Aaron miró al bebé durante varios segundos.
Después levantó los ojos hacia mí.
—No se parece a mí.
Pensé que estaba bromeando.
Acababa de pasar horas de parto. Apenas podía mantener los ojos abiertos y él estaba analizando los rasgos de un recién nacido.
—Aaron, acaba de nacer.
Pero no sonrió.
Miró nuevamente al pequeño.
—Su cabello es demasiado oscuro.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué estás insinuando?
La enfermera que estaba junto a nosotros dejó de acomodar los instrumentos.
Aaron bajó la voz.
—Quiero una prueba de ADN.
El cansancio desapareció de golpe.
—¿Qué?
—Quiero estar seguro.
Lo miré sin reconocer al hombre frente a mí.
Ocho años.
Cinco embarazos.
Cuatro hijas.
Y después de suplicarme durante años por un hijo, lo primero que hacía al tenerlo finalmente en brazos era acusarme de haberlo engañado.
—Dame al bebé.
—Solo estoy diciendo…
—Dámelo.
La enfermera intervino y tomó cuidadosamente al pequeño antes de colocarlo sobre mi pecho.
Aaron se pasó una mano por el cabello.
—No quiero discutir ahora.
—Entonces vete.
—Emily.
—Vete.
Y se fue.
Los siguientes dos días fueron peores.
Aaron regresaba al hospital.
Traía flores.
Preguntaba cómo estaba el bebé.
Pero ya no lo sostenía.
Cuando nuestras hijas llegaron a conocer a su hermano, la mayor, Lily, corrió hacia mí.
—¡Mamá! ¿Papá está feliz?
Miré a Aaron.
Él apartó los ojos.
—Claro que sí —mentí.
Las niñas rodearon la cuna.
—Es pequeñísimo.
—Tiene la nariz de mamá.
—¿Podemos llevarlo a casa hoy?
Aaron se tensó cuando escuchó aquello.
La nariz de mamá.
No la suya.
Aquella noche finalmente exploté.
—¿Qué esperabas exactamente?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Lo miré.
—Esperabas una copia de ti mismo.
Aaron guardó silencio.
—Querías un hijo para llevar tu apellido. Para parecerse a ti. Para demostrar algo.
—No conviertas esto en otra cosa.
—¿En qué debería convertirlo? Porque llevas dos días mirando a nuestro bebé como si fuera evidencia de un crimen.
Aaron apretó la mandíbula.
—Haz la prueba y terminamos con esto.
Lo observé durante unos segundos.
—Bien.
Su expresión se relajó.
—Pero habrá una condición.
—¿Cuál?
—Cuando confirme que es tu hijo, iremos a terapia.
—Emily…
—Y jamás volverás a tratar a nuestras hijas como cuatro intentos fallidos antes de conseguir al niño correcto.
Aaron palideció.
—Nunca he hecho eso.
—Entonces no tendrás problema en demostrarlo.
La prueba se realizó.
Esperamos cuatro días.
Aaron estuvo extraño durante todos ellos.
Dormía poco.
Revisaba el teléfono constantemente.
Y dos veces lo escuché hablando en voz baja con su madre.
El cuarto día recibimos la llamada.
—Los resultados están disponibles.
Aaron quiso ir solo.
Me negué.
Nos sentamos juntos frente al médico.
Nuestro hijo dormía en mis brazos.
—La prueba confirma una probabilidad de paternidad superior al 99,9 %.
Aaron soltó el aire.
Yo no.
No sentí satisfacción.
Solo tristeza.
—¿Ya está? —pregunté.
Aaron me tomó la mano.
—Emily, lo siento.
La retiré.
—No.
—Estaba asustado.
—¿De qué?
Aaron no respondió.
El médico miró sus documentos.
Entonces frunció el ceño.
—Disculpen.
Aaron se tensó.
—¿Qué?
—Hay algo que quizá deberíamos aclarar.
El médico volvió a mirar los resultados.
—La paternidad está confirmada. No existe ninguna duda sobre eso.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Durante el análisis apareció un marcador que normalmente no tendría importancia.
Aaron perdió el color.
Lo noté inmediatamente.
—¿Qué marcador?
El médico me miró.
—Por sí solo no permite sacar conclusiones. Recomendaría una consulta genética si existen antecedentes familiares relevantes.
Me giré hacia Aaron.
—¿Tenemos alguno?
—No.
Respondió demasiado rápido.
—Aaron.
—He dicho que no.
Pero conocía a mi esposo.
Estaba mintiendo.
