.

Yo elegí a mi esposo.

Y me alejé.

—Necesito ayuda —susurré.

Su voz cambió inmediatamente.

—¿Dónde estás?

—Hospital Saint Matthew.

—¿Estás herida?

—Todavía no.

Le envié las fotografías.

—Papá, llama a las autoridades. No vengas solo.

Hubo un silencio mientras las recibía.

Después dijo:

—Quédate escondida.

Colgué.

Marisol me miró.

—¿Quién es tu padre?

Antes de responder, escuchamos un sonido detrás de la puerta.

Pasos.

Muchos.

Y la voz de Ryan.

—Valeria.

Me tapé la boca.

—Sé que estás en este piso.

Marisol retrocedió.

La manija comenzó a moverse.

—Cariño —continuó Ryan desde afuera—. Sal y podemos hablar.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de mi padre.

“Ya están entrando. No confíes en nadie que lleve bata.”

Miré a Marisol.

Ella también lo leyó.

Pero antes de que pudiéramos reaccionar, alguien golpeó tres veces la puerta desde el interior del baño conectado a la habitación.

Nos quedamos inmóviles.

La puerta del baño se abrió lentamente.

Apareció un hombre que llevaba uniforme de cirujano.

Levanté el teléfono, preparada para gritar.

Él se quitó la mascarilla.

Marisol dejó escapar un jadeo.

—Doctor Evans…

El hombre me miró fijamente.

—Si quieren salir vivas, escúchenme.

Después puso sobre la mesa una segunda carpeta.

Era mucho más gruesa que la de Beltran.

En la portada había una fotografía mía.

Y debajo, una frase:

“VALERIA MENDOZA: PROCEDIMIENTO NÚMERO 14.”

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Número catorce?

El doctor Evans negó lentamente.

—Valeria, Ryan no es quien dirige esto.

Señaló la puerta, donde mi esposo seguía llamándome.

Entonces bajó la voz.

—Y su familia tampoco te eligió por casualidad. Alguien lleva años esperando que llegues exactamente a este hospital.

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