PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ELEGIRLO A ÉL.

El automóvil volvió a moverse.

Primero unos centímetros.

Después medio metro.

El agua corría bajo las ruedas con tanta fuerza que sentí cómo la parte trasera comenzaba a girar hacia la pendiente.

Golpeé la ventana.

—¡Ethan!

A través de la lluvia distinguí su silueta junto a Patricia.

Me miró.

Estoy segura de que me miró.

Pero Patricia se aferró a su brazo.

—¡No vuelvas! ¡El coche puede caer!

Ethan dudó.

Solo un segundo.

Después la rodeó con los brazos y comenzó a alejarla hacia un lugar seguro.

Entonces entendí que no iba a regresar.

El agua alcanzó mis tobillos.

Tiré nuevamente del cinturón hasta conseguir soltarlo. Intenté empujar la puerta, pero estaba deformada por el impacto.

El coche se deslizó otra vez.

Grité.

No por Ethan.

Grité porque quería vivir.

Busqué desesperadamente otra salida hasta que conseguí arrastrarme hacia el asiento trasero.

La puerta derecha cedió después de varios golpes.

Cuando la abrí, el agua entró violentamente.

Salí como pude.

Mis rodillas golpearon el asfalto y sentí un dolor agudo en el hombro, pero seguí avanzando.

Detrás de mí, el automóvil descendió unos metros más antes de quedar atrapado contra una barrera.

Un conductor que había detenido su camioneta corrió hacia mí.

—¡Señora!

Me sostuvo antes de que cayera.

Y entonces escuché la voz de Ethan.

—¡Mandy!

Giré la cabeza.

Venía corriendo.

Demasiado tarde.

Me miró empapada, herida y temblando.

—Pensé que podrías salir.

Lo observé en silencio.

—¿Eso pensaste?

—Mi madre estaba lastimada.

—Y tus documentos también necesitaban ser rescatados.

Su rostro cambió.

Había visto perfectamente cómo abrió el maletero antes de volver con Patricia.

No podía negarlo.

—Era un proyecto importante.

Me reí.

Aquella risa me dolió más que el hombro.

—Entonces esta noche descubrimos exactamente cuánto valgo para ti. Menos que tu madre y menos que un ordenador.

—Mandy, no hagas esto ahora.

—No te preocupes.

Me aparté de él.

—No volveré a hacerte nada.

La ambulancia llegó poco después.

Cuando los paramédicos preguntaron quién necesitaba atención primero, Ethan señaló inmediatamente a Patricia.

—Mi madre.

Uno de ellos me observó.

—¿Y ella?

Ethan guardó silencio.

Aquello fue suficiente.

Subí a la segunda ambulancia sin mirarlo.

En el hospital descubrieron que tenía el hombro dislocado, varias contusiones y una herida profunda en la pierna.

Patricia solo tenía un esguince leve.

Aun así, Ethan pasó toda la noche junto a su cama.

No vino a verme.

A las seis de la mañana recibí un mensaje suyo.

“Cuando mamá se calme, ven a disculparte. Después hablamos de lo ocurrido.”

Leí aquellas palabras varias veces.

Después borré el mensaje.

Llamé a mi hermana.

—¿Puedes venir por mí?

Su voz cambió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Miré la lluvia detrás de la ventana.

—Mi matrimonio terminó.

Dos horas después, Chloe llegó.

Cuando vio mis heridas, empezó a llorar.

Yo no.

Ya había llorado demasiado durante tres años.

Regresamos al apartamento mientras Ethan seguía en el hospital.

Saqué una maleta.

Ropa.

Documentos.

Mi computadora.

Y una pequeña caja azul que llevaba años escondida en el fondo del armario.

Chloe la reconoció.

—¿Todavía tienes eso?

Asentí.

Dentro estaban los documentos de constitución de Marlow Design Group, la empresa que fundé antes de casarme.

Tres años atrás había rechazado una expansión internacional porque Ethan aseguró que su familia necesitaba mi ayuda.

Vendí parte de mis participaciones.

Entregué mis ahorros.

Incluso conseguí contactos para mantener viva la empresa de los Shen.

Después desaparecí profesionalmente para convertirme en la esposa que Patricia consideraba adecuada.

Pero había conservado algo.

El treinta y cuatro por ciento de Marlow seguía siendo mío.

Encendí el teléfono.

Había un nombre al que no llamaba desde hacía años.

Daniel Brooks.

Mi antiguo socio.

Contestó al segundo tono.

—¿Mandy?

—Quiero regresar.

Hubo silencio.

Después escuché una risa incrédula.

—Dime que hablas en serio.

—Completamente.

