Parte 2: LA VERDADERA DUEÑA DE ALTAVISTA

No llegué al elevador.

Apenas había avanzado veinte metros por el pasillo cuando escuché los tacones de Renata detrás de mí.

—¡Valeria!

Me detuve.

Ella apareció sonriendo, todavía con su copa en la mano.

—¿De verdad crees que una llamada va a asustar a Alejandro?

Me volví lentamente.

—No necesito asustarlo.

—Entonces vuelve, discúlpate y quizá Teresa consiga que te deje conservar alguna tarjeta después del divorcio.

La miré durante unos segundos.

—Renata, deberías preocuparte menos por mis tarjetas y más por el collar que llevas puesto.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué tiene?

—Está pagado con dinero de Altavista.

Por primera vez, vi miedo en sus ojos.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Regresé al salón.

No porque Alejandro me hubiera ordenado volver.

Sino porque quería verlo comprender.

Cuando entré, algunos invitados seguían riéndose.

Alejandro levantó su copa.

—Miren quién regresó.

Teresa sonrió.

—Sabía que no tendría adónde ir.

Me senté en una mesa vacía.

—Quedan veintidós minutos.

Alejandro soltó una carcajada.

—¿Estás contando?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para el final de tu carrera.

Varias personas dejaron de sonreír.

Alejandro caminó hacia mí.

—Escúchame bien. Cuando lleguemos a casa…

—Ya no tienes casa.

Su expresión cambió.

—¿Qué dijiste?

—La residencia de Bosques pertenece a una sociedad patrimonial de Altavista. Se te asignó mientras ocuparas la dirección general.

Teresa golpeó la mesa.

—¡Esa casa es de mi hijo!

—No.

La miré.

—Y tampoco lo son los automóviles.

—¡Alejandro pagó todo!

—La empresa pagó todo.

Entonces sonó el teléfono de Alejandro.

Miró la pantalla.

Director financiero.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Después recibió un mensaje.

Su rostro cambió.

—¿Qué pasa? —preguntó Teresa.

Alejandro no respondió.

Yo miré mi reloj.

—Diecisiete minutos.

—¿Qué hiciste? —preguntó él.

—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.

Renata se acercó.

—Alejandro, vámonos.

Él intentó llamar a alguien.

Entonces otro ejecutivo recibió una llamada.

Después otro.

El director jurídico, sentado cerca del escenario, abrió un correo y se puso de pie.

—Señor Salgado…

—Ahora no.

—Creo que debería leer esto.

Le mostró la pantalla.

Vi cómo Alejandro perdía lentamente el color.

RESOLUCIÓN EXTRAORDINARIA DEL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN.

Separación inmediata del director general.

Suspensión de facultades.

Auditoría interna.

Bloqueo preventivo de accesos corporativos.

—Esto es falso —dijo Alejandro.

El director jurídico negó con la cabeza.

—Tiene firma electrónica de siete consejeros.

—¡Yo nombré a esos consejeros!

—No a todos —respondí.

Alejandro me miró.

—¿Quién demonios eres tú para convocar al consejo?

Antes de responder, las puertas del salón se abrieron.

Entraron seis personas.

Reconocí primero a Víctor Herrera, abogado corporativo del grupo.

A su lado venían dos miembros del consejo, la directora de cumplimiento, un notario y el responsable de seguridad corporativa.

Las conversaciones murieron.

Víctor caminó directamente hacia mí.

—Señora Mendoza.

Me entregó una carpeta.

—La resolución fue aprobada.

—Gracias.

Alejandro se interpuso.

—Víctor, explícame inmediatamente qué significa esta estupidez.

El abogado lo observó con frialdad.

—Significa que usted ya no es director general de Grupo Altavista.

Nadie volvió a reírse.

Teresa se levantó.

—¡Mi hijo levantó esa empresa!

Víctor abrió la carpeta.

—Su hijo fue contratado para administrarla.

—¡Es el dueño!

—No.

La palabra cayó como una piedra.

Alejandro me miró.

Y entonces comprendió.

—Valeria…

Víctor continuó:

—El accionista controlador de Grupo Altavista es el fideicomiso Mendoza Capital.

Un murmullo recorrió el salón.

Renata retrocedió.

Teresa parecía no entender.

Alejandro sí.

—Mendoza…

Sus ojos se clavaron en mí.

—Tu apellido.

Asentí.

Durante diez años, Alejandro había creído que mi padre había muerto dejándome poco más que algunos ahorros.

