Parte 2: LA TRAICIÓN DENTRO DE SU PROPIA CASA

—Sí —respondí.

Mi voz temblaba.

—Estoy completamente segura.

Ethan Caldwell no apartó los ojos de mí.

Durante unos segundos, nadie respiró.

Entonces extendió una mano hacia uno de sus guardaespaldas.

—Las llaves.

—Señor Caldwell…

—Ahora.

El hombre obedeció.

Ethan observó el llavero sin tocar ningún botón.

—¿Quién encendió el vehículo esta mañana?

—Marcus —respondió el guardia—. Dijo que quería comprobar personalmente el sistema de seguridad.

Primera ignición.

Sentí que se me helaba la sangre.

Ethan también lo entendió.

—Que nadie toque esa camioneta.

Su voz ya no contenía sorpresa.

Era fría.

Peligrosamente fría.

—Evacuen el garaje. Llamen a mi equipo externo. Nadie relacionado con Marcus Reed se acerca al vehículo.

Uno de los hombres salió corriendo.

Ethan volvió a mirarme.

—Emily, ven conmigo.

Fue la primera vez que lo escuché decir mi nombre correctamente.


Nos encerramos en su despacho.

Ethan dejó su teléfono sobre la mesa.

—Cuéntamelo todo.

Le expliqué la puerta abierta.

Las voces.

El hombre debajo del vehículo.

Las palabras exactas que había escuchado.

No me interrumpió.

Cuando terminé, apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Marcus lleva doce años conmigo.

No supe qué responder.

—Estuvo en el funeral de mi padre —continuó—. Conoce las escuelas de mis sobrinos. Conoce cada propiedad que tengo.

Sus ojos se oscurecieron.

—Conoce demasiado.

Entonces llamaron a la puerta.

Un especialista en seguridad entró.

—Señor Caldwell, encontramos el dispositivo.

Mi estómago se contrajo.

Ethan permaneció inmóvil.

—¿Funcionaba?

—Sí.

El hombre tragó saliva.

—Y la señorita Parker tenía razón. Estaba conectado al sistema de encendido.

Ethan giró lentamente hacia mí.

Yo tuve que sujetarme al respaldo de una silla.

Si no hubiera llegado temprano…

Si aquella puerta hubiera estado cerrada…

Ethan estaría muerto.

—Hay algo más —dijo el especialista.

Dejó una pequeña pieza metálica sobre el escritorio.

—El mecanismo incluía un transmisor.

Ethan frunció el ceño.

—¿Remoto?

—De respaldo. Si el sistema automático fallaba, alguien podía activarlo manualmente.

La habitación se volvió todavía más fría.

—¿Desde qué distancia?

—Varias manzanas.

Ethan tomó su teléfono.

—Encuentren a Marcus.

Pero ya era demasiado tarde.

Marcus Reed había desaparecido.


Ethan me ordenó irme a casa.

Yo debería haber obedecido.

Pero cuando llegué al vestíbulo, recordé algo.

Durante la conversación del garaje, Marcus había dicho:

“Vete antes de las seis y media”.

Sin embargo, eran casi las seis cuando yo había escuchado aquellas voces.

Eso significaba que el hombre que colocó el explosivo probablemente todavía estaba dentro de la propiedad.

Me giré.

Y vi una puerta de servicio cerrándose al final del corredor.

Reconocí los zapatos.

Los había visto bajo la camioneta.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Retrocedí.

El hombre volvió a aparecer.

Nuestros ojos se encontraron.

Y su expresión cambió.

Sabía que yo lo había reconocido.

Corrí.

—¡Señor Caldwell!

No llegué al despacho.

Una mano me agarró desde atrás.

Sentí un golpe.

Después, oscuridad.


Cuando desperté, estaba en el suelo de una habitación de almacenamiento.

Tenía las muñecas sujetas.

El hombre caminaba frente a mí hablando por teléfono.

—La criada escuchó demasiado.

Permanecí inmóvil, fingiendo seguir inconsciente.

—No —dijo—. Caldwell no sabe quién está realmente detrás.

Una pausa.

—Marcus hizo su parte.

