PARTE 2: CUANDO DESCUBRÍ POR QUÉ QUERÍA VIVIR FRENTE A MÍ, YA ERA DEMASIADO TARDE.

Durante las siguientes dos semanas, fingí que nada había cambiado.

Le envié a Vanessa fotografías del supuesto apartamento 1601.

Le hablé de un sofá beige que quería comprar.

De una mesa de comedor de nogal.

De unas cortinas blancas que, según yo, ya había encargado.

Ella reaccionaba a cada mensaje con un entusiasmo casi exagerado.

—¡Tenemos exactamente el mismo gusto! —decía.

Tres días después me envió una fotografía de su reforma.

Había comprado un sofá casi idéntico.

La misma mesa.

Las mismas cortinas.

Sentí un escalofrío.

Aquello ya no era admiración.

Vanessa estaba intentando reproducir mi vida pieza por pieza.

Pero todavía faltaba entender por qué.

Entonces decidí mentirle.

Una noche, durante la cena, mencioné casualmente que Daniel y yo pensábamos celebrar nuestra boda civil antes de mudarnos.

Vanessa dejó el tenedor sobre el plato.

—¿Antes?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Quizás el próximo mes.

Su sonrisa permaneció intacta.

Pero sus dedos se tensaron alrededor de la copa.

—Qué rápido.

Daniel no notó nada.

Yo sí.

Después de cenar, Vanessa insistió en acompañarme al baño del restaurante.

Mientras me lavaba las manos, se colocó a mi lado.

—¿Estás segura de casarte tan pronto?

La miré por el espejo.

—¿Por qué no?

—No sé. Daniel es maravilloso, pero el matrimonio cambia a la gente.

—Pensé que te encantaba Daniel.

Ella sonrió.

—Claro. Solo quiero protegerte.

Otra vez aquella palabra.

Protegerme.

Aquella noche revisé algo que había evitado durante años.

Mis antiguos mensajes.

Fotografías.

Correos.

Busqué el nombre de Vanessa junto al de Daniel.

Y encontré algo extraño.

Cinco años atrás, mucho antes de que Daniel y yo comenzáramos a salir, Vanessa ya lo seguía en redes sociales.

Había comentado varias de sus fotografías.

Nada comprometedor.

Pero suficiente para hacerme recordar una conversación olvidada.

La noche en que conocí a Daniel, Vanessa había sido quien insistió en que fuera a aquella fiesta.

También había desaparecido durante casi una hora.

Al día siguiente me preguntó demasiados detalles sobre él.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Llamé a Daniel.

—¿Conocías a Vanessa antes de conocerme?

Hubo silencio.

Demasiado largo.

—¿Por qué preguntas eso?

Mi corazón empezó a golpear con fuerza.

—Respóndeme.

Daniel suspiró.

—La conocí una vez.

Me quedé inmóvil.

—¿Una vez?

—Salimos durante unas semanas.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué?

—Fue antes de ti. Nunca fue serio.

—¿Y por qué ninguno de los dos me lo contó?

—Porque Vanessa me pidió que no lo mencionara.

Cerré los ojos.

De repente todo tenía sentido.

El coche.

El trabajo.

Las clases.

El apartamento.

Incluso Daniel.

—¿Por qué terminaron?

Otra pausa.

—Ella se volvió demasiado intensa.

—¿Qué significa eso?

—Llamaba constantemente. Aparecía donde yo estaba. Se enfadaba si hablaba con otras mujeres.

Daniel bajó la voz.

—Cuando conocí a alguien más, empezó a seguirla también.

Sentí frío.

—¿A quién?

—A ti.

No pude responder.

Daniel continuó:

—Cuando empezaste a salir conmigo, pensé que tú y Vanessa ya eran amigas desde hacía años. Creí que todo estaba superado.

Sí.

Éramos amigas desde hacía años.

Y eso era precisamente lo aterrador.

Vanessa no había entrado en mi vida por Daniel.

Daniel había entrado en la mía después de que Vanessa ya estuviera dentro.

Al día siguiente fui directamente a la promotora inmobiliaria.

—Quiero cancelar la compra.

El agente me miró sorprendido.

—¿El 1603?

—Sí.

—Perderá parte del depósito.

—No importa.

Firmé.

Después alquilé temporalmente otro apartamento en una zona completamente diferente.

No se lo dije a nadie excepto a Daniel y a mi hermana.

Dos días después Vanessa me llamó.

—¿Cuándo empiezas la reforma?

—La próxima semana.

—¡Perfecto! La mía casi está lista.

