Alexander Bennett permaneció inmóvil en la entrada.
El silencio fue tan profundo que pude escuchar el leve tintineo de la cucharilla que la madre de Adrian acababa de soltar sobre el plato.
Alexander tenía treinta y siete años, doce más que Adrian, y era exactamente lo contrario de su sobrino.
Adrian era fuego descontrolado.
Alexander era hielo.
Nunca levantaba la voz. Nunca necesitaba hacerlo.
Había convertido una pequeña división casi olvidada de Bennett Group en la empresa más rentable de toda la familia y, desde entonces, incluso su hermano mayor medía cuidadosamente las palabras delante de él.
Sus ojos oscuros se clavaron en mí.
—Te pregunté algo, Elena.
—¿Estás segura de que quieres cambiar de novio… y elegirme a mí?
Sentí que todos contenían la respiración.
Me levanté.
—Sí.
La madre de Adrian palideció.
—Elena, estás alterada por lo ocurrido anoche. No puedes decidir un matrimonio para vengarte de Adrian.
—No es venganza.
Alexander entrecerró ligeramente los ojos.
Él sabía que estaba mintiendo.
Al menos en parte.
Porque todavía me dolía Adrian.
No podía borrar años de amor en una noche.
Pero tampoco podía olvidar mi otra vida.
Aquella vida que regresaba a mí en sueños desde hacía meses.
En ella había esperado a Adrian durante años.
Lo perdoné cuando me humilló.
Cuando eligió a Chloe.
Cuando canceló nuestra boda.
Incluso cuando regresó rogándome otra oportunidad, volví a creerle.
Y terminé muriendo sola.
Pero hubo alguien junto a mi cama aquella última noche.
Alexander.
Recordaba su mano sujetando la mía.
Recordaba lágrimas cayendo sobre mis dedos.
Y sobre todo recordaba aquellas palabras:
«Si hubiera llegado antes… jamás habría permitido que te destruyera».
Por eso levanté la barbilla.
—No estoy jugando.
Alexander caminó lentamente hacia mí.
Se detuvo a menos de un metro.
—Entonces mírame.
Lo hice.
—Dime que entiendes lo que significa casarte conmigo.
—Lo entiendo.
—No, Elena.
Su voz bajó.
—Todavía no.
Entonces tomó el anillo que yo había dejado sobre la mesa.
Todos pensaron que iba a devolvérmelo.
En cambio, lo sostuvo entre dos dedos y miró a su hermano.
—Este compromiso fue acordado entre los Bennett y los Valdés. ¿Correcto?
El padre de Adrian tardó en responder.
—Sí.
—El acuerdo especificaba que Elena debía casarse con Adrian.
Silencio.
—No exactamente —admitió finalmente—. Nuestros padres redactaron el acuerdo cuando ellos eran niños. Habla de una unión entre ambas familias.
Alexander volvió sus ojos hacia mí.
—Entonces no existe ningún impedimento.
La madre de Adrian se levantó bruscamente.
—¡Alexander!
Y justo entonces la puerta volvió a abrirse.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Reconocí aquella voz inmediatamente.
Adrian.
Entró con la camisa arrugada y el cabello todavía húmedo.
Chloe venía detrás de él.
Por supuesto.
Adrian miró el anillo en la mano de su tío.
Después me miró.
—Mamá me llamó diciendo que quieres cancelar nuestro compromiso.
—Tu madre entendió mal.
Una sonrisa arrogante apareció en su rostro.
—Lo sabía.
—No voy a cancelar la unión entre nuestras familias.
Su sonrisa se amplió.
Entonces terminé:
—Voy a casarme con Alexander.
La expresión de Adrian desapareció.
Chloe abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Adrian soltó una carcajada.
—Muy gracioso.
Nadie respondió.
Entonces miró a su padre.
—Papá.
Su padre desvió la mirada.
Adrian dejó de sonreír.
—¿Hablan en serio?
Alexander respondió por todos.
—Completamente.
Algo oscuro cruzó el rostro de Adrian.
Se acercó y me agarró de la muñeca.
—Ven conmigo.
Antes de que pudiera reaccionar, Alexander atrapó su brazo.
No hubo violencia.
Solo presión suficiente para obligarlo a soltarme.
—No vuelvas a tocar a mi futura esposa de esa manera.
El aire pareció congelarse.
Adrian miró primero la mano de su tío y después su rostro.
—¿Tu futura esposa?
Alexander no pestañeó.
—Eso he dicho.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadera furia en los ojos de Adrian.
—Elena es mi prometida.
No pude evitar reírme.
—Curioso.
Él se volvió hacia mí.
—¿Qué?
—Anoche no parecía importarte demasiado.
Chloe intervino rápidamente.
