PARTE 2: LA MUERTA ERA LA VERDAD.

Lucía no llevó a don Julián de regreso al rancho.

Sabía que hacerlo sería entregarlo.

Lo arrastró como pudo hasta una vieja casa de adobe abandonada entre los mezquites, a casi una hora de Santa Gertrudis. Allí había vivido años atrás un caporal llamado Eusebio. Nadie iba desde que murió.

El techo goteaba.

Las paredes olían a humedad.

Pero estaba lejos de los caminos principales.

Y eso bastaba.

Durante dos días, Lucía volvió a escondidas.

Le llevaba caldo, agua limpia y vendas.

Don Julián apenas podía mantenerse despierto.

La herida de la cabeza lo hacía perder la noción del tiempo, y el brazo izquierdo estaba tan inflamado que Lucía temía que estuviera roto.

El tercer día, él logró incorporarse.

—Maribel… —murmuró.

Lucía lo miró fijamente.

Don Julián respiró con dificultad.

—No fue la tormenta.

Ella se quedó inmóvil.

Él levantó la mano derecha y señaló su espalda.

—Me golpearon.

Lucía sintió que el estómago se le cerraba.

Don Julián continuó:

—Dos hombres.

Hizo una pausa para tomar aire.

—Uno llevaba las botas de Benigno.

Lucía negó de inmediato.

No quería creerlo.

Benigno llevaba veinte años trabajando para la familia Arriaga.

Había cargado el ataúd de doña Mercedes.

Había enseñado a montar a Andrés cuando era niño.

Pero entonces recordó la conversación detrás del despacho.

Maribel hablando del notario.

Benigno respondiendo con tensión.

Quizá no estaba intentando detenerla.

Quizá estaba negociando.

Don Julián cerró los ojos.

—Me preguntaron dónde estaban las escrituras originales.

Lucía tomó una tablilla vieja y escribió con carbón:

“¿LAS TIENEN?”

Él negó.

—Creen que están en la caja fuerte.

Lucía escribió otra pregunta:

“¿NO ESTÁN?”

Una sombra cruzó el rostro del hacendado.

—Mercedes las escondió antes de morir.

Lucía dejó de respirar.

—Solo ella y yo sabíamos dónde.

Don Julián la miró.

—Y creo que Maribel encontró una forma de saberlo.

Esa misma tarde, Lucía regresó al rancho.

Había más gente de lo normal.

Caballos amarrados frente a la casa grande.

Un automóvil negro del notario.

Varias mujeres vestidas de luto.

En el patio habían colocado una mesa con una fotografía de don Julián rodeada de veladoras.

Maribel estaba vestida completamente de negro.

Lloraba.

O fingía hacerlo.

Cuando vio entrar a Lucía, se acercó.

—¿Dónde estabas?

Lucía levantó una canasta con hierbas.

Maribel la observó durante demasiado tiempo.

—Siempre desapareces últimamente.

Lucía bajó la mirada.

—Bueno —continuó Maribel—, ya no importa.

Después señaló la casa.

—Hoy vamos a ordenar muchas cosas.

Lucía entró.

Desde el corredor escuchó la voz del notario.

—Sin cuerpo no puedo declarar legalmente la muerte.

Maribel respondió con impaciencia.

—No necesito eso todavía. Solo quiero activar el poder de representación de Andrés.

—Ese poder tiene límites.

—Entonces usemos los límites.

Lucía se detuvo detrás de una columna.

El notario suspiró.

—Puede administrar ciertos bienes, pero no vender Santa Gertrudis.

—¿Y el potrero norte?

—Tampoco, mientras Julián siga siendo legalmente propietario.

Silencio.

Después Maribel dijo:

—¿Cuánto tiempo debe pasar para declararlo muerto?

Lucía apretó los dedos.

No estaba organizando el rancho.

Estaba esperando un cadáver.

Entonces escuchó una tercera voz.

Benigno.

—No podemos esperar tantos años.

