Cuando Ethan llegó a la oficina aquella mañana, mi carta de renuncia ya estaba sobre el escritorio de Recursos Humanos.
Yo estaba guardando mis cosas en una caja cuando lo vi aparecer al otro lado del pasillo.
Por primera vez en tres años, fue él quien caminó deprisa hacia mí.
—¿Qué significa esto? —preguntó, sosteniendo una copia impresa de mi renuncia.
Seguí doblando una bufanda.
—Exactamente lo que dice.
—¿Renuncias por lo de anoche?
—No.
Ethan soltó aire, como si aquello lo tranquilizara.
—Entonces podemos hablarlo.
Levanté la mirada.
—Renuncio por los últimos tres años.
Su expresión cambió.
Natalie apareció detrás de él.
—Claire, ¿de verdad vas a irte? Si esto es por el paraguas, yo puedo explicar…
—No necesito ninguna explicación.
Natalie frunció los labios.
—No quiero que nuestra amistad termine por una tontería.
Miré a la mujer a la que durante cinco años había llamado mi mejor amiga.
Ella había vivido tres meses en la casa que Ethan y yo pagábamos.
Había usado mi ropa.
Había llorado sobre mi hombro.
Y todo ese tiempo había permitido que los rumores sobre ella y Ethan crecieran porque, de alguna manera, siempre terminaba siendo yo quien debía comprender.
—Nuestra amistad no termina por un paraguas, Natalie.
Ella palideció.
—Entonces, ¿por qué?
Cerré la caja.
—Porque anoche comprendí que nunca necesitaste proteger nuestra amistad. Sabías que yo siempre iba a sacrificarme primero.
Ethan me tomó del brazo.
—Claire, ven conmigo.
Me aparté inmediatamente.
Varios empleados nos observaban.
Él bajó la voz.
—No hagas una escena.
Aquellas palabras hicieron que algo dentro de mí se apagara definitivamente.
Sonreí.
—Tranquilo, Ethan. Tu reputación está a salvo. Después de todo, nadie sabe que acabamos de terminar.

Su rostro quedó completamente inmóvil.
Natalie abrió mucho los ojos.
—¿Terminar?
Ethan miró alrededor.
—Claire…
—Exactamente. Esa expresión.
Levanté mi caja.
—Incluso ahora te preocupa más quién pueda escuchar que lo que estoy diciendo.
Pasé junto a él.
Entonces el director general apareció desde el ascensor.
—Claire, ¿puedo hablar contigo?
Entramos en una sala de reuniones.
Pensé que intentaría convencerme de quedarme.
En cambio, deslizó un documento hacia mí.
—Hemos recibido una comunicación de Arkstone Group. Parece que comenzarás allí el lunes.
Asentí.
Su expresión se volvió tensa.
—Arkstone representa casi el cuarenta por ciento de nuestra facturación anual. Tu nueva posición podría ponernos en situaciones incómodas.
—Eso dependerá de cómo trabajemos, no de dónde trabajemos.
El director guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Marcus Bell te contrató personalmente?
—Sí.
Cuando salí, Ethan estaba esperando.
—¿Arkstone?
Ahora había auténtico miedo en su voz.
—¿Vas a trabajar para Marcus Bell?
—Sí.
—Rechazaste ese puesto hace un mes.
—Cambió una circunstancia.
—¿Cuál?
Lo miré directamente.
—Dejé de construir mi vida alrededor de ti.
Y seguí caminando.
Aquella misma tarde abandoné el edificio.
No miré atrás.
Pero Ethan sí.
Por primera vez.
Demasiado tarde.