Esa noche, después de acostar a las niñas, encontré a Aaron sentado en el garaje.
Tenía una vieja caja de fotografías abierta.
—¿Qué buscas?
La cerró de golpe.
—Nada.
—Desde que nació nuestro hijo actúas como si hubieras visto un fantasma.
Aaron se quedó quieto.
Entonces comprendí algo.
—No dijiste que no se parecía a ti porque sospecharas de mí.
Silencio.
—Había otra razón.
Sus ojos se cerraron.
—Emily…
—Dímela.
Tardó casi un minuto.
Finalmente sacó una fotografía.
Aparecía un niño de unos cinco años.
Cabello oscuro.
Ojos grandes.
La misma forma de la boca que nuestro bebé.
—¿Quién es?
Aaron apenas consiguió responder.
—Mi hermano.
Parpadeé.
—No tienes hermanos.
—Eso es lo que te dije.
Sentí frío.
—¿Cómo se llamaba?
—Nathan.
Aaron miró la fotografía.
—Murió cuando yo tenía siete años.
Me senté frente a él.
—¿Por qué nunca me hablaste de él?
—Porque mi familia dejó de hablar de Nathan después de su muerte.
—¿Y qué tiene que ver con nuestro hijo?
Aaron tragó saliva.
—Cuando vi al bebé… vi su cara.
Miré la fotografía otra vez.
El parecido era inquietante.
—¿Por eso pediste la prueba?
Aaron negó lentamente.
—No exactamente.
Entonces sacó un sobre antiguo.
—Mi madre me dio esto cuando nació Lily.
—¿Qué es?
—Un informe médico de Nathan.
Lo abrí.

Había términos que no entendía.
—¿Qué significa?
Aaron tenía los ojos húmedos.
—Nathan tenía una enfermedad genética.
Sentí que se me hundía el pecho.
Instintivamente miré hacia la casa.
Nuestro bebé dormía arriba.
—¿Nuestro hijo puede tenerla?
—No lo sé.
—¿Y nuestras hijas?
Aaron no respondió.
—Aaron.
—Podrían ser portadoras.
Me levanté de golpe.
—¿Sabías esto antes de que tuviéramos hijos?
Su silencio fue suficiente.
Sentí más rabia que cuando había pedido la prueba de ADN.
—Lo sabías.
—Mi madre dijo que las posibilidades eran mínimas.
—¡Tuvimos cinco hijos!
—Emily…
—¡Me pediste que siguiera quedándome embarazada porque querías un varón y nunca me contaste esto!
Aaron se levantó.
—Pensé que no ocurriría.
—¿Pensaste?
Entonces alguien golpeó la puerta del garaje.
Era su madre.
Margaret.
Tenía el rostro desencajado.
—Tenemos que hablar.
La miré.
—Sí. Creo que tenemos muchísimo de qué hablar.
Pero Margaret no miraba a Aaron.
Miraba el informe que yo sostenía.
—¿Dónde encontraste eso?
—Aaron me lo enseñó.
Ella cerró los ojos.
—Dios mío.
Aaron frunció el ceño.
—Mamá, ¿qué pasa?
Margaret entró y cerró la puerta.
—Ese informe no debía estar ahí.
—¿Por qué?
Sus manos empezaron a temblar.
—Porque Nathan no murió por esa enfermedad.
Aaron quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
Margaret comenzó a llorar.
—Estoy diciendo que Nathan no murió.
El silencio fue absoluto.
Aaron soltó una risa nerviosa.
—Eso no tiene sentido.
—Tu padre me obligó a decirte que había muerto.
—¿Dónde está?
Margaret levantó los ojos.
—No lo sé.
—¡¿Cómo que no lo sabes?!
Ella retrocedió.
—Lo entregaron a otra familia.
Aaron parecía incapaz de respirar.
Yo todavía sostenía la fotografía.
—¿Por qué harían algo así?
Margaret me miró.
Y su siguiente frase hizo que entendiera que el secreto era mucho peor de lo que habíamos imaginado.
—Porque Nathan no era hijo de tu padre.
Aaron palideció.
—Mamá…
Margaret señaló el informe genético.
—Y si vuestro bebé tiene el mismo marcador que Nathan, entonces hay algo sobre tu propio origen que también debemos comprobar.
Miré a mi esposo.
—¿Qué quiere decir?
Margaret tardó varios segundos en responder.
—Que antes de hacerle más pruebas al bebé, Aaron debería hacerse una prueba de ADN con el hombre que cree que fue su padre.