El abogado guardó el documento firmado en su portafolio.
—A partir de este momento —dijo—, Vanessa no heredará conforme al testamento anterior.
Arthur cerró los ojos.
Modificar la herencia era importante.
Pero no era suficiente.
—Hay algo más.
El abogado se inclinó.
Arthur señaló discretamente el dispositivo de grabación.
—Mi esposa confesó que lleva meses manipulando lo que tomo.
Caleb palideció.
—¿Está diciendo que ella provocó su enfermedad?
—Eso dijo.
El abogado dejó de guardar los papeles.
—Entonces esto ya no es un asunto sucesorio.
Su voz se volvió grave.
—Necesitamos que los médicos sepan inmediatamente que existe una posible intoxicación.
Por primera vez desde que Vanessa había salido de la habitación, Arthur sintió algo parecido a esperanza.
Tal vez todavía moriría.
Pero ella no decidiría cómo terminaba su historia.
La doctora Helen Carter entró veinte minutos después.
Arthur le contó únicamente lo necesario.
La expresión de la médica cambió.
Ordenó nuevos análisis y pidió revisar todos los medicamentos, suplementos y resultados de laboratorio de los meses anteriores.
Después llamó al departamento jurídico del hospital.
Caleb observaba desde una esquina.
—Señor Vance…
—Arthur.
—Arthur, si lo que ella dijo es verdad, quizá los médicos puedan hacer algo.
Arthur negó lentamente.
—Me dieron cinco días.
—Eso fue antes de saber lo que buscaban.
Aquella frase permaneció flotando en la habitación.
Antes de saber lo que buscaban.
Dos horas después, la doctora Carter regresó acompañada por un especialista.
—Señor Vance, encontramos valores que justifican ampliar las pruebas.
Arthur la miró.
—¿Eso cambia el pronóstico?
—Todavía no puedo prometerle nada.
Pero había algo nuevo en su voz.
Urgencia.
No resignación.
—Vamos a modificar inmediatamente su tratamiento y mantenerlo bajo vigilancia estricta.
Caleb sonrió por primera vez.
Arthur no se permitió hacerlo.
Todavía no.
Vanessa regresó a las cuatro de la tarde.
Llevaba flores blancas.
Arthur tuvo que admirar su actuación.
Entró con los ojos húmedos, besó su frente y preguntó delante de la enfermera:
—¿Cómo está mi amor?
Arthur apenas movió los labios.
—Cansado.
—Descansa. Yo estoy aquí.
La enfermera salió.
Vanessa esperó hasta escuchar cerrarse la puerta.
Entonces su rostro cambió.
—¿Firmaste algo hoy?
Arthur sintió un escalofrío.
Demasiado rápida.
Alguien le había informado.
—¿Por qué preguntas?
—Tu abogado vino.
—Quería organizar algunas cosas.
Los ojos de Vanessa se endurecieron.
—¿Qué cosas?
Arthur dejó pasar varios segundos.
—Mi funeral.
Ella se relajó.
—Claro.
Se sentó junto a él y acarició su mano.
—No debes preocuparte por nada.
Arthur tuvo que contener la repulsión.
—¿Julian está bien?
La mano de Vanessa se detuvo.
—¿Quién?
—Dijiste su nombre anoche.
Durante una fracción de segundo apareció miedo.
Después sonrió.
—Debiste soñarlo.
Arthur la miró.
—Probablemente.
Vanessa se inclinó y lo besó en la mejilla.
—Duerme.
Pero cuando salió, Arthur vio que sacaba inmediatamente su teléfono.
Esa noche, el abogado regresó.
Esta vez no estaba solo.
Dos investigadores esperaban en una sala privada del hospital.
No podían actuar únicamente basándose en una conversación sin comprobar los hechos, pero la confesión registrada y los resultados médicos justificaban profundizar.
Arthur entregó además algo que Vanessa desconocía.
Los registros de seguridad de su casa.
—Tenemos cámaras en la cocina y los pasillos.
Uno de los investigadores preguntó:
—¿Su esposa sabe que existen?
—Sí.
—Entonces probablemente habrá evitado aparecer haciendo algo comprometedor.
Arthur sonrió débilmente.
—Las visibles, sí.
El hombre levantó la mirada.
—¿Hay otras?
—Después de un robo hace dos años instalé cámaras adicionales dentro del sistema domótico.
