Tomás tomó la mano de Jimena antes de que pudiera esconderla.
—¿Dónde tocaste esto?
Ella miró la mancha de aceite.
—En el cuarto de herramientas.
Tomás sonrió.
—Qué raro. Ese aceite lo mandé traer especialmente para una sola puerta.
La señora Barragán intervino:
—Jimena estuvo conmigo toda la mañana.
Tomás ni siquiera la miró.
—No te pregunté.
Soltó la mano de Jimena y señaló las escaleras.
—Subimos.
Cuatro hombres lo siguieron.
Jimena sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Si abrían aquella puerta, Adrián no podría enfrentarlos.
Necesitaba tiempo.
—Señor Varela.
Tomás se detuvo.
—La mancha no vino de una puerta.
Sacó del bolsillo del delantal una pequeña pieza metálica.
—La encontré junto a la tubería que reparé anoche. Pensé que pertenecía al mecanismo.
Era mentira.
La pieza provenía de una vieja cafetera.
Tomás la examinó.
Por primera vez, dudó.
—Enséñame dónde.
Jimena lo llevó hacia el patio de servicio, alejándolo de las escaleras.
Mientras caminaba, vio al jardinero de antes.
El hombre la observó.
Jimena señaló discretamente hacia arriba.
No sabía si entendería.
Pero segundos después, una caja de fruta cayó.
Naranjas rodaron por todo el suelo.
—¡Idiota! —gritó uno de los hombres.
El caos duró menos de un minuto.
Fue suficiente.
Jimena regresó a la cocina fingiendo recoger las naranjas y encontró un pequeño papel debajo de una bandeja.
Solo decía:
“Diez minutos.”
Alguien estaba ayudando a Adrián.
Pero ¿quién?
Tomás regresó furioso.
—Nada de esto demuestra de dónde salió el aceite.
Miró a Jimena.
—Tú vienes conmigo.
Subieron.
Cada escalón parecía acercarla a una sentencia.
Cuando llegaron al corredor oriental, Jimena vio algo diferente.
La línea de sangre había desaparecido.
La puerta estaba cerrada.
Tomás extendió la mano.
—Llave.
La señora Barragán se la entregó.
Jimena contuvo el aire.
Tomás abrió.
La enfermería estaba vacía.
La camilla limpia.
Los medicamentos ordenados.
Ni una gota de sangre.
Adrián había desaparecido.
Tomás entró lentamente.
Pasó un dedo por el gabinete.
—Interesante.
Jimena fingió desconcierto.
—¿Qué buscaba?
Él se volvió.
—A un fantasma.
Después se acercó tanto que ella percibió su perfume.
—Pero los fantasmas necesitan ayuda.
Sus ojos descendieron hacia la uña donde aún quedaba sangre seca.
Jimena escondió la mano.
Demasiado tarde.
Tomás sonrió.
—Nos veremos esta noche.
Durante las horas siguientes nadie mencionó lo ocurrido.
Jimena limpió habitaciones mientras intentaba entender dónde estaba Adrián.
A las once encontró un sobre dentro del carrito de limpieza.
Una llave.
Y una nota.
“Despacho. Caja fuerte. 11:30.”
Entró cuando el pasillo quedó vacío.
La llave abrió un compartimento detrás de una pintura.
Dentro había antibióticos, dinero, documentos y un teléfono.
Jimena tomó los medicamentos.
Cuando estaba por cerrar, vio una fotografía.
Adrián y Tomás aparecían mucho más jóvenes, abrazados frente a un taller mecánico.
Detrás habían escrito:
“Hermanos hasta la muerte.”
—Qué ironía.
Jimena se giró sobresaltada.
Adrián estaba apoyado contra la puerta.
Pálido.
Pero de pie.
—¿Cómo salió?
—Esta casa tiene pasadizos que Tomás todavía no conoce.
Jimena le entregó los antibióticos.
—Casi nos descubre.
—Nos descubrirá.
—Entonces váyase.
Adrián negó.
—Todavía no.
Sacó varios documentos de la caja.
—Tomás cree que me dispararon por casualidad en Azcapotzalco. No fue así.
Colocó una fotografía sobre el escritorio.
Mostraba al hombre que había disparado contra Adrián.
Jimena palideció.
Lo reconocía.
