Me quedé mirando el último mensaje durante varios segundos.
“Creo que alguien dentro del hospital está ayudándolo.”
Sentí que la tranquilidad que había conseguido después de escuchar que mi bebé estaba sano desaparecía de golpe.
No porque Ethan supiera que estaba embarazada.
Eso tarde o temprano podía descubrirlo.
Lo que me inquietaba era otra cosa.
Había intentado entrar en un expediente médico que no le pertenecía.
Marqué inmediatamente el número desde el que me habían escrito.
Respondió una mujer.
—Señora Foster, soy Laura Méndez, supervisora del área de privacidad del hospital.
—¿Cómo obtuvo Ethan Reed información sobre mí?
—Todavía estamos investigándolo. Pero alguien consultó su historial desde una terminal interna pocos minutos después de que usted saliera.
Apreté el teléfono.
—¿Qué vio?
—Intentaron abrir los resultados completos. El sistema bloqueó parte de la información porque su expediente tiene protección adicional.
Respiré aliviada.
—¿Sabe quién fue?
Hubo una pausa.
—La cuenta utilizada pertenece a la doctora Grace Miller.
Me detuve en mitad del estacionamiento.
—¿Grace?
—Sí.
Miré hacia las puertas del hospital.
Grace había salido del edificio apenas media hora antes.
Y había fingido no saber absolutamente nada sobre mi embarazo.
—Quiero una investigación formal.
—Ya está abierta.
—Y quiero que nadie entregue información a Ethan Reed.
—Quedará registrado.
Colgué.
Durante los siguientes dos días, Ethan llamó seis veces.
No respondí.
Después llegaron los mensajes.
“Tenemos que hablar.”
“Sé que estás embarazada.”
“¿De cuánto tiempo?”
“Respóndeme, Natalie.”
Finalmente escribió:
“¿Es mío?”
Solté una carcajada.
Habían pasado tres años desde nuestra boda destruida.
Tres años sin una sola disculpa real.
Y ahora bastaba con que viera mi vientre para creer que todavía tenía derecho a interrogarme.
Bloqueé su número.
Aquella misma tarde recibí otra llamada.
Era mi jefe.
—Natalie, necesitamos que vengas mañana a la reunión con Reed Biotech.
Mi mano se detuvo sobre el teclado.
—¿Reed?
—Han solicitado participar en el proyecto Foster-Aurelia.
Claro.
El destino todavía no había terminado de divertirse conmigo.
A la mañana siguiente entré en la sala de juntas con un traje gris y una carpeta bajo el brazo.
Ethan ya estaba allí.
Se levantó al verme.
—Natalie.
No respondí.
Tomé asiento frente a él.
El director del proyecto comenzó la presentación.
Durante casi una hora hablamos exclusivamente de negocios.
Presupuestos.
Patentes.
Plazos.
Cuando terminó la reunión, todos comenzaron a salir.
Ethan permaneció sentado.
Yo recogí mis documentos.
—Necesito hablar contigo.
—Solicita una cita con mi asistente.
—No estoy hablando del proyecto.
—Entonces no tenemos nada que discutir.
Se levantó.
—Estás embarazada de tres meses.
Mis dedos se tensaron alrededor de la carpeta.
—¿Cómo sabes exactamente cuánto tiempo?
Él guardó silencio.
—¿Entraste en mi expediente?
—Solo quería saber si estabas bien.
—Eso no responde.
—Grace conoce gente en el hospital.
Ahí estaba.
La confesión.
—Entonces sí.
Ethan pareció darse cuenta demasiado tarde.
—Natalie, no fue con mala intención.
Lo miré incrédula.
—Tres años después y sigues diciendo exactamente lo mismo.
—¿Qué significa eso?
—Que cada vez que Grace cruza un límite, tú encuentras una explicación.
Su mandíbula se tensó.
—No metas a Grace en esto.
—Ella utilizó sus contactos para acceder a información médica privada.
—Lo hizo porque yo estaba preocupado.
—Eso no mejora las cosas.
Intenté marcharme.
Ethan bloqueó la puerta.
—Solo responde una pregunta.
—Apártate.
—¿Quién es el padre?
Lo miré directamente.
—No eres tú.
La respuesta cayó entre nosotros.
Su rostro perdió el color.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Ethan retrocedió.
Por primera vez pareció entender que había ocurrido algo durante aquellos tres años en los que él había supuesto que mi vida permanecía congelada esperándolo.
—¿Te casaste?

—No.
—Entonces…
—Mi vida privada dejó de ser asunto tuyo el día que abandonaste nuestra boda.
Aquella frase lo silenció.
Salí.
Dos horas después, mi teléfono comenzó a llenarse de mensajes.
No de Ethan.
De antiguos compañeros.
Grace había publicado otra fotografía.
Esta vez no era una ecografía.
Era una imagen de Ethan saliendo detrás de mí del edificio de Foster Technologies.
El texto decía:
“A veces el pasado intenta regresar justo cuando estás formando una familia.”
Los comentarios comenzaron inmediatamente.
“Ten cuidado con ciertas mujeres.”
“Algunas nunca aceptan haber perdido.”
“Grace, protege a tu bebé.”
Mi amiga me llamó furiosa.