—Entonces llegas en el momento perfecto. La junta quiere aprobar la adquisición de una empresa mañana.

—¿Cuál?

Daniel pronunció el nombre.

Me quedé inmóvil.

Shen Infrastructure.

La empresa de Ethan.

La misma compañía cuyo proyecto había intentado salvar durante la tormenta.

—¿Quién propuso la adquisición?

—Yo. Están prácticamente quebrados. Necesitan nuestra inversión para sobrevivir.

Miré la maleta abierta.

Entonces comprendí por qué Ethan había insistido tanto en llegar aquella noche a la ciudad vecina.

No estaba negociando cualquier proyecto.

Estaba intentando convencer a Marlow de salvar su empresa.

—No aprueben nada hasta que llegue.

—¿Cuándo?

Cerré la maleta.

—Hoy.

Ethan regresó al apartamento al mediodía.

Yo estaba esperando junto a la puerta.

Patricia entró detrás de él.

Al verme con la maleta, frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

—Me voy.

Ethan dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Todavía estás haciendo un drama por anoche?

Lo miré.

Ni siquiera había preguntado cómo estaba.

—Quiero el divorcio.

Patricia soltó una carcajada.

—¿Divorcio?

—¿Con qué vas a vivir?

Ethan me observó con aquella vieja seguridad.

—Mandy, deja la maleta.

—Estás enfadada.

—Cuando te tranquilices entenderás que sin mí no tienes nada.

Sonreí.

—Eso mismo pensaba yo.

Tomé la maleta.

Antes de salir, Ethan recibió una llamada.

Contestó.

—¿Señor Brooks?

Su expresión cambió.

Escuchó durante unos segundos.

—¿Cómo que la reunión fue suspendida?

Permanecí junto a la puerta.

Daniel continuó hablando al otro lado de la línea.

El rostro de Ethan perdió lentamente el color.

—¿Regresó?

Me miró.

No sé qué dijo Daniel después.

Solo sé que Ethan bajó lentamente el teléfono.

—Mandy…

Patricia dejó de sonreír.

—¿Qué ocurre?

Ethan parecía incapaz de apartar los ojos de mí.

—Marlow acaba de cancelar nuestra reunión de inversión.

Hizo una pausa.

—Su accionista fundadora regresó esta mañana.

Patricia frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver con ella?

Ethan ya conocía la respuesta.

Caminé hacia él y coloqué sobre la mesa mi antigua tarjeta corporativa.

MANDY FANG. FUNDADORA Y DIRECTORA CREATIVA.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Tú…

—Sí.

Abrí la puerta.

—La mujer que abandonaste anoche controla una parte de la compañía que necesitas para evitar tu quiebra.

Tres meses después, nuestro divorcio quedó firmado.

Marlow rechazó la adquisición de Shen Infrastructure después de que la auditoría revelara deudas y contratos ocultos que hacían inviable la operación.

Sin nuestra inversión, Ethan tuvo que vender la mayor parte de la empresa.

Patricia me llamó muchas veces.

Primero para insultarme.

Después para negociar.

Finalmente para suplicarme.

Nunca respondí.

Ethan vino una sola vez.

Esperó frente a Marlow durante casi dos horas.

—Cometí un error —dijo cuando salí.

Negué lentamente.

—No fue un error.

—¿Qué quieres decir?

—Un error ocurre sin elegirlo.

Lo miré a los ojos.

—Tú tuviste tiempo para elegir aquella noche. Elegiste a tu madre. Elegiste tus documentos. Elegiste tu negocio. Y me dejaste dentro de un coche que se estaba hundiendo.

Bajó la cabeza.

—Lo siento.

Durante años había esperado escuchar aquellas palabras.

Cuando finalmente llegaron, ya no significaban nada.

—Yo también.

Levantó la mirada esperanzado.

—¿Por qué?

—Porque desperdicié tres años esperando que algún día me eligieras.

Pasé junto a él.

—Ahora me elijo yo.

Un año después, Marlow abrió su primera oficina internacional.

El día de la inauguración comenzó a llover.

Me quedé frente a las enormes ventanas observando las gotas deslizarse por el cristal.

Durante un instante recordé aquella carretera.

El automóvil.

El agua entrando.

La silueta de Ethan alejándose mientras yo gritaba su nombre.

Pero esta vez el recuerdo no me hizo temblar.

Sonreí.

Porque aquella tormenta no había destruido mi vida.

Había destruido la mentira en la que llevaba años viviendo.

Y algunas veces, para descubrir quién merece caminar a tu lado, primero tienes que ver quién es capaz de abandonarte cuando empieza a llover.

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