PARTE 2: EL MAYBACH QUE ME DEVOLVIÓ LA LIBERTAD.

Durante tres segundos nadie habló.

Ava miró el Maybach.

Adrian me miró a mí.

Y yo contemplé seriamente la posibilidad de desaparecer debajo del automóvil.

—Lena —dijo finalmente.

Su voz era demasiado tranquila.

Eso era peor que un grito.

—Hola.

Ava levantó las gafas de sol.

—¿Se conocen?

Adrian ignoró la pregunta.

Sus ojos descendieron hasta mi teléfono, donde la aplicación seguía mostrando el viaje.

Después miró el pequeño adhesivo de conductor que había colocado discretamente sobre el parabrisas.

—¿Estás trabajando?

Tragué saliva.

—Técnicamente…

—Lena.

—Sí.

Su mandíbula se tensó.

—¿Con mi Maybach?

—También sí.

Ava soltó una carcajada.

—Esto es increíble.

Adrian giró hacia ella.

—Sube al auto.

—¿Y ella?

—Está conduciendo, aparentemente.

Quise morirme.

Pero entonces recordé algo.

Ava no era simplemente una pasajera.

Era su prometida.

Y yo acababa de pasar seis meses viviendo como la amante involuntaria de un hombre comprometido.

De repente, la vergüenza dejó de pertenecerme únicamente a mí.

Abrí el maletero.

—Su equipaje, señorita Sinclair.

Ava me observó con curiosidad.

—Gracias.

Adrian se acercó hasta quedar frente a mí.

—Dame las llaves.

—El viaje está activo.

Me miró como si acabara de perder la razón.

—Es mi automóvil.

—Y ahora mismo tiene un servicio contratado hasta Star Lake.

Ava volvió a reír.

—Adrian, déjala conducir. Quiero ver cómo termina esto.

Él cerró los ojos un instante.

Finalmente subió.

Yo ocupé el asiento del conductor.

El trayecto más incómodo de mi vida comenzó.

Durante diez minutos solo se escuchó el navegador.

Hasta que Ava habló.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para Adrian?

Mis manos se tensaron sobre el volante.

—No trabajo para él.

—Entonces, ¿eres amiga suya?

Miré a Adrian por el espejo.

Él me sostuvo la mirada.

—Lena vive en mi casa —respondió.

Ava parpadeó.

—¿Perdón?

El silencio cambió.

—¿En tu casa?

—Es complicado.

Casi frené.

Complicado.

Seis meses viviendo en su apartamento.

Seis meses acompañándolo a cenas privadas.

Seis meses escuchándolo decir que no necesitaba trabajar porque él cuidaría de mí.

Y ahora yo era “complicado”.

—No tanto —dije.

Adrian endureció la mirada.

—Lena.

—La señorita preguntó.

Ava se inclinó hacia adelante.

—Entonces explícame.

Respiré profundamente.

—Adrian paga el apartamento donde vivo. Mis gastos. Mi universidad. Mi ropa. Y hasta esta mañana yo creía que nuestra relación era exclusiva.

Ava dejó de sonreír.

—¿Relación?

Adrian habló inmediatamente.

—No hagas una escena.

Aquella frase terminó de romper algo dentro de mí.

Detuve el automóvil junto a la acera.

Me giré.

—¿Una escena?

Saqué mi teléfono.

Abrí las fotografías.

Viajes.

Cenas.

Regalos.

Mensajes.

No necesitaba enseñar nada íntimo.

Bastaban las fechas.

Ava tomó el teléfono.

Su rostro fue perdiendo color.

—Estas fotos son de febrero.

—Sí.

—Adrian y yo nos comprometimos en diciembre.

Lo miré.

—Eso también fue nuevo para mí.

Ava devolvió lentamente el teléfono.

Después se quitó el anillo.

Adrian palideció.

—Ava, podemos hablar en casa.

—No.

—Esto no es lo que parece.

Ella soltó una risa seca.

—Siempre es fascinante cuando un hombre dice eso después de que todo resulta exactamente como parece.

Dejó el anillo sobre el asiento.

—Continúa el viaje, Lena.

Volví a conducir.

Cuando llegamos a Star Lake, Ava bajó frente a una residencia distinta.

Antes de cerrar la puerta, me entregó cien dólares.

—La propina.

—Ya estaba incluida.

—Esta es por la información.

Adrian salió detrás de ella.

—Ava.

Ella se volvió.

—No me sigas.

—Nuestros padres esperan anunciar la boda.

—Entonces tendrán que anunciar otra cosa.

La puerta de la residencia se cerró.

Adrian regresó al Maybach.

Yo ya había cancelado la aplicación.

—Ahora podemos hablar —dijo.

—No.

—Lena.

—Voy a recoger mis cosas.

—No vas a ninguna parte.

Antes, aquella frase habría conseguido asustarme.

Esa noche solo consiguió enfurecerme.

—Mírame bien, Adrian.

Él guardó silencio.

—No soy una propiedad incluida con el apartamento.

—Nunca dije eso.

—No necesitabas decirlo.

Lo miré directamente.