El investigador tomó nota.
—Necesitaremos acceso legal a las grabaciones relevantes.
Arthur asintió.
Entonces recordó algo.
—Busquen también a Julian Cross.
El abogado se quedó inmóvil.
—¿Julian Cross?
—¿Lo conoce?
—Fue asesor financiero de una de sus compañías.
Arthur sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Fue?
—Lo despedimos hace ocho meses.
—¿Por qué?
El abogado dudó.
—Porque detectamos movimientos irregulares.
Arthur lo miró fijamente.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Usted estaba enfermo. Vanessa insistió en manejarlo discretamente.
Todo encajó de golpe.
Julian no era únicamente el amante de Vanessa. Había tenido acceso a sus empresas.
—Revisen las cuentas —ordenó Arthur.
A la mañana siguiente, encontraron la primera transferencia.
Después otra.
Después diecisiete más.
No eran enormes individualmente.
Eso las había mantenido ocultas.
Empresas de consultoría.
Facturas por servicios inexistentes.
Contratos inflados.

El total preliminar superaba los nueve millones de dólares.
Pero el investigador financiero encontró algo todavía más preocupante.
—Señor Vance, alguien intentó solicitar un préstamo utilizando una de sus propiedades como garantía.
Arthur frunció el ceño.
—Yo nunca autoricé eso.
—Lo sabemos.
Le mostró la solicitud.
Había una firma electrónica.
La suya.
Arthur negó.
—Es falsa.
La fecha era de tres semanas atrás.
Vanessa no había estado esperando simplemente que muriera.
Ya estaba intentando convertir su patrimonio en dinero antes de su muerte.
Entonces entró la doctora Carter.
Su expresión era seria.
—Tenemos los resultados completos.
Caleb se puso de pie.
Arthur sintió miedo por primera vez desde la confesión.
—Dígamelo.
La doctora acercó una silla.
—Su corazón está gravemente afectado. Eso no ha cambiado.
Arthur bajó la mirada.
—Pero —continuó ella— parte del deterioro que interpretamos como progresión irreversible podría estar relacionado con la exposición prolongada a una sustancia que no debería haber estado en esas concentraciones.
Arthur levantó lentamente los ojos.
—¿Puedo sobrevivir?
—No puedo garantizarlo.
Hizo una pausa.
—Pero ya no estoy dispuesta a decir que le quedan cinco días.
Caleb soltó el aire.
Arthur cerró los ojos.
Vanessa creía que estaba esperando su muerte.
Ahora quizá tendría que enfrentarse a algo que jamás había previsto.
Su supervivencia.
Esa tarde prepararon una estrategia.
Arthur seguiría aparentando estar extremadamente débil.
Vanessa no debía saber que los médicos habían cambiado el tratamiento.
A las siete y veinte entró en la habitación.
Esta vez venía acompañada por un hombre.
Julian Cross.
—Arthur —dijo Vanessa suavemente—. Julian vino a despedirse.
Arthur observó al hombre que había planeado gastar su fortuna.
Julian se acercó.
—Lamento mucho lo ocurrido.
Arthur pensó que jamás había escuchado una mentira tan limpia.
Vanessa dejó un pequeño frasco sobre la mesa.
—Traje tus vitaminas. Sé que el hospital no tiene las mismas.
Arthur miró el frasco.
Después a ella.
La cámara oculta instalada aquella mañana estaba grabándolo todo.
—Dámelas —susurró.
Vanessa sonrió.
Pero antes de tocar el frasco, la puerta se abrió.
Una enfermera entró.
—Señora Vance, necesito hablar con usted afuera.
Vanessa frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Hay unas personas preguntando por usted.
Su sonrisa desapareció.
—¿Quiénes?
La enfermera no respondió.
Vanessa salió.
Julian permaneció junto a la cama.
Arthur lo observó.
Entonces Julian se inclinó.
—No debiste cambiar el testamento.
Arthur sintió que la sangre se le helaba.
—¿Cómo lo sabes?
Julian sonrió.
—Porque Caleb nos contó todo.
Arthur dejó de respirar.
La puerta volvió a abrirse.
Caleb entró lentamente.
Pero esta vez no llevaba uniforme.
Y cuando Arthur vio lo que el joven sostenía en la mano, comprendió que los doce últimos horas podían haber sido exactamente lo que Vanessa necesitaba para tenderle una segunda trampa.