—Natalie, quiere hacer parecer que estás intentando recuperarlo.
—Que lo intente.
—¿No vas a responder?
—Sí.
Pero no en internet.
Aquella tarde, el departamento legal del hospital envió una notificación formal.
La investigación había terminado.
Grace había utilizado las credenciales de una enfermera para consultar mi expediente.
Y no era la primera vez que accedía a información sin autorización.
Había otros tres casos.
Uno de ellos relacionado con una antigua compañera de trabajo que había presentado una queja contra Ethan dos años antes.
Eso cambió todo.
Grace no era simplemente una mujer insegura.
Llevaba años utilizando información privada para controlar situaciones que podían perjudicarla.
El hospital suspendió sus privilegios inmediatamente.
Ethan apareció en mi edificio aquella noche.
No consiguió subir.
Seguridad me llamó desde recepción.
—Dice que es urgente.
—No lo es.
Cinco minutos después recibí un correo.
“Natalie, Grace ha sido suspendida. Necesito saber qué dijiste.”
Leí la frase dos veces.
Ni siquiera ahora preguntaba qué había hecho Grace.
Preguntaba qué había dicho yo.
Respondí por primera vez.
“No dije nada falso. Esa es la diferencia entre nosotros.”
Dos semanas después llegó la reunión de antiguos alumnos.
No pensaba asistir.
Pero mi amiga apareció en mi casa con un vestido.
—Vas.
—Estoy embarazada y cansada.
—Precisamente. Vas a entrar, comer postre gratis y demostrar que sigues viva.
Terminé aceptando.
Cuando llegué, varias conversaciones se detuvieron.
Ethan estaba al fondo.
Grace estaba a su lado.
Ya no parecía tan frágil.
Parecía furiosa.
Me ignoraron durante casi una hora.
Hasta que un antiguo compañero se acercó.
—Natalie, escuché que vas a ser madre. Felicidades.
Sonreí.
—Gracias.
—¿Y el padre?
Antes de que pudiera contestar, una voz masculina respondió detrás de mí.
—Yo.
Me quedé inmóvil.
Ethan también.
Todos giraron.
Daniel Foster acababa de entrar.
Director de Foster Technologies.
Mi antiguo compañero de investigación.
Y el hombre con quien había reconstruido mi vida después de marcharme.
Se acercó y colocó una mano protectora sobre mi hombro.
Ethan lo reconoció inmediatamente.
—¿Foster?
Daniel asintió.
—Reed.
Grace miró mi vientre.
Después miró a Daniel.
—Entonces… ¿ustedes?
—Estamos juntos —respondió él.
Ethan dejó la copa sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Desde cuándo.
Daniel levantó una ceja.
—No creo que eso sea asunto tuyo.
Yo casi sonreí.
Era exactamente la frase que Ethan llevaba semanas negándose a entender.
Grace se aferró a su brazo.
—Cariño, vámonos.
Pero Ethan no se movió.
Miraba a Daniel.
Después a mí.
Finalmente bajó la vista hacia mi vientre.
—Entonces es suyo.
—Sí —respondí.
Su rostro cambió.
No fue rabia.
Fue comprensión.
Tres años antes me había dejado frente a cientos de invitados creyendo que siempre podría volver.
Nunca imaginó que mientras él construía una vida alrededor de Grace, yo aprendería a vivir sin él.
Daniel tomó mi mano.
—¿Quieres irnos?
Asentí.
Antes de marcharnos, Ethan pronunció mi nombre.
—Natalie.
Me volví.
Parecía querer decir muchas cosas.
Solo consiguió una.
—Lo siento.
Lo miré durante unos segundos.
Tres años atrás esas palabras habrían significado el mundo.
Ahora apenas llegaban tarde.
—Espero que algún día entiendas por qué deberías sentirlo.
Y me fui.
Meses después nació mi hijo.
Daniel estuvo conmigo desde el primer momento.
No prometió salvarme.
No me pidió que compitiera con nadie.
Simplemente estuvo.
Grace perdió definitivamente sus privilegios profesionales después de la investigación.
Su relación con Ethan tampoco sobrevivió mucho tiempo.
Cuando él descubrió hasta dónde habían llegado sus manipulaciones, comprendió demasiado tarde cuánto había justificado durante años.
Pero esa parte ya no me pertenecía.
Una tarde, mientras sostenía a mi hijo junto a la ventana, recibí una fotografía enviada por mi amiga.
Ethan aparecía solo en una ceremonia empresarial.
Debajo había escrito:
“Algunas decisiones parecen pequeñas hasta que descubres todo lo que te costaron.”
Apagué el teléfono.
Daniel entró en la habitación y tomó al bebé entre sus brazos.
Nuestro hijo abrió los ojos.
Sonreí.
Ethan había pensado que abandonar nuestra boda era una pausa.
Que yo seguiría esperando donde me había dejado.
Nunca comprendió que el día que salió de aquel salón, no solo canceló una ceremonia.
Canceló el futuro que alguna vez habría podido tener conmigo.
Y cuando tres años después quiso averiguar de quién era el bebé que crecía dentro de mí, la respuesta ya no podía cambiar nada.
Porque por primera vez en mi vida, mi felicidad no dependía de que Ethan eligiera quedarse.