Mauricio llegó esa misma tarde.
No llegó solo.
Un sedán gris se detuvo detrás de su camioneta y de él bajó un hombre delgado con portafolios de cuero. Mauricio llevaba una camisa blanca impecable, reloj caro y esa expresión de superioridad que Alejandra conocía demasiado bien.
Mateo estaba ayudando a su abuela a beber agua cuando escuchó el motor.
—¿Es mi papá?
Alejandra miró por la ventana.
—Sí.
El niño se quedó inmóvil.
Mauricio llevaba casi dos años sin verlo.
Ni cumpleaños.
Ni Navidad.
Ni una llamada cuando Mateo estuvo hospitalizado.
Sin embargo, había tenido tiempo para regresar por las escrituras de sus padres.
Don Genaro intentó levantarse.
—Tú quédate sentado —ordenó Alejandra.
Mauricio entró sin tocar.
Miró primero a su padre.
Después a su madre.
Finalmente reparó en Mateo.
—Vaya. Estás enorme.
Mateo no respondió.
Mauricio tampoco intentó abrazarlo.
—Papá, tenemos que hablar.
Alejandra colocó sobre la mesa los recibos de los depósitos.
—Claro que vamos a hablar.
Mauricio palideció apenas los vio.
—¿Qué es eso?
—Siete años.
Quince mil pesos cada mes.
Alejandra deslizó lentamente los comprobantes hacia él.
—Un millón doscientos sesenta mil pesos que tus padres enviaron para cubrir una responsabilidad que era tuya.
Mauricio miró a don Genaro.
—¿Le dijiste?
—Ella lo descubrió.
—Te dije que no te metieras.
Don Genaro golpeó la mesa con la palma.
—¡Es mi casa! ¡Claro que me voy a meter!
Lourdes comenzó a agitarse.
—No griten…
Mateo se acercó inmediatamente a ella.
Alejandra observó a Mauricio.
Ni siquiera preguntó cómo estaba su madre.
—Devuelve los cuatrocientos mil pesos —dijo.
Mauricio soltó una risa seca.
—No sabes de qué estás hablando.
—Tengo el recibo.
—Fue un acuerdo.
—Tu padre estaba hospitalizado cuando supuestamente firmó la autorización.
El hombre del portafolios intervino.
—Tal vez deberíamos manejar esto de manera civilizada.
Alejandra lo miró.
—¿Quién es usted?
—Licenciado Sergio Valdés. Represento al señor Morales en ciertos asuntos patrimoniales.
Don Genaro frunció el ceño.
—Yo nunca lo contraté.
—No lo represento a usted.
Aquella respuesta hizo que Alejandra sintiera un escalofrío.
Mauricio sacó una carpeta.
—Papá, firma esto y acabamos con el problema.
—¿Qué es?
—Una cancelación de la venta.
Alejandra extendió la mano.
—Déjame verla.
Mauricio apartó la carpeta.
—Esto es entre mi padre y yo.
—Entonces explícales por qué necesitas que firme una cancelación de algo que, según tú, él ya había autorizado.
Silencio.
Mauricio había caído en su propia contradicción.
Don Genaro lo comprendió también.
—Tú falsificaste mi firma.
—No seas ridículo.
—¡Falsificaste mi firma!
Mauricio perdió la paciencia.
—¡Intentaba salvar la propiedad!
—¿Salvarla de quién?
Mauricio miró a Sergio.
Fue apenas un segundo.
Pero Alejandra lo vio.
Y supo que había algo más.
—¿Qué deuda tienes? —preguntó.
—Ninguna.
—Entonces ¿por qué necesitabas cuatrocientos mil pesos?
—No es asunto tuyo.
—Cuando intentas vender la casa donde viven los abuelos de mi hijo, se convierte en asunto mío.
Mauricio tomó la carpeta.
—Vámonos.
Pero antes de llegar a la puerta, Mateo habló.
—Papá.
Mauricio se detuvo.
—¿Sí?
El niño tenía lágrimas contenidas.
—¿Sabías que el abuelo vendió su camioneta para mandarme dinero?
Mauricio no respondió.
—¿Sabías que la abuela no tenía medicinas?
Nada.
—¿Sabías que comían casi puro arroz y tortillas?
Mauricio endureció el rostro.
—Los adultos tenemos problemas que tú no entiendes.
Mateo miró los zapatos nuevos de su padre.
Luego el reloj.
—Yo sí entiendo que ellos me dieron lo que tú no quisiste darme.
Mauricio salió sin despedirse.
Aquella noche, Alejandra hizo algo que debió haber hecho desde el principio.
Contrató a una abogada.
Patricia Robles llegó al día siguiente y revisó cada documento.
Después de cuarenta minutos levantó la mirada.
—No firmen absolutamente nada.
—¿Qué encontró?
Patricia señaló la carta poder.
—Esto es más grave de lo que parece.
La supuesta autorización no solo permitía vender el terreno.
También otorgaba facultades para solicitar créditos usando la propiedad como garantía.
Don Genaro quedó blanco.
—Yo nunca autoricé eso.
—Lo sé.
Patricia colocó otro documento sobre la mesa.
