Parte 2: LA CUENTA SECRETA

El investigador abrió la carpeta negra.

Daniel intentó incorporarse.

—No pueden interrogarme ahora. Acabo de salir de una cirugía.

—No venimos a interrogarlo —respondió el hombre—. Venimos a notificarle que su acceso a las cuentas corporativas ha sido suspendido mientras se realiza una auditoría.

Claire dejó de moverse.

—¿Qué cuentas?

El investigador la miró.

—Las utilizadas para pagar su apartamento, señorita Bennett.

El silencio fue inmediato.

Daniel apretó la mandíbula.

—Fue una prestación empresarial.

—Eso indicó usted.

El hombre sacó una hoja.

—Sin embargo, el contrato de arrendamiento está a nombre de una sociedad que no tiene empleados, clientes ni actividad comercial.

Claire palideció.

—Danny me dijo que era una empresa suya.

Daniel giró la cabeza.

—Claire, ahora no.

—¿Ahora no qué?

Por primera vez, ella parecía comprender que tal vez tampoco conocía al hombre por quien había reorganizado su vida.

El investigador continuó.

—En dieciocho meses, esa sociedad recibió más de seiscientos mil dólares procedentes de Foster Dynamics.

Daniel dejó de fingir tranquilidad.

—Eso es imposible.

—Tenemos las transferencias.

—Yo jamás autoricé esa cantidad.

—Muchas llevan su firma electrónica.

Claire lo miró.

—¿Seiscientos mil?

—Te explicaré todo.

—Me dijiste que el apartamento costaba cuatro mil al mes.

Daniel cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Aquella misma conversación estaba siendo documentada.

Y Maya me enviaba actualizaciones desde su oficina.

Yo seguía sentada frente al hospital con un café que ya se había enfriado.

No sentía satisfacción.

Solo claridad.

Durante años había pensado que Claire era el gran secreto de Daniel.

Me equivocaba.

Claire era simplemente uno de los lugares donde desaparecía el dinero.

Maya me llamó.

—Elena, necesito que vengas.

—¿Qué encontraron?

—Una segunda empresa.

Mi estómago se tensó.

—¿A nombre de quién?

—Eso es lo extraño. No está directamente vinculada a Daniel.

—Entonces ¿por qué importa?

—Porque recibió transferencias desde la misma cuenta que pagaba el apartamento de Claire.

Me levanté.

—Voy para allá.


Una hora después, Maya extendió varias hojas sobre la mesa.

—Esta sociedad se llama Hollow Creek Holdings.

—Nunca la había escuchado.

—Fue creada hace cuatro años.

Me mostró los movimientos.

Primero cantidades pequeñas.

Veinte mil.

Treinta mil.

Después comenzaron a crecer.

Ciento diez mil.

Doscientos mil.

Una transferencia superaba los cuatrocientos mil.

—¿Cuánto?

Maya respiró lentamente.

—Casi dos millones en total.

Sentí que me ardía la cara.

—¿Daniel robó dos millones?

—Todavía no podemos afirmarlo. Pero el dinero salió de cuentas empresariales que él podía autorizar.

—¿Quién controla Hollow Creek?

Maya guardó silencio.

—Eso estamos investigando.

—Maya.

—Elena, hay otra cosa.

Sacó una copia de una póliza.

Era un seguro empresarial.

Nombre asegurado:

Daniel Foster.

Beneficiaria secundaria:

Foster Dynamics.

Nada extraño.

Hasta que Maya pasó la página.

Había una modificación realizada once meses atrás.

Beneficiaria adicional: Claire Bennett.

Me quedé mirando el documento.

—¿Claire recibiría dinero si Daniel muriera?

—Una parte.

—¿Cuánto?

—Un millón y medio.

No sentí celos.

Ya no.

Solo pensé en lo absurdo que resultaba.

Daniel había construido una vida financiera entera alrededor de aquella mujer.

Apartamento.

Transferencias.

Seguro.

Y posiblemente mucho más.

Entonces sonó mi teléfono.

Era mi madre.

No contesté.

Volvió a llamar.

Maya me observó.

—¿Todo bien?

—Mi madre todavía cree que debo cuidar a Daniel.

Como si la hubiera invocado, llegó un mensaje.

“Tu esposo acaba de donar un órgano. Este no es momento para abandonarlo.”

Después otro.

“Claire está enferma. ¿No puedes mostrar un poco de compasión?”

Me quedé mirando la pantalla.

Había algo extraño.

