PARTE 2: LA VERDAD ESCONDIDA EN AQUELLA NANA.

A las cinco y diecisiete de la mañana, Darío llamó.

Rafael seguía frente a las cámaras.

—Encontré algo.

—Habla.

—Mariana Soto existe. Es enfermera titulada. Trabajó cuatro años en oncología pediátrica y sus referencias son reales.

Rafael entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿qué ocultó?

Darío guardó silencio.

—Su segundo apellido.

Rafael sintió un escalofrío.

—¿Cuál es?

—Santiago.

La taza de café quedó suspendida entre sus dedos.

Lucía se había llamado Lucía Santiago Hernández antes de casarse con él.

—Sigue.

—La madre de Mariana se llamaba Elena Santiago.

Rafael cerró los ojos.

Recordaba aquel nombre.

Lucía había mencionado alguna vez a una hermana mayor con la que su familia había roto relaciones muchos años atrás.

—¿Mariana es sobrina de Lucía?

—Sí.

Rafael abrió los ojos.

—Tráela al estudio.

—Jefe…

—Ahora.

Veinte minutos después, Mariana entró.

No parecía sorprendida.

Eso enfureció todavía más a Rafael.

—Soto no es tu único apellido.

—No.

—Eres sobrina de mi esposa.

Mariana permaneció en silencio.

—¿Por qué mentiste?

—Porque si hubiera escrito “Santiago” en la solicitud, jamás me habría permitido acercarme a Sofía.

—Eso lo decidía yo.

—Precisamente.

Rafael se levantó.

—Entraste con una identidad incompleta en la casa de un hombre al que no conoces.

Mariana sostuvo su mirada.

—Lo conozco bastante.

El silencio se volvió pesado.

Darío permanecía junto a la puerta.

—Entonces sabes lo que les ocurre a quienes utilizan a mi hija para acercarse a mí.

—No vine por usted.

—¿Por qué viniste?

Los ojos de Mariana se humedecieron.

—Porque Lucía me lo pidió.

Rafael quedó inmóvil.

—Mi esposa lleva dos años muerta.

—Lo sé.

Mariana abrió su bolso y sacó un sobre amarillento.

En el frente había una sola palabra.

RAFAEL.

Él reconoció inmediatamente la letra.

Durante unos segundos fue incapaz de tocarlo.

—¿De dónde sacaste esto?

—Lucía me lo entregó tres semanas antes de morir.

Rafael levantó la mirada.

—Tú estabas con ella.

—Sí.

Aquello lo golpeó.

Durante los últimos meses de Lucía, él había vivido rodeado de médicos, guardaespaldas y reuniones.

Pero jamás había visto a Mariana.

—¿Por qué nunca apareciste?

—Porque ella me lo prohibió.

—¿Por qué?

Mariana respiró profundamente.

—Porque tenía miedo.

Rafael soltó una risa amarga.

—Lucía nunca tuvo miedo de mí.

—No dije que fuera de usted.

Aquella respuesta cambió algo en la habitación.

Rafael dejó lentamente el sobre sobre el escritorio.

—Explícate.

—Su esposa sospechaba que alguien dentro de esta casa estaba filtrando información sobre Sofía.

Darío se enderezó.

—¿Qué información?

—Historial médico. Rutinas. Medicamentos. Médicos que la atendían.

Rafael miró hacia las pantallas.

Sofía continuaba dormida.

—Eso no tiene sentido. Sofía enfermó después de morir Lucía.

—Los primeros análisis anormales aparecieron antes.

Rafael sintió que el suelo desaparecía.

—¿Cómo sabes eso?

Mariana sacó una memoria pequeña.

—Porque Lucía guardó copias.

Darío se acercó.

—Jefe, déjeme revisarla.

Rafael negó.

Primero abrió el sobre.

Dentro había una fotografía de Lucía abrazando a una Mariana mucho más joven.

Detrás había una frase escrita a mano.

“SI ALGÚN DÍA SOFÍA DEJA DE ESTAR SEGURA, CÁNTALE NUESTRA CANCIÓN. ELLA SABRÁ QUE ERES FAMILIA.”

Rafael tuvo que sentarse.

De pronto comprendió por qué Sofía había aceptado a Mariana.

Quizá no recordaba conscientemente aquella melodía.

Pero alguna parte de ella sí.

—¿Qué más te dijo Lucía?

—Que si algo le ocurría, no confiara inmediatamente en nadie de la casa.

Rafael levantó la cabeza.

—¿Nadie?