—Pero alguien ya intentó utilizarlo.
Alejandra sintió un vacío en el estómago.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro meses.
Una financiera privada había recibido una solicitud de préstamo por novecientos mil pesos, garantizada con la casa.
Solicitante: Mauricio Morales.
Aval patrimonial: Genaro Morales.
—¿Se lo dieron?
—La operación quedó suspendida porque faltaba un documento original.
Alejandra recordó inmediatamente las palabras de don Genaro.
Mauricio había regresado buscando las escrituras originales.
Ahora entendía por qué.
Pero Patricia todavía no había terminado.
—Hay una segunda solicitud.
—¿Otra?
—Esta es reciente.
La cantidad era mucho mayor.
Dos millones trescientos mil pesos.
Y esta vez la documentación parecía completa.
—¿Cómo consiguió los originales? —preguntó Alejandra.
Don Genaro abrió mucho los ojos.
—Estaban en la caja metálica.
Fueron al dormitorio.
La caja seguía debajo de la cama.
Pero cuando don Genaro la abrió, las escrituras originales habían desaparecido.
Lourdes comenzó a llorar.
—Mauricio vino cuando tú estabas en el hospital.
Don Genaro la miró.
—¿Entró aquí?
Ella asintió lentamente.
—Dijo que buscaba ropa para ti.
Alejandra cerró los ojos.
Mauricio no había vuelto para cuidar a sus padres. Había vuelto para vaciarles la casa sin mover un solo mueble.
Patricia pidió certificados actualizados.
La respuesta llegó esa tarde.
La casa todavía pertenecía legalmente a don Genaro.
Pero había una anotación preventiva.
Una institución financiera reclamaba derechos relacionados con un préstamo en proceso.
—Tenemos que detenerlo inmediatamente —dijo Patricia.
—Hazlo.

—También recomiendo denunciar la posible falsificación.
Don Genaro bajó la cabeza.
Por primera vez vaciló.
Seguía siendo su hijo.
Alejandra lo entendió.
Pero entonces Mateo apareció con la chamarra que había comprado para su abuelo.
Se la colocó cuidadosamente sobre los hombros.
—Ahora ya no tienes que vender nada por mí.
Don Genaro cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, había tomado una decisión.
—Denúncialo.
Patricia empezó a preparar los documentos.
Dos días después, Mauricio recibió la notificación.
Y entonces dejó de fingir.
A las once de la noche, Alejandra recibió un mensaje.
“Si siguen investigando, van a perder mucho más que la casa.”
No respondió.
Guardó una captura.
A la mañana siguiente apareció otro comprador.
Después un cobrador.
Después un hombre que afirmaba que Mauricio le debía seiscientos mil pesos.
Todos mencionaban la propiedad.
Era evidente que Mauricio había prometido la misma casa a varias personas.
Pero ninguno explicaba de dónde provenía realmente la deuda.
Hasta que Patricia llamó.
—Alejandra, encontré algo.
—¿Qué?
—Mauricio no empezó a pedir dinero hace un año.
Hubo una pausa.
—Lleva haciéndolo desde antes del divorcio.
Alejandra sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Cuánto debe?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Patricia permaneció en silencio.
—Encontré una sociedad registrada hace nueve años. Mauricio figura como administrador.
—¿Cuál sociedad?
Patricia pronunció el nombre.
Alejandra dejó caer la taza que sostenía.
Conocía aquella empresa.
Su padre había invertido allí todos sus ahorros antes de morir.
Y el dinero había desaparecido.
—Eso no puede ser.
—Hay más.
Patricia le envió una fotografía de un contrato antiguo.
Alejandra lo abrió.
En la última página aparecían tres firmas.
La de Mauricio.
La de su padre.
Y una tercera que hizo que sus manos comenzaran a temblar.
—Patricia…
—Lo sé.
—Ese hombre estaba muerto cuando supuestamente firmó esto.
La abogada bajó la voz.
—Exactamente.
Alejandra amplió la fecha.
Entonces comprendió que la casa de sus exsuegros quizá nunca había sido el verdadero objetivo.
Mauricio llevaba años utilizando firmas de familiares para conseguir dinero.
En ese momento don Genaro apareció detrás de ella.
Vio el contrato.
Y se quedó completamente inmóvil.
—¿Dónde encontraste eso?
Alejandra levantó la mirada.
—¿Lo conoces?
El anciano se sentó lentamente.
—Alejandra… hay algo que nunca te contamos sobre Mauricio.
Antes de que pudiera continuar, un automóvil frenó violentamente frente a la casa.
Tres golpes sacudieron el portón.
Patricia miró por la ventana.
—No abran.
Un hombre dejó un sobre debajo de la puerta y regresó al vehículo.
Alejandra lo recogió.
Dentro había una copia certificada de una deuda.
La cantidad era de cuatro millones ochocientos mil pesos.
Y en la sección correspondiente a la garantía no aparecía únicamente la casa de don Genaro.
También aparecía otra propiedad.
Alejandra dejó de respirar.
Era su propia casa.
Y debajo estaba su firma.
Una firma que ella jamás había puesto.