Parte 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERAR

Los días siguientes fueron extraños.

Durante tres años, mi vida en la isla había girado alrededor de Samuel sin que yo quisiera admitirlo.

Sabía cuándo comenzaban sus guardias.

Cuándo regresaban las lanchas.

Qué comida evitaba.

Qué analgésico toleraba mejor cuando se lesionaba.

Incluso podía reconocer el sonido de sus pasos entrando al puesto médico.

Pero después de presentar mi traslado, dejé de esperarlo.

Y Samuel empezó a aparecer más que nunca.

La mañana siguiente a su despedida del equipo llegó al puesto con dos bolsas de desayuno.

—Compré demasiado.

Dejó una frente a mí.

Miré dentro.

Bollos de cebolleta.

Mis favoritos.

Antes habría pasado todo el día preguntándome si los había comprado pensando en mí.

Ahora simplemente empujé la bolsa hacia la enfermera Li.

—Cómetelos.

Samuel frunció el ceño.

—Son para ti.

—Ya desayuné.

Era mentira.

Pero ya no quería aceptar migajas y convertirlas en banquetes dentro de mi cabeza.

Samuel permaneció inmóvil unos segundos, como si mi rechazo fuera algo que no supiera procesar.

Después se llevó la bolsa.

—Como quieras.

Aquella tarde llegó Clara.

Su primer día como voluntaria fue exactamente como Samuel había predicho.

Confundió dos formularios.

Derramó una bandeja de algodón.

Y casi guardó medicamentos en el armario equivocado.

Cada vez que cometía un error, buscaba a Samuel con los ojos.

Y él siempre estaba cerca.

—Te dije que prestaras atención.

—Pero Elena lo arregla todo.

Clara sonrió y me abrazó por detrás.

—¿Verdad?

Me aparté con suavidad.

—Dentro de doce días tendrás que aprender a arreglarlo sin mí.

Clara parpadeó.

—¿Doce días?

El silencio cayó de golpe.

Samuel, que estaba apoyado junto a la puerta, levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

La enfermera Li cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Guardé los historiales con calma.

—Me trasladan.

Clara abrió mucho los ojos.

—¿Adónde?

—Jingbei.

Samuel dejó de apoyarse en la puerta.

—¿Cuándo decidiste eso?

—Ayer.

—¿Ayer?

Su voz cambió.

No fue mucho.

Pero después de tres años observándolo, conocía cada variación.

Estaba molesto.

—Sí.

—¿Por qué?

Lo miré.

Era curioso.

Durante años había querido que Samuel me hiciera esa pregunta.

¿Por qué te quedas?

¿Por qué haces todo esto por mí?

¿Por qué sigues esperando?

Nunca la hizo.

Ahora quería saber por qué me marchaba.

—Porque allí necesitan médicos.

—Aquí también.

—Aquí tendrán reemplazo.

Samuel apretó la mandíbula.

Clara intervino:

—Pero te gusta la isla.

—Me gustaba.

Samuel clavó los ojos en mí.

—¿Tiene que ver conmigo?

Sentí algo romperse muy suavemente dentro de mi pecho.

No dolor.

Quizá el último hilo.

Sonreí.

—Samuel, no todo tiene que ver contigo.

Su expresión se endureció.

Por primera vez, fui yo quien salió de la habitación mientras él se quedaba mirándome marchar.

Los días continuaron.

Empecé a regalar mis libros.

Entregué mis pacientes crónicos al nuevo médico.

Guardé fotografías.

Cancelé el alquiler.

Cada pequeño trámite hacía mi partida más real.

Y cuanto más real se volvía…

más extraño se comportaba Samuel.

Aparecía con cualquier excusa.

Una vieja cicatriz que le molestaba.

Una consulta sobre medicamentos para mareos.

Una caja pesada que casualmente necesitaba mover.

Hasta que la enfermera Li murmuró:

—Tres años persiguiéndolo y ahora que te vas, parece un perro que ha perdido la puerta de su casa.