Nunca preguntó demasiado.

Le convenía imaginarme dependiente.

—Mi padre fundó el fondo que adquirió Altavista cuando estaba al borde de la quiebra —dije—. Yo heredé el control después de su muerte.

Alejandro abrió la boca.

—Eso es imposible.

—Tú mismo firmaste informes dirigidos al fideicomiso durante cinco años. Simplemente nunca te interesó averiguar quién estaba detrás.

Teresa se dejó caer en la silla.

—Entonces… ¿eres rica?

La miré.

—Eso es lo único que entendiste.

Alejandro se acercó.

—¿Me estuviste poniendo a prueba?

—No.

—¡Me ocultaste que controlabas la empresa!

—Porque quería saber quién eras cuando creyeras que yo no tenía nada que ofrecerte.

Miré mi servilleta.

Todavía tenía una pequeña mancha de mi labio.

—Hoy obtuve la respuesta.

Renata comenzó a alejarse.

—Yo debería irme.

—Todavía no —dijo Víctor.

Ella se congeló.

La directora de cumplimiento abrió otra carpeta.

—Señorita Cárdenas, necesitamos hablar sobre ciertos pagos.

Renata miró a Alejandro.

—¿Qué pagos?

—Uno punto ocho millones de pesos utilizados para adquirir el collar que lleva puesto —respondí.

Teresa giró hacia ella.

—¿Alejandro te compró eso?

Renata cubrió instintivamente el collar.

—Fue un regalo personal.

—Pagado desde una campaña corporativa —dijo Víctor.

Alejandro explotó.

—¡Eso lo autorizó Finanzas!

—Con una factura por servicios de consultoría que aparentemente nunca fueron prestados —respondió la directora.

Renata palideció.

—Alejandro me dijo que estaba permitido.

—¡Cállate! —gritó él.

Y allí comenzó a derrumbarse todo.

La mujer por la que me había golpeado acababa de señalarlo.

La madre que se había reído ya no sabía a quién defender.

Los socios que treinta minutos antes brindaban por él ahora evitaban su mirada.

Seguridad se acercó.

—Señor Salgado, necesitamos su credencial y las llaves de los vehículos corporativos.

Alejandro no se movió.

—Valeria.

Su voz cambió.

Ya no había arrogancia.

—Hablemos en privado.

—No.

—Somos marido y mujer.

Me levanté.

—Dejamos de serlo con la tercera bofetada.

Saqué un sobre de mi bolso y lo coloqué delante de él.

Solicitud de divorcio.

Alejandro lo miró como si no pudiera respirar.

Teresa se levantó desesperada.

—Valeria, una familia no destruye diez años de matrimonio por una discusión.

—No fue una discusión.

—Alejandro perdió los nervios.

—Me golpeó tres veces.

—Puedes perdonarlo.

—Puedo.

Teresa pareció recuperar la esperanza.

—Entonces…

—Pero no voy a hacerlo.

Tomé mi bolso.

Pensé que aquello sería el final.

Me equivoqué.

Víctor se acercó y habló en voz baja.

—Valeria, tenemos otro problema.

—¿Cuál?

Miró a Alejandro antes de responder.

—La auditoría encontró transferencias mucho mayores.

Mi estómago se tensó.

—¿Cuánto?

—Ciento cuarenta y siete millones de pesos.

El salón pareció inclinarse.

Alejandro quedó completamente inmóvil.

—Eso es absurdo.

Víctor continuó.

—Fueron enviados durante dieciocho meses a tres sociedades.

—¿De quién son?

El abogado tardó demasiado en responder.

Luego colocó una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen tomada en el aeropuerto.

Alejandro aparecía caminando junto a Renata.

Pero detrás de ellos había un tercer hombre.

Lo reconocí inmediatamente.

Sentí que se me helaban las manos.

—No puede ser.

Alejandro cerró los ojos.

Era mi hermano Daniel.

El mismo hombre que llevaba seis años desaparecido después de intentar quedarse con el fideicomiso de nuestro padre.

En ese instante, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Había una fotografía tomada hacía apenas unos minutos.

Yo sentada dentro del salón.

Alguien nos estaba observando.

Debajo había seis palabras:

“DESPEDISTE AL HOMBRE EQUIVOCADO, HERMANA.”

Levanté lentamente la cabeza.

Y entonces, desde el fondo del salón, un hombre comenzó a aplaudir.

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