—Elena, todo esto es culpa mía. Yo solo quería aquellos pasteles y Adrian…
—No tienes que explicarme nada.
Ella parpadeó.
—¿No?
—Puedes quedártelo.
Adrian apretó la mandíbula.
—No soy algo que puedas regalar.
—Tienes razón. Porque ya no eres asunto mío.
Eso pareció herirlo más de lo esperado.
Me observó durante varios segundos.
—Estás haciendo esto para provocarme.
—Piensa lo que quieras.
—Cuando se te pase la rabieta, hablaremos.
Entonces Alexander hizo algo que ninguno esperaba.
Sacó una pequeña caja negra del bolsillo de su abrigo.
Mi respiración se detuvo.
La abrió.
Dentro había un anillo de diamantes.
No enorme.
No ostentoso.
Pero lo reconocí.
Era exactamente el mismo anillo que Alexander había colocado junto a mi cama antes de que yo muriera en aquella otra vida.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
¿Cómo podía existir ahora?
Alexander sostuvo mi mirada.
—Lo compré hace tres años.
Mi corazón golpeó violentamente.
—¿Tres años?
—Sí.
Adrian miró a su tío, desconcertado.
—¿Por qué comprarías un anillo de compromiso hace tres años?
Alexander permaneció en silencio.
Pero yo conocía la respuesta.
O creía conocerla.
Entonces se arrodilló delante de todos.
La madre de Adrian se llevó una mano a la boca.
Adrian dio un paso adelante.
—Tío, no hagas esto.
Alexander ni siquiera lo miró.
—Elena Valdés, si realmente quieres elegirme, no permitiré que mañana vuelvas a ser la prometida de mi sobrino.
Extendió la mano.
—Cásate conmigo.
Mis dedos temblaron.
Adrian perdió completamente la compostura.
—¡Elena!
Pero yo puse mi mano sobre la de Alexander.
—Sí.
Alexander deslizó el anillo en mi dedo.
Encajó perfectamente.
Demasiado perfectamente.
Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.
Alexander se inclinó hacia mí y susurró tan bajo que nadie más pudo escucharlo:
—Esta vez llegué antes.
Todo mi cuerpo se congeló.

Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué acabas de decir?
Sus ojos cambiaron.
Solo durante un instante.
Pero fue suficiente.
Alexander lo sabía.
Recordaba la otra vida.
Antes de que pudiera preguntarle nada, Adrian golpeó la mesa.
—¡Esto no va a suceder!
Su padre se levantó.
—Adrian, tú provocaste esto.
—¡Ella me ama a mí!
Aquellas palabras hicieron que todos callaran.
Adrian respiraba con dificultad.
Chloe estaba pálida detrás de él.
—Elena lleva años detrás de mí —continuó—. No puede despertarse una mañana y decidir que ama a otro hombre.
Alexander se puso de pie lentamente.
—Eso no te preocupaba cuando la dejaste sola en su cumpleaños.
Adrian lo miró con odio.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Alexander sonrió apenas.
—Ahora tiene todo que ver conmigo.
Adrian dio un paso hacia él.
Pero Chloe agarró su brazo.
—Adrian, vámonos.
Él se soltó.
—¡No!
Entonces me señaló.
—Quiero hablar contigo a solas.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Sacó su teléfono.
Por primera vez advertí que su mano temblaba.
Abrió una fotografía y dejó el móvil sobre la mesa.
Mi sangre se enfrió.
Era una imagen tomada hacía tres años.
Alexander aparecía entrando en una joyería.
La fecha coincidía exactamente con el día que acababa de mencionar.
Y junto a la fotografía había una captura de un mensaje enviado desde su número.
Solo contenía una frase:
«Guarda el anillo. Elena terminará siendo mía».
Miré lentamente a Alexander.
Él ya no sonreía.
—Eso es imposible —dijo.
Adrian me sostuvo la mirada.
—¿Todavía quieres casarte con él?
Alexander tomó el teléfono.
Su expresión se endureció al ver el mensaje.
Entonces recibió una llamada.
Miró la pantalla.
Y por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, vi miedo verdadero en sus ojos.
Respondió.
—¿Qué ocurrió?
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro perdió todo color.
—¿Cuándo?
Silencio.
Después me miró directamente.
—No dejen salir a Elena de esta casa.
Sentí un escalofrío.
—Alexander, ¿qué pasa?
Él colgó.
Y cuando respondió, su voz ya no tenía nada de tranquila.
—Alguien acaba de entrar en mi apartamento.
—¿Qué buscaban?
Alexander apretó el teléfono.
—Tus fotografías.
Mi respiración se cortó.
Pero todavía faltaba lo peor.
Alexander se acercó y susurró:
—Y dejaron sobre mi cama una fotografía de tu funeral.