—No digas tonterías.

—¿Tonterías?

Señaló la ventana.

Samuel estaba afuera.

Esperándome.

Suspiré.

Al salir, me extendió un casco.

—Voy hacia el pueblo.

—Yo puedo caminar.

—Va a llover.

Miré el cielo despejado.

—No parece.

Samuel guardó silencio.

Entonces apareció Clara corriendo.

—¡Samuel!

Llevaba una bolsa en las manos.

—¿Puedes acompañarme al mercado?

Samuel la miró.

Después me miró a mí.

Antes habría sabido exactamente qué ocurriría.

Él iría con ella.

Yo sonreiría.

Y fingiría que no dolía.

Por eso empecé a caminar.

Pero Samuel habló.

—Clara, pídele a Chen que te lleve.

Me detuve.

Clara también.

—¿Qué?

—Tengo algo que hablar con Elena.

Fue la primera vez en tres años que Samuel eligió quedarse conmigo cuando Clara lo estaba esperando.

Y, extrañamente, ya no me hizo feliz.

Subí a su motocicleta.

Durante el camino ninguno habló.

Cuando llegamos al pequeño mirador sobre el puerto, Samuel frenó.

—¿Por qué Jingbei?

—Es una buena oportunidad.

—Está a más de mil kilómetros.

—Lo sé.

—No conoces a nadie allí.

—Conoceré gente.

Su mirada se oscureció.

—Elena.

—¿Qué?

—¿Por qué tanta prisa?

Me reí.

—Samuel, esperé tres años.

—No creo que puedas llamarlo prisa.

Él quedó completamente inmóvil.

El viento movió su camisa.

Abajo, el mar golpeaba las rocas.

—Así que sí es por mí.

—No.

Negué lentamente.

—Me voy por mí.

Eso pareció afectarlo más.

Samuel bajó la mirada.

—Sobre Clara…

—No tienes que explicarme nada.

—Quiero hacerlo.

—Pero yo ya no quiero escucharlo.

Por primera vez, vi algo parecido al desconcierto en sus ojos.

—Antes querías saberlo todo.

—Antes esperaba algo de ti.

Silencio.

—Ahora ya no.

Samuel abrió la boca.

Pero su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Clara.

No necesitaba escuchar.

Bajé del vehículo.

—Contesta.

—Elena…

—Está bien.

Sonreí.

—De verdad.

Y me marché caminando.

Esa noche terminé mi última caja.

Quedaban nueve días.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Era Clara.

Pero ya no sonreía.

Tenía los ojos rojos.

En una mano sostenía la cuerda azul y blanca.

Mi cuerda.

—Elena —susurró—, necesito preguntarte algo.

Miró los nudos.

Después me miró directamente.

—Samuel dijo que esto lo hicieron unas voluntarias.

Mi corazón dio un golpe.

Clara levantó la cuerda.

—Pero hoy la señora Zhou vio este nudo y dijo que solo una persona de la isla lo hace así.

Se acercó un paso.

—Dijo que fuiste tú.

No respondí.

Clara palideció.

—¿Tú se la regalaste?

Antes de que pudiera contestar, escuchamos pasos detrás de ella.

Samuel estaba en el corredor.

Su rostro había perdido todo color.

Y en su mano sostenía algo que reconocí inmediatamente.

Mi solicitud oficial de traslado a Jingbei.

Pero no era eso lo que me heló.

Era la fecha escrita en rojo en la parte superior.

Samuel levantó los ojos hacia mí.

—Elena…

Su voz sonó diferente.

—¿Por qué dice aquí que tu traslado fue aprobado hace tres meses?

Clara se giró hacia mí.

Yo dejé de respirar.

Porque aquel documento significaba que alguien había solicitado mi traslado mucho antes que yo.

Y debajo de la autorización…

aparecía una firma que conocía demasiado bien.

La firma de Samuel Shen.

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