Nunca le había contado a mi madre el nombre de Claire.

Lentamente levanté los ojos.

—Maya.

—¿Qué?

—Mi madre sabe quién es Claire.

Maya frunció el ceño.

—Tal vez Daniel se lo dijo.

—¿Cuándo?

Llamé.

Mi madre contestó inmediatamente.

—Elena, por fin.

—¿Cómo sabes que se llama Claire?

Silencio.

—Daniel me explicó.

—¿Cuándo?

—No recuerdo.

—Inténtalo.

—Elena, no me interrogues.

Eso bastó.

—¿La conoces?

Otro silencio.

—Mamá.

—La vi un par de veces.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

—¿Dónde?

—Daniel la llevó a comer.

Cerré los ojos.

—¿Contigo?

—Él quería que entendiera que su relación no era indecente.

Casi me eché a reír.

—Entonces sabías.

—Sabía que eran cercanos.

—¿Sabías del apartamento?

—No.

—¿Del riñón?

Mi madre tardó demasiado en responder.

—Me había mencionado que quizá podía ayudarla.

Me quedé completamente quieta.

—¿Y nunca pensaste decírmelo?

—Daniel me pidió que no te alterara.

Ahí estaba.

Mi propia madre había protegido su secreto.

—Entendido.

—Elena…

Colgué.

Maya no dijo nada.

No hacía falta.

Pero entonces su computadora emitió una alerta.

Había llegado información nueva sobre Hollow Creek Holdings.

Maya abrió el archivo.

Leyó.

Después volvió a leer.

Su rostro cambió.

—¿Qué pasa?

—Encontraron al propietario real.

—¿Daniel?

Negó.

—No.

Me acercó la pantalla.

El nombre registrado me hizo sentir que el suelo desaparecía.

Patricia Moore.

Mi madre.

—Eso tiene que ser un error.

Maya empezó a revisar los documentos.

La dirección coincidía.

La fecha de nacimiento también.

No había dudas.

Durante cuatro años, la empresa de mi esposo había enviado dinero a una sociedad controlada por mi madre.

—¿Por qué Daniel le enviaría casi dos millones?

Maya no respondió.

Yo ya estaba marcando su número.

Mi madre rechazó la llamada.

Volví a intentarlo.

Nada.

Entonces recibí un mensaje de ella.

Solo cinco palabras:

“No sabes toda la verdad.”

Llamé otra vez.

Esta vez contestó.

—¿Qué es Hollow Creek?

No respondió.

—Mamá.

—No deberías haber investigado eso.

Mi respiración se detuvo.

No preguntó de qué hablaba.

Lo sabía.

—¿Cuánto dinero te dio Daniel?

—No fue para mí.

—Entonces ¿para quién?

—Elena, escucha…

—¿Para quién?

Mi madre comenzó a llorar.

—Tu padre dejó problemas cuando murió.

—Papá murió hace nueve años.

—Exactamente.

Aquella palabra me dejó helada.

Daniel y yo nos habíamos conocido ocho años atrás.

—¿Qué tiene que ver Daniel con papá?

Silencio.

—Mamá.

Entonces dijo algo que jamás habría imaginado.

—Daniel ya conocía a tu padre antes de conocerte a ti.

No pude hablar.

Maya levantó lentamente la cabeza.

—Eso es imposible.

—No —susurró mi madre—. No lo es.

Escuché un ruido al otro lado.

Una puerta.

Después la voz de un hombre.

Mi madre dejó de llorar.

—Tengo que colgar.

—¿Quién está contigo?

No respondió.

—Mamá.

La llamada terminó.

Segundos después, Maya recibió un correo urgente del equipo forense.

Abrió un archivo adjunto.

Era una fotografía antigua.

Mi padre aparecía saliendo de un edificio de oficinas.

A su lado caminaba un hombre mucho más joven.

Daniel.

La fecha estaba impresa en la esquina.

Tres años antes de nuestra primera cita.

Pero lo que hizo que se me congelara la sangre no fue verlo con mi padre.

Fue el nombre del edificio.

Hollow Creek Financial Services.

Maya amplió la imagen.

—Elena…

—¿Qué?

Señaló al tercer hombre que aparecía detrás de ellos.

Yo lo reconocí inmediatamente.

Era el médico que había firmado la autorización para la donación de riñón de Daniel.

Y, de pronto, aquella cirugía dejó de parecer una historia de amor.

Parecía la última pieza de algo que había comenzado mucho antes de que Claire entrara en nuestras vidas.

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