PARTE 2: EL INTERNADO QUE YO NUNCA AUTORICÉ..

—¿Qué internado? —pregunté.

Noah apretó la maleta contra sus piernas.

Daniel respondió demasiado rápido.

—No es lo que parece.

Me arrodillé frente a mi hijo.

—Mírame, cariño. ¿Quién te dijo que ibas a marcharte?

—Papá.

Daniel dio un paso hacia nosotros.

—Claire, podemos hablar en privado.

—No.

Noah tragó saliva.

—Dijo que el próximo trimestre sería mejor para mí estudiar fuera. Que aquí las gemelas necesitaban estabilidad.

Sentí que me ardía el pecho.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando regresaras.

—¿Después de matricularlo?

Daniel guardó silencio.

Eso fue respuesta suficiente.

Vanessa intervino.

—Claire, Daniel solo intentaba ayudar. Noah estaba teniendo dificultades para adaptarse.

Me levanté lentamente.

—No vuelvas a hablar de mi hijo como si fueras su madre.

Las gemelas comenzaron a llorar.

Vanessa las abrazó.

Daniel se enfureció.

—¡Mira lo que estás haciendo!

Lo miré incrédula.

—¿Yo?

Saqué mi teléfono.

—Martha, quiero fotografías de todas las habitaciones tal como están ahora. Nada se mueve.

Daniel frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Porque esta casa fue comprada antes de nuestro matrimonio.

Su expresión cambió apenas.

Pero yo lo vi.

La propiedad estaba a mi nombre.

Completamente.

—Claire…

—Y porque quiero documentar que mis pertenencias y las de Noah fueron retiradas sin mi permiso.

Vanessa palideció.

—No sabía que la casa era tuya.

—Eso parece.

Daniel intentó recuperar el control.

—Somos marido y mujer. No puedes echar a mis invitados.

—Esta noche no voy a echar a nadie.

Sonrió, pensando que había ganado.

Hasta que terminé:

Pero mañana por la mañana vendrán mi abogado, un representante de seguridad y una empresa de inventario. Entonces decidiremos quién pertenece aquí.

Daniel me miró fijamente.

—Estás exagerando.

Tomé la mano de Noah.

—No. Llevo tres meses llegando tarde a algo que estaba ocurriendo delante de mi hijo.

Nos dirigimos hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—A un hotel.

Noah se detuvo.

—Mamá…

—Solo esta noche.

Daniel rio con desprecio.

—¿Vas a abandonar tu propia casa?

Me giré.

—No.

—Voy a sacarte de ella de la manera correcta.


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