Parte 2: LA DEUDA OCULTA

Tres días después, Víctor Wang dejó de llamarme.

Y eso me preocupó más que sus treinta llamadas de aquella primera noche.

Víctor nunca aceptaba perder.

Cuando guardaba silencio, significaba que estaba preparando algo.

La mañana del cuarto día, Daniel llegó al hotel antes de las ocho. Su expresión me dijo inmediatamente que algo había ocurrido.

—Elena, tenemos un problema.

Nana desayunaba junto a la ventana, así que salimos al pasillo.

—¿Víctor?

Daniel asintió.

—Ayer intentó conseguir financiación en otros dos bancos.

—¿Y?

—Lo rechazaron.

Sentí un pequeño alivio.

Pero Daniel no había terminado.

Esta madrugada apareció un inversor dispuesto a prestarle quince millones.

Lo miré sorprendida.

—¿Quién?

—Eso estamos intentando averiguar.

Daniel abrió una carpeta.

—Es una sociedad creada hace apenas cuatro meses. Capital extranjero, representantes legales que cambian constantemente y una estructura diseñada para esconder al verdadero propietario.

Sentí frío.

—¿Por qué alguien prestaría tanto dinero a una empresa que está casi quebrada?

Daniel cerró la carpeta.

Esa es exactamente la pregunta que me preocupa.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Víctor.

Una fotografía.

Nana saliendo de su escuela dos semanas atrás.

Debajo había una sola frase:

“Podemos destruirnos mutuamente, Elena. Pero recuerda quién sufrirá primero.”

Se me heló la sangre.

Daniel leyó el mensaje.

Su rostro cambió.

—Guárdalo. No borres nada.

—¿Está amenazando a Nana?

—Está intentando asustarte.

—Pues lo consiguió.

Mi hermano me miró fijamente.

—Entonces no le demos una segunda oportunidad.

Ese mismo día cambiamos de hotel.

También pedí formalmente el divorcio.

Cuando el abogado colocó los documentos frente a mí, mi mano tembló durante unos segundos.

Ocho años de matrimonio podían terminar con una firma.

Recordé nuestra boda.

Víctor prometiendo protegerme.

Recordé el nacimiento de Nana y su silencio cuando la enfermera anunció que era una niña.

Yo había ignorado aquella primera señal.

Luego vinieron cientos.

Firmé.

—Quiero la custodia de Nana —dije—. Y no quiero que pueda llevársela sin supervisión.

El abogado asintió.

—Con el informe médico y los mensajes recientes tenemos argumentos importantes.

Pero aquella tarde ocurrió algo inesperado.

Víctor no recibió personalmente los documentos.

Había desaparecido.

Su oficina estaba vacía.

Su teléfono apagado.

Y mi suegra tampoco estaba en casa.

Solo Clara permanecía allí.

Cuando el abogado intentó localizarla, ella respondió llorando que no sabía nada.

No le creí.

Dos días después regresé a nuestro apartamento acompañada por Daniel para recoger ropa, documentos y algunas cosas de Nana.

La cerradura había sido cambiada.

Daniel observó la puerta.

—¿La propiedad está a nombre de quién?

—De ambos.

Llamamos a un cerrajero.

Al entrar, sentí que algo estaba mal.

No faltaban muebles.

No había señales de robo.

Pero el dormitorio estaba revuelto.

Abrí el cajón donde guardaba nuestros certificados familiares.

Vacío.

Pasaportes.

Vacíos.

Documentos bancarios.

Vacíos.

—Daniel…

Mi hermano comenzó a revisar los armarios.

Entonces escuchamos un sonido.

Un pequeño golpe detrás del escritorio de Víctor.

Daniel movió el mueble.

Había una caja fuerte empotrada.

—¿Sabías que existía?

Negué con la cabeza.

Nunca.

Llamamos al abogado antes de tocarla. Después de verificar cómo proceder legalmente, conseguimos abrirla.

Dentro había contratos.

Decenas.

Daniel tomó el primero.

Leyó durante unos segundos.

Después otro.

Su rostro perdió el color.

—Elena, ¿tú firmaste esto?

Me entregó una hoja.

Era una garantía empresarial.

Mi nombre aparecía como avalista de una deuda de seis millones de yuanes.

—Nunca he visto esto.

Daniel señaló la firma.

Parecía mía.

Demasiado.

—Hay más.

Otro documento.

Tres millones.

Otro.

Dos millones quinientos mil.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Cuánto?

Daniel hizo una cuenta rápida.