—Nadie.

Incluso Darío pareció incómodo.

Mariana continuó.

—Yo no vine antes porque creí que Lucía estaba siendo paranoica. Después murió. Y cuando supe que Sofía tenía leucemia, empecé a revisar lo que me había dejado.

—¿Y qué encontraste?

Mariana miró las cámaras.

—Algo que me hizo solicitar este trabajo.

Antes de poder responder, una alarma sonó en una de las pantallas.

Sofía estaba despierta.

Su pequeño cuerpo comenzó a sacudirse por una reacción repentina.

Mariana salió corriendo.

Rafael la siguió.

En la habitación, el monitor emitía señales rápidas.

Mariana revisó inmediatamente la vía intravenosa.

Después tomó la bolsa conectada al puerto.

Su rostro cambió.

—¿Quién cambió esto?

La enfermera del turno diurno apareció en la puerta.

—Nadie. Esa bolsa estaba preparada desde farmacia.

Mariana examinó la etiqueta.

—No coincide con la orden médica.

Rafael sintió que el pecho se le congelaba.

—¿Qué significa?

—Que Sofía estaba recibiendo algo que no debía recibir.

El rostro de Rafael se transformó.

Darío tomó su teléfono.

—Cerraré la casa.

—Nadie sale —ordenó Rafael.

Mariana desconectó la bolsa mientras llamaba al oncólogo.

Minutos después, Sofía comenzó a estabilizarse.

Entonces ocurrió algo que hizo que todos olvidaran respirar.

La niña abrió lentamente los ojos.

Buscó a Mariana.

Después miró a su padre.

Sus labios se movieron.

Rafael se inclinó.

—Sofía…

Durante dos años no había escuchado la voz de su hija.

La niña señaló débilmente hacia la puerta.

—Papá…

Rafael sintió que las piernas casi le fallaban.

—Estoy aquí, princesa.

Pero Sofía negó con la cabeza.

Volvió a señalar.

—El hombre de mamá.

Todos quedaron inmóviles.

Rafael miró hacia el pasillo.

No había nadie.

—¿Qué hombre?

Sofía empezó a temblar.

Mariana tomó su mano.

—No tienes que decirlo ahora.

Pero la niña insistió.

—Él cambiaba las bolsitas.

Darío y Rafael intercambiaron una mirada.

—¿Qué bolsitas? —preguntó Rafael.

Sofía señaló la vía.

—Esas.

El silencio se volvió aterrador.

Rafael salió de la habitación.

—Darío.

—Sí, jefe.

—Revisa todas las cámaras de los últimos meses. Quiero saber quién ha entrado aquí.

Darío no se movió.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

—Las grabaciones del dormitorio de Sofía tienen cortes.

Rafael giró lentamente.

—Mis cámaras no tienen cortes.

—Estas sí.

Aquello significaba que quien estuviera detrás de todo tenía acceso al sistema de seguridad.

Mariana apareció sosteniendo la memoria de Lucía.

—Entonces ya sabemos por dónde empezar.

Horas después, Darío consiguió recuperar parte de los archivos eliminados.

Rafael observó las imágenes en su estudio.

Una figura entraba repetidamente en la habitación de Sofía durante la madrugada.

Siempre cuando las enfermeras salían.

Siempre durante los minutos borrados del sistema principal.

En la primera grabación no se distinguía el rostro.

En la segunda tampoco.

Hasta que Darío recuperó un fragmento de apenas seis segundos.

El hombre entró.

Se acercó a la medicación.

Levantó la cabeza hacia la cámara.

Rafael se puso de pie.

Mariana se llevó una mano a la boca.

Darío palideció.

Todos conocían aquel rostro.

—No puede ser —susurró Rafael.

En ese instante, el teléfono de Mariana sonó.

Número desconocido.

Llegó un mensaje.

“LUCÍA DEBIÓ LLEVARSE EL SECRETO A LA TUMBA. TÚ ACABAS DE COMETER EL MISMO ERROR QUE ELLA.”

Debajo había una fotografía tomada segundos antes.

Mariana frente a las pantallas.

Rafael detrás de ella.

Y Sofía visible en otra cámara.

Alguien los estaba observando en tiempo real.

Rafael levantó lentamente la mirada hacia la cámara oculta de su propio estudio.

Entonces una voz conocida salió del sistema de altavoces.

—Hermano, siempre fuiste demasiado bueno encontrando enemigos fuera de casa. Nunca se te ocurrió buscar dentro de tu propia familia.

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