Era uno de los cuatro hombres que había llegado esa mañana con Tomás.
—Está aquí.
—Exactamente.
Adrián apretó la mandíbula.
—Tomás organizó la emboscada y luego trajo al tirador a mi propia casa.
Jimena sintió escalofríos.
—¿Por qué?
—Porque quiere algo que no puede obtener mientras yo siga vivo.
—¿Su negocio?
—No solamente.
Adrián abrió otro compartimento.
Estaba vacío.
Su expresión cambió.
—No.
—¿Qué?
—Aquí había una memoria.
—¿Con información?
—Nombres. Cuentas. Policías comprados. Empresarios. Jueces. Todo.
Jimena entendió.
—Tomás la robó.
—Eso parece.
Adrián negó lentamente.
—Pero hay un problema.
La miró.
—Tomás no sabía que este compartimento existía.
Silencio.
Había otro traidor dentro de la casa.
Entonces escucharon pasos.
Adrián apagó la lámpara.
Jimena dejó de respirar.
Dos voces llegaron desde el corredor.
Tomás.
Y la señora Barragán.
—La muchacha sabe demasiado —dijo Tomás.
Jimena sintió que se le helaba la sangre.
Barragán respondió:
—Entonces sáquela de la casa.
—No.
Pausa.
—Si desaparece ahora, Adrián entenderá que la descubrimos.
Jimena miró a Adrián.
Él tenía la pistola preparada.
Tomás continuó:
—Déjala trabajar. Que crea que está engañándonos.
Después soltó una risa baja.
—Nos llevará directamente hasta él.
Los pasos se alejaron.

Jimena tuvo que apoyarse en el escritorio.
—Barragán está con él.
—Tal vez.
—La escuchó.
Adrián guardó silencio.
—En esta casa, Jimena, escuchar algo no significa entenderlo.
Ella lo miró frustrada.
—Entonces dígame qué está pasando.
Adrián tomó el teléfono de la caja.
—Primero debemos saber quién robó la memoria.
Encendió el dispositivo.
Había una sola aplicación.
Cámaras de seguridad.
Adrián abrió las grabaciones del despacho.
Retrocedió hasta la madrugada.
A las 3:12 apareció alguien entrando.
Jimena se inclinó hacia la pantalla.
La persona conocía la combinación.
Abrió la caja.
Sacó la memoria.
Y antes de salir levantó accidentalmente el rostro hacia la cámara.
Jimena sintió que el estómago se le cerraba.
Era el jardinero.
El mismo hombre que había tirado las naranjas para ayudarla.
—¿Está con Tomás?
Adrián negó.
—No lo sé.
Entonces el teléfono vibró.
Un mensaje acababa de llegar desde un número desconocido.
Adrián lo abrió.
Había una fotografía tomada hacía pocos minutos.
Jimena saliendo del despacho.
Debajo, una frase:
“Ya sabemos quién te está escondiendo.”
Jimena palideció.
—Tenemos que irnos.
Pero Adrián seguía mirando la pantalla.
Llegó una segunda fotografía.
Esta vez no era de la residencia.
Era una casa pequeña en Ecatepec.
Jimena la reconoció inmediatamente.
La casa de su madre.
Debajo aparecieron seis palabras:
“Entrégate antes de medianoche o empezamos aquí.”
Jimena sintió que todo el miedo desaparecía.
Lo sustituyó algo peor.
Rabia.
—Mi madre no tiene nada que ver.
Adrián levantó la pistola.
—Ahora sí.
En ese instante sonó un golpe detrás de la pared.
Tres veces.
Adrián abrió el pasadizo secreto.
El jardinero cayó dentro, herido, sosteniendo la memoria desaparecida.
—No hay tiempo —jadeó.
Le entregó el dispositivo a Adrián.
—Tomás no quiere tu imperio.
Adrián frunció el ceño.
—Entonces ¿qué quiere?
El hombre levantó la mirada.
—Quiere matarte antes de que descubras quién dio realmente la orden en Azcapotzalco.
—¿Quién?
El jardinero abrió la boca.
Pero antes de responder, las luces de toda la residencia se apagaron.
Y desde el corredor llegó la voz de Tomás:
—Jimena… sé que estás ahí dentro.
Después se escuchó el seguro de varias armas.
—Abre la puerta y quizá tu madre llegue viva al amanecer.