Más de dieciocho millones.

Me apoyé contra la pared.

Víctor no solo había usado nuestro matrimonio para sostener su empresa.

Había utilizado mi identidad.

—Esto es falsificación.

—Si puedes demostrar que no firmaste, sí.

Entonces encontré algo todavía peor.

Entre los documentos había una póliza.

Mi nombre estaba impreso arriba.

Beneficiaria: Nana Lin Wang.

Cantidad asegurada: veinte millones.

—¿Un seguro de vida?

Daniel me quitó el documento y comenzó a leer.

Su mandíbula se tensó.

—Contratado hace siete meses.

Siete meses.

Recordé inmediatamente aquella época.

Víctor había insistido en que realizáramos un “chequeo médico familiar”.

Había firmado varios formularios sin leerlos.

Confiaba en mi esposo.

Sentí náuseas.

—¿Por qué asegurarme por veinte millones cuando su empresa ya tenía problemas?

Daniel no respondió.

No hacía falta.

En ese momento escuchamos la puerta principal.

Pasos.

Clara apareció en el dormitorio.

Se quedó inmóvil al ver la caja fuerte abierta.

Durante un segundo, su expresión no fue de sorpresa. Fue de terror.

Luego volvió aquella fragilidad habitual.

—Cuñada… ¿qué haces aquí?

Levanté uno de los contratos.

—¿Dónde está Víctor?

—No lo sé.

—Mientes.

—No.

Daniel dio un paso hacia ella.

—Entonces explíquenos esto.

Clara miró la póliza.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Yo… no sé nada.

Pero sus ojos habían respondido antes que su boca.

Sabía perfectamente qué era.

Me acerqué.

—Clara, escúchame bien. Si Víctor falsificó mi firma, esto ya no es una pelea matrimonial.

Ella retrocedió.

—No entiendes nada.

—Entonces explícame.

Clara apretó los labios.

Parecía luchar consigo misma.

Finalmente susurró:

El préstamo nunca fue el verdadero problema.

Daniel y yo intercambiamos una mirada.

—¿Qué significa eso?

Clara comenzó a llorar.

Esta vez no parecía actuación.

—Víctor debía dinero mucho antes de solicitar esos diez millones.

—¿A quién?

Ella miró hacia la puerta.

—A gente que no acepta retrasos.

Mi teléfono sonó.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Señora Lin?

Una voz masculina.

Tranquila.

Educada.

—Sí.

—Tenemos algo que pertenece a su familia.

Mi corazón se detuvo.

Corrí mentalmente hacia Nana.

Estaba con una cuidadora contratada por Daniel.

—¿Qué quieren?

El hombre soltó una risa breve.

—No se preocupe. Su hija está segura.

Miré a Daniel.

Él entendió inmediatamente y sacó su teléfono.

—Entonces ¿qué tienen?

Silencio.

Después llegó una fotografía.

La abrí.

Era Víctor.

Sentado en una habitación desconocida, con el rostro agotado y las manos sujetas delante de él.

Pero lo que hizo que mi respiración se cortara no fue verlo allí.

Fue el documento colocado sobre la mesa.

Era una copia de mi póliza de veinte millones.

La voz regresó.

—Su esposo nos prometió una forma de pagar su deuda.

—Yo no les debo nada.

—Eso tendrá que discutirlo con él.

Entonces Víctor levantó la cabeza en la fotografía siguiente.

Había un papel frente a él.

Solo pude leer una línea:

“Transferencia de beneficiario.”

Clara dejó escapar un gemido.

—Dios mío…

La voz del teléfono continuó:

—Mañana, a las diez, recibirá una dirección. Venga sola.

Daniel negó inmediatamente con la cabeza.

—No.

El hombre pareció escucharlo.

—Y, señora Lin…

Su tono se volvió más frío.

Pregúntele a su hermano por qué su banco conocía esas garantías seis meses antes que usted.

La llamada terminó.

Miré lentamente a Daniel.

Mi hermano estaba completamente pálido.

—Daniel…

Él no respondió.

—¿Qué quiso decir?

Daniel cerró los ojos.

Y comprendí algo que me hizo sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mi hermano sabía algo.

—Elena —dijo finalmente—, hay una cosa sobre Víctor que nunca te conté.

Antes de que pudiera terminar, alguien golpeó tres veces la puerta del apartamento.

Daniel se quedó inmóvil.

Clara dejó de respirar.

Yo miré la pantalla del teléfono.

Acababa de llegar otro mensaje.

“No confíes en tu hermano.”

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