—Me diste dinero para que no trabajara. Elegías dónde vivía. Te molestaba que saliera sin avisarte. Y cuando mentía sobre algo pequeño, convertías mi vida en una prisión hasta que volvía a obedecer.

Su expresión cambió.

—Yo te cuidaba.

—No.

Negué lentamente.

—Me mantenías cómoda para que nunca descubriera que podía mantenerme sola.

Aquello sí lo golpeó.

Miró el volante.

Después el tablero.

Finalmente entendió por qué había convertido su automóvil de lujo en taxi.

No era por diversión.

Era mi pequeño fondo de escape.

—¿Cuánto ganaste?

—Lo suficiente.

—Devuélvemelo.

Lo observé.

—¿El dinero?

—El auto.

Por primera vez sonreí.

—Claro.

Estacioné el Maybach frente a su mansión.

Dejé las llaves en el portavasos.

Subí al apartamento.

Mi maleta ya estaba preparada desde hacía días.

Documentos.

Computadora.

Ropa.

Y una cuenta bancaria que Adrian desconocía.

Cuando bajé, seguía junto al automóvil.

—¿De verdad vas a marcharte?

—Sí.

—Puedo congelar las tarjetas.

—Hazlo.

—Cancelar el apartamento.

—Adelante.

Frunció el ceño.

—¿Y qué harás?

Levanté mi maleta.

—Trabajar.

Una hora después estaba sentada en el pequeño departamento de Leo y su esposa.

Cuando les conté la verdad, Leo tardó casi un minuto en responder.

—Entonces tu “tío” era Adrian Quinn.

—Sí.

—Y le convertiste un Maybach de millones en taxi.

—Sí.

Leo comenzó a reír tan fuerte que su esposa tuvo que mandarlo callar.

Al día siguiente, el escándalo explotó nuevamente.

Pero esta vez por una razón distinta.

Ava Sinclair anunció públicamente la cancelación de su compromiso.

No mencionó mi nombre.

Solo escribió:

“Descubrí información que hace imposible continuar esta relación.”

Las acciones de una empresa vinculada a la familia Quinn cayeron ligeramente.

Adrian me llamó.

No respondí.

Después llegó un mensaje.

“Necesitamos hablar.”

Lo eliminé.

Una semana más tarde conseguí trabajo.

No era glamuroso.

Una empresa de transporte ejecutivo necesitaba coordinadores nocturnos.

Mi experiencia conduciendo, mi inglés y mis estudios universitarios fueron suficientes.

Tres meses después supervisaba cuarenta vehículos.

Seis meses después terminé la universidad.

Y entonces ocurrió algo divertido.

La compañía decidió ampliar su flota de lujo.

El director dejó varios catálogos sobre mi escritorio.

—Lena, quiero que tú elijas el modelo principal.

Pasé las páginas.

Mercedes.

BMW.

Bentley.

Hasta que apareció uno.

Maybach.

Me quedé mirándolo.

Después empecé a reír.

—¿Algún problema? —preguntó mi jefe.

—Ninguno.

Cerré el catálogo.

—Solo tengo bastante experiencia con ese modelo.

Un año después vi a Adrian nuevamente.

Yo salía de una reunión cuando un Maybach negro se detuvo frente al edificio.

Él bajó.

Nuestros ojos se encontraron.

—Lena.

—Adrian.

Me observó durante unos segundos.

—Te ves diferente.

—Lo soy.

—Escuché que diriges operaciones aquí.

—Así es.

Miró los vehículos estacionados detrás de mí.

—Nunca entendí por qué conducías mi auto.

Sonreí.

—Porque necesitaba comprobar algo.

—¿Qué?

Miré aquel Maybach que una vez había representado todo lo que él podía darme.

Dinero.

Lujo.

Comodidad.

Una jaula preciosa.

—Que podía ganar mi propio dinero aunque empezara con algo que no era mío.

Adrian bajó la mirada.

—Podría haber hecho las cosas diferentes.

—Sí.

—¿Habrías seguido conmigo?

Pensé unos segundos.

—Quizá.

No mentí.

Eso pareció dolerle todavía más.

Me despedí y seguí caminando.

No hubo reconciliación.

No hubo venganza espectacular.

Tampoco necesitaba ninguna.

Porque Adrian había pasado meses haciéndome creer que perderlo significaba perder la vida cómoda que él había construido para mí.

Pero el día que perdí su dinero, su apartamento y su Maybach, descubrí algo mucho más valioso.

Podía trabajar.

Podía equivocarme.

Podía empezar desde abajo.

Podía pagar mis propias cuentas.

Y, sobre todo, podía decidir hacia dónde iba.

Aquella noche abrí nuevamente la aplicación de transporte por curiosidad.

Mi antigua cuenta seguía allí.

La última reseña pertenecía a Ava Sinclair.

Cinco estrellas.

Debajo había escrito una sola frase:

“La conductora tomó la ruta correcta.”

Sonreí.

Cerré la aplicación.

Y nunca volví a abrirla.

Porque por primera vez no necesitaba el Maybach de Adrian Quinn para escapar de ninguna jaula.

Ya tenía las llaves de mi propia vida.

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