Maribel respondió:

—No tendremos que hacerlo.

Lucía sintió un escalofrío.

Esa noche esperó hasta que todos durmieran.

Luego entró al antiguo dormitorio de doña Mercedes.

No buscaba las escrituras.

Buscaba algo que explicara cómo Maribel había descubierto que existían.

Revisó cajones.

Costureros.

Libros.

Finalmente encontró una pequeña libreta escondida detrás de un marco religioso.

Pertenecía a Mercedes.

Las últimas páginas estaban llenas de anotaciones.

Nombres.

Fechas.

Pagos.

Y una frase subrayada tres veces:

“Andrés no debe heredar Santa Gertrudis mientras siga casado con Maribel.”

Lucía siguió leyendo.

Doña Mercedes había descubierto que Maribel negociaba con una empresa minera interesada en comprar el potrero norte.

Debajo de esas tierras existía una veta de plata.

Una compañía había ofrecido una fortuna.

Pero don Julián se había negado a vender porque allí estaban las casas y cultivos de más de veinte familias.

En la página siguiente había una nota todavía peor:

“Benigno recibió dinero de ellos.”

Lucía sintió que las piernas le fallaban.

Entonces escuchó pasos en el pasillo.

Cerró la libreta.

La puerta se abrió.

Era Benigno.

Se quedó mirándola.

—¿Qué haces aquí?

Lucía apretó la libreta contra su pecho.

Benigno bajó la vista.

La vio.

Su rostro cambió.

—Dámela.

Lucía retrocedió.

—Lucía.

Él avanzó.

—No entiendes lo que estás leyendo.

Ella negó.

Benigno extendió una mano.

—Maribel va a destruir este rancho con o sin nosotros.

Lucía volvió a retroceder.

—Yo solo intenté asegurarme de quedar del lado correcto.

La muchacha lo miró con desprecio.

Benigno endureció la expresión.

—Dame esa libreta.

Lucía corrió.

Atravesó el corredor y bajó las escaleras.

Benigno fue detrás.

Al llegar al patio, Lucía tropezó.

La libreta cayó.

Benigno estaba a punto de alcanzarla cuando se escuchó un disparo.

Ambos se congelaron.

La bala había golpeado una maceta a centímetros de Benigno.

Desde la entrada apareció un hombre con sombrero oscuro.

Andrés.

El sobrino desaparecido.

Tenía un revólver en la mano.

—Aléjate de ella.

Benigno levantó las manos.

—Andrés…

—Te dije que te alejaras.

Maribel salió corriendo de la casa.

Al verlo, palideció.

—¿Qué haces aquí?

Andrés la miró con una rabia que parecía acumulada durante años.

—Volví para impedir que vendas el rancho.

Maribel soltó una risa nerviosa.

—Estás confundido.

Andrés sacó varios papeles de su chaqueta.

—La empresa minera me envió esto.

Contratos.

Transferencias.

Firmas.

Maribel dejó de fingir.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Sé que utilizaste mi poder para intentar negociar tierras que no son tuyas.

—¡Esas tierras algún día serán nuestras!

—No.

Andrés miró la libreta en el suelo.

—Mi tío cambió el testamento hace seis meses.

Maribel quedó inmóvil.

Lucía también.

—¿Qué dijiste?

—Santa Gertrudis ya no será mío.

El rostro de Maribel se deformó.

—Eso es mentira.

—No.

Andrés bajó lentamente el arma.

—Lo descubrí cuando intentaste obligarme a firmar la venta.

Maribel empezó a respirar con dificultad.

—Entonces… ¿quién hereda?

Nadie respondió.

Porque una voz ronca surgió desde la oscuridad del corredor.

—Eso te gustaría saber.

Todos giraron.

Don Julián estaba allí.

Pálido.

Con el brazo vendado.

Apoyándose sobre un bastón improvisado.

Lucía sintió que el corazón se le detenía.

Había salido de su escondite.

Maribel retrocedió como si hubiera visto un fantasma.