Su entusiasmo me revolvió el estómago.

—Vanessa.

—¿Sí?

—¿Por qué compraste el 1602?

Silencio.

Solo duró un segundo.

—¿Qué?

—El apartamento frente al mío.

Su voz cambió.

—¿Quién te dijo eso?

No contesté.

—¿Por qué lo escondiste?

—Porque quería sorprenderte.

—Le pediste al vendedor que no me dijera nada.

—Precisamente porque era una sorpresa.

—También preguntaste cuándo iba a mudarme.

Otro silencio.

—Somos amigas. ¿Qué tiene de extraño?

Respiré lentamente.

—Nada.

Y colgué.

Esa misma noche recibí un mensaje del agente.

“Señorita, su amiga acaba de venir. Descubrió que usted canceló el apartamento. Está muy alterada.”

Cinco minutos después llamaron a mi puerta.

No abrí.

Era Vanessa.

—¡Sé que estás ahí!

Su voz atravesó el pasillo.

—¿Por qué cancelaste?

Me alejé de la puerta.

—Vanessa, vete.

—¡Hablemos!

—No.

Entonces dijo algo que me heló.

—¿Daniel te contó lo nuestro?

No respondí.

La manija se movió.

Una vez.

Dos veces.

—Yo lo conocí primero —dijo desde afuera.

Su voz ya no era dulce.

—Tú siempre haces eso.

Fruncí el ceño.

—¿Hago qué?

—Quedarte con las cosas que deberían ser mías.

Abrí la aplicación de seguridad del edificio y activé la grabación.

—Vanessa, márchate.

Ella soltó una risa extraña.

—Primero fue la beca.

Recordé la universidad.

Las dos habíamos solicitado la misma beca.

Yo la había ganado.

—Después el trabajo.

Mi primer empleo había sido en una empresa donde ambas habíamos enviado solicitudes.

—Después Daniel.

Sentí que se me erizaba la piel.

—Y ahora ibas a tener la vida perfecta justo enfrente de mí.

Su voz bajó.

—Pensé que si vivíamos juntas otra vez podría arreglar las cosas.

—¿Qué cosas?

—Todo.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Vanessa nunca había querido copiarme simplemente.

Quería demostrar que podía convertirse en mí.

—Necesitas ayuda —dije.

Golpeó la puerta.

—¡No me hables como si estuviera loca!

Llamé a seguridad.

También llamé a Daniel.

Vanessa continuó golpeando hasta que dos guardias llegaron y la obligaron a marcharse.

Mientras se la llevaban, gritó:

—¡No puedes desaparecer de mi vida!

Pero eso fue exactamente lo que hice.

Cancelé el apartamento.

Cambié de número.

Bloqueé todas sus cuentas.

Informé a mi trabajo.

Y durante varios meses evité publicar cualquier información sobre dónde vivía.

Daniel también cortó todo contacto con ella.

Nuestra boda se pospuso.

No porque Vanessa hubiera ganado.

Sino porque después de descubrir tantos secretos necesitábamos reconstruir nuestra confianza sin prisas.

Seis meses después, el antiguo agente inmobiliario me llamó.

—Pensé que debía saberlo.

—¿Qué pasó?

—La señorita Vanessa vendió el 1602.

Sentí alivio.

Hasta que añadió:

—Encontramos algo durante la inspección.

—¿Qué?

El hombre dudó.

—Una pared de su dormitorio estaba llena de fotografías.

Se me secó la boca.

—¿Fotografías de qué?

—De usted.

Fotos de la universidad.

De mi trabajo.

De Daniel y yo saliendo de restaurantes.

De viajes.

Incluso algunas tomadas desde lejos que yo jamás había visto.

El agente llamó a la policía.

La investigación confirmó que Vanessa llevaba años siguiéndome de forma mucho más obsesiva de lo que yo había imaginado.

Recibió una orden judicial que le prohibía acercarse o contactarme.

Nunca volví a verla.

Un año después, Daniel y yo compramos otra casa.

En otra ciudad.

El día que recibimos las llaves, me quedé unos segundos frente a la puerta.

Daniel me tomó de la mano.

—¿Estás bien?

Miré el jardín.

Las ventanas.

La calle tranquila.

Y sonreí.

—Ahora sí.

Vanessa había pasado años convenciéndome de que éramos inseparables.

Yo confundí vigilancia con preocupación.

Imitación con cariño.

Obsesión con amistad.

Pero aquel día, cuando descubrí que había comprado el apartamento frente al mío en secreto, no perdí a mi mejor amiga.

Descubrí que quizá nunca había tenido una.

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