Adrián tardó varios segundos en responder.
—No puedes decidir esto ahora.
—Ya lo decidí.
—Estás enferma.
—Y sigo sabiendo lo que quiero.
—Valeria…
—Quiero divorciarme.
Colgué.
Aquella noche dormí mejor que en meses.
No porque tuviera menos miedo.
Al día siguiente debía comenzar las pruebas previas a la cirugía y la palabra cáncer seguía apareciendo en mi cabeza cada vez que cerraba los ojos.
Pero, por primera vez, mi enfermedad era el único problema que tenía que enfrentar.
Ya no tenía que cargar también con un matrimonio muerto.
La cirugía fue programada para una semana después.
Marta estuvo conmigo desde las seis de la mañana.
Cuando una enfermera entró para llevarme al quirófano, miró hacia el pasillo.
—Hay un señor preguntando por usted.
No pregunté quién.
—No quiero verlo.
La enfermera asintió.
Marta me apretó la mano.
—Está aquí desde las cuatro.
Cerré los ojos.
Tres años antes yo había esperado sola después de perder a nuestro bebé.
Ahora Adrián estaba esperando por mí.
La diferencia era que ya no necesitaba que entrara.
La operación salió bien.
La lesión estaba localizada y los médicos pudieron retirarla.
Cuando desperté, Marta estaba a mi lado.
—¿Cómo salió?
—Bien.
Empezó a llorar.
Yo también.
Pero aquellas lágrimas eran diferentes.
No eran por Adrián.
Eran porque quería vivir.
Dos días después, Claudia apareció.
Se quedó junto a la puerta.
—¿Puedo entrar?
—Ya estás dentro.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
Permanecimos en silencio.
Finalmente dijo:
—Adrián terminó toda relación conmigo.
—No es asunto mío.
—Necesito decirte algo.
—¿Qué?
Claudia respiró hondo.
—El día del divorcio… mi hemorragia no era tan grave como él te hizo creer.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
—Los médicos me estabilizaron rápido.
Sentí algo frío dentro del pecho.
—Entonces podía haberse ido.
Claudia asintió.
—Sí.
—¿Y por qué no fue?
Sus ojos se llenaron de vergüenza.
—Le pedí que se quedara.
Me quedé quieta.
—Y se quedó.
—Sí.
Eso era todo.
No había una emergencia imposible.
No había una situación que lo hubiera obligado.
Adrián simplemente había vuelto a elegirme después.
Claudia empezó a llorar.
—Sé que te hice daño.
—Sí.
—Lo siento.
La observé durante unos segundos.
—Yo también lo siento.
Ella pareció sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque durante años te convertí en el centro de mi dolor.
Respiré despacio.
—Pero tú nunca fuiste mi marido.
Claudia bajó la cabeza.
No había nada más que decir.
Un mes después comenzó el proceso formal del divorcio.
Adrián dejó de discutir.
No sé qué cambió.
Quizá finalmente comprendió que ninguna visita al hospital, ninguna flor y ninguna disculpa podía devolverme los años en los que estuve sola estando casada.
El día de la audiencia llegó temprano.
Adrián esperaba fuera del juzgado.
Tenía algo en la mano.
Mi anillo.
—Lo encontré donde lo dejaste.
Lo miré.
—Puedes tirarlo.
—No quiero.
—Entonces guárdalo.
Su expresión se quebró.
—Valeria… he pensado mucho en el día del aborto.
No respondí.
—Durante años me dije que no sabía lo grave que era.
Levantó los ojos.
—Pero la verdad es que no pregunté porque tenía miedo de saberlo.
—Lo sé.
—Te fallé.
—Sí.
—Y después seguí haciéndolo.
No necesitaba castigarlo.
La verdad ya era suficiente.
—Lo siento.
Aquellas dos palabras eran exactamente las que durante años había querido escuchar.
Ahora no cambiaban nada.
—Te perdono, Adrián.
Su rostro se iluminó apenas.
—¿De verdad?
—Sí.
Hice una pausa.
—Pero no voy a volver contigo.
La esperanza desapareció.
—¿Nunca?
—Perdonar no significa regresar al lugar donde aprendiste a sobrevivir.
Adrián cerró lentamente la mano alrededor del anillo.
Esta vez no discutió.
Firmamos.
Cuando salí del juzgado, Marta me esperaba con dos cafés.
—¿Ya?
Miré el documento.
—Ya.
—¿Cómo te sientes?
Pensé durante unos segundos.
—Ligera.
Marta sonrió.
—Entonces vamos a celebrar.
—¿Un divorcio?
—Tu libertad.
Me reí.
Y fue una risa real.
Pasaron diez meses.
Mis revisiones continuaron mostrando buenos resultados.
Volví a trabajar.

Me mudé a un apartamento pequeño con un balcón lleno de plantas que casi maté durante las primeras semanas.
Aprendí a cocinar para una sola persona.
A ir al cine sola.
A dormir atravesada en la cama.
A contestar “estoy bien” sin mentir.
Una tarde, después de una revisión, salí del hospital y vi a Adrián.
Estaba al otro lado del vestíbulo.
No sabía que estaría allí.
Él tampoco esperaba verme.
Nos quedamos quietos.
Después se acercó.
—Hola.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Señaló vagamente hacia las consultas.
—¿La revisión?
—Todo bien.
El alivio en su cara fue auténtico.
—Me alegro.
—Gracias.
Silencio.
Entonces apareció una mujer desde el ascensor.
No era Claudia.
Adrián la saludó.
Ella sonrió.
Comprendí inmediatamente.
Y esperé sentir algo.
Celos.
Dolor.
Rabia.
Nada.
Solo tranquilidad.
Adrián pareció querer explicarse.
—Valeria, ella es…
—No tienes que explicarme nada.
Esta vez lo dije sin amargura.
Él también lo entendió.
—Tienes razón.
Sonreí.
—Cuídate, Adrián.
—Tú también.
Seguí caminando.
No miré atrás.
Aquella noche, Marta vino a cenar.
—¿Y no sentiste absolutamente nada?
—Nada malo.
—Eso significa que ya estás curada.
Negué.
—No.
Miré por la ventana.
—Curarse no significa olvidar.
Pensé en el bebé que perdí.
En la mujer que fui.
En las noches esperando.
En el informe médico que Adrián leyó y decidió ignorar.
Todo aquello seguía formando parte de mí.
Pero ya no dirigía mi vida.
—Significa que ya no duele igual.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Adrián.
“Me alegra saber que estás bien. No espero respuesta.”
Lo leí.
Después lo borré.
Marta levantó una ceja.
—¿No vas a contestar?
Sonreí.
—No.
—¿Por qué?
Dejé el teléfono boca abajo.
—Porque durante tres años siempre fui yo quien esperaba que él llegara.
Tomé mi taza.
—Ahora tengo una vida que no necesita esperar a nadie.
Y por primera vez desde que salí sola de aquel Registro Civil, comprendí que el divorcio no había sido el final de mi historia.
Había sido el día en que finalmente volví a elegirme a mí misma.