—No…

Don Julián avanzó lentamente.

—¿Esperabas verme dentro de un ataúd?

Benigno cayó de rodillas.

—Patrón, yo…

—Cállate.

Don Julián miró a Maribel.

—Querías vender el potrero norte.

Ella no respondió.

—Querías las escrituras.

Silencio.

—Y cuando no te las entregué, mandaste a dos hombres detrás de mí.

Maribel negó.

—No puedes probarlo.

Entonces Lucía recogió la libreta de doña Mercedes y se la entregó.

Don Julián la abrió.

—Mercedes sí pudo.

Maribel perdió el color.

Andrés miró las páginas.

Luego a su esposa.

—¿Desde cuándo?

Ella empezó a llorar.

—Andrés, escúchame.

—¿Desde cuándo planeabas esto?

—¡Yo lo hice por nosotros!

—No.

Don Julián levantó la vista.

—Lo hiciste por dinero.

Después señaló a Benigno.

—Y tú vendiste veinte años de lealtad por unas cuantas monedas.

Benigno bajó la cabeza.

Esa misma madrugada llegó la policía del pueblo.

Los documentos, las transferencias y la libreta fueron suficientes para abrir una investigación.

Maribel fue detenida.

Benigno también.

Pero antes de subir al vehículo, Maribel se volvió hacia don Julián.

—Aunque me encierres, el rancho seguirá siendo tuyo hasta que mueras.

Don Julián sonrió.

—Te equivocas.

Sacó un sobre.

—Dejó de ser mío esta mañana.

Todos quedaron en silencio.

Andrés frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Don Julián miró a Lucía.

La muchacha bajó la vista.

—Mercedes y yo nunca tuvimos hijos.

Su voz se volvió más suave.

—Pero durante años vimos crecer a una muchacha que perdió a sus padres, su casa y su voz… y aun así nunca perdió la capacidad de cuidar a los demás.

Lucía levantó lentamente los ojos.

Don Julián extendió el documento.

—Santa Gertrudis pertenece desde hoy a una fundación administrada por Lucía Rentería, destinada a proteger las tierras y las viviendas de todas las familias que trabajan aquí.

Lucía se quedó paralizada.

Negó con fuerza.

Don Julián sonrió.

—No te estoy regalando un rancho.

Miró a los peones reunidos.

—Te estoy confiando una responsabilidad.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Lucía.

Por primera vez en años intentó hablar.

Al principio solo salió aire.

Luego un sonido débil.

—Don…

Todos se volvieron hacia ella.

Lucía se llevó una mano a la garganta.

Había pronunciado una palabra.

Don Julián también la había escuchado.

Se acercó.

—No te esfuerces.

Ella negó.

Y con lágrimas corriendo por sus mejillas consiguió decir, apenas audible:

—Julián.

El viejo hacendado cerró los ojos.

Después sonrió.

Meses más tarde, el potrero norte seguía intacto.

La empresa minera retiró su oferta.

Las familias conservaron sus casas.

Andrés anuló su matrimonio con Maribel y se marchó de Zacatecas.

Benigno terminó confesando quién lo había pagado y cómo habían preparado la emboscada.

Y Santa Gertrudis cambió.

No porque tuviera nuevos dueños.

Sino porque dejó de pertenecer a una sola familia.

Una tarde, Lucía estaba junto a la noria cuando don Julián se acercó.

—¿Sabes qué fue lo más raro de todo?

Ella lo miró.

—Todos pensaban que yo estaba muerto.

Hizo una pausa.

—Pero el que realmente estaba muriendo era este lugar.

Lucía sonrió.

Don Julián contempló las casas, los niños corriendo entre los árboles y los trabajadores regresando de los campos.

—Tú lo salvaste.

Lucía negó.

Luego, con una voz todavía frágil pero cada día más fuerte, respondió:

—Lo salvamos.

Y por primera vez desde la muerte de doña Mercedes, el rancho Santa Gertrudis volvió a sentirse como un hogar.

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