Otra pausa.

Entonces escuché una frase que me revolvió el estómago.

El próximo intento será en el hospital.

¿Hospital?

No entendía.

Hasta que el hombre se acercó.

Cerré los ojos.

—Lo siento, señorita Parker —murmuró—. Usted debería haber seguido siendo invisible.

Después sentí otro impacto.

Y todo desapareció.


Horas más tarde, Ethan estaba reunido con su equipo cuando uno de los guardias entró.

—Señor Caldwell.

—¿Encontraron a Marcus?

—No.

—Entonces sigue buscando.

El hombre no se movió.

—Es sobre Emily Parker.

Ethan levantó la cabeza.

—¿Qué pasa con ella?

—Nunca salió de la propiedad.

Silencio.

Revisaron las cámaras.

Una grabación mostraba mi carrera por el corredor.

Otra mostraba a un hombre siguiéndome.

Después, diecisiete minutos de imágenes habían sido eliminados.

Cuando finalmente encontraron el almacén, yo apenas respondía.

El hombre había desaparecido.

Ethan llegó primero.

Me encontró en el suelo.

Y algo cambió dentro de él.

—Emily.

No respondí.

Se arrodilló.

—Emily, mírame.

Nada.

Por primera vez en años, Ethan Caldwell gritó pidiendo ayuda.


La ambulancia llegó minutos después.

En el hospital, los médicos me llevaron directamente a cuidados intensivos.

Ethan intentó seguirlos.

—Señor, no puede entrar.

—Apártese.

—Está gravemente herida. Necesitamos trabajar.

Aquello detuvo al hombre que nadie podía detener.

Las puertas se cerraron delante de él.

Y Ethan se quedó solo en el pasillo.

Con mi sangre en las manos.

Su teléfono sonó.

Era su hermana.

Después su abogado.

Después uno de sus hombres.

No contestó.

Finalmente apareció el médico.

—¿Familia de Emily Parker?

Ethan se levantó.

—Yo.

El médico dudó.

—Necesitamos contactar con su familia.

Ethan cerró los ojos un instante.

Se dio cuenta de que no sabía el nombre de mi madre.

No sabía dónde vivía.

No sabía que tenía un hermano.

Yo había trabajado tres años bajo su techo y él apenas sabía nada de mí.

—¿Va a sobrevivir?

—Las próximas horas serán decisivas.

El médico se marchó.

Ethan permaneció frente al cristal de la UCI.

Entonces llegó uno de sus hombres.

—Encontramos algo en el almacén.

Le entregó mi teléfono.

La pantalla estaba rota.

—También recuperamos parcialmente el audio de seguridad.

—Reprodúcelo.

Se escucharon interferencias.

Después la voz del hombre que me había atacado.

“La criada escuchó demasiado.”

Silencio.

“Caldwell no sabe quién está realmente detrás.”

Ethan apretó la mandíbula.

Entonces llegó la última frase.

“El próximo intento será en el hospital.”

Ethan levantó la cabeza.

Miró las puertas de la UCI.

—Cierren el piso.

—¿Señor?

—¡Ahora!

Los hombres comenzaron a moverse.

Pero entonces una enfermera salió de mi habitación.

—¿Señor Caldwell?

Ethan se acercó.

—¿Qué ocurre?

—La paciente recuperó la conciencia durante unos segundos.

—¿Dijo algo?

La enfermera parecía confundida.

—Sí.

—¿Qué?

—Dijo que usted estaba buscando al hombre equivocado.

Ethan quedó inmóvil.

—¿A quién mencionó?

La enfermera bajó la voz.

A su hermano, Alexander Caldwell.

El rostro de Ethan perdió toda expresión.

Alexander era la única persona de su familia en quien confiaba completamente.

Y también era el hombre que, en ese preciso instante, acababa de entrar al hospital.

Ethan miró hacia el ascensor.

Las puertas se abrieron.

Alexander salió sonriendo tranquilamente.

Pero Ethan dejó de mirar su rostro.

Miró sus zapatos.

Eran exactamente iguales a los que yo había visto debajo de la camioneta.

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