Camila miró la mano extendida de Adrián.
Podía rechazarla.
Podía salir corriendo, encerrarse en algún baño y llorar hasta que todos se marcharan.
Eso habría sido razonable.
Pero entonces escuchó una risa ahogada entre los invitados.
Alguien seguía grabando.
Y algo dentro de ella cambió.
Puso su mano sobre la de Adrián.
Los murmullos explotaron.
—Confía en mí —susurró él.
Camila respiró profundamente.
Adrián se volvió hacia los invitados.
—Parece que ha habido una pequeña confusión.
La madre de Camila abrió los ojos.
La organizadora parecía a punto de desmayarse.
—¿Confusión? —susurró Camila.
—Improviso bien.
—Eso espero.
Por primera vez desde que había comprendido que su prometido no llegaría, casi sonrió.
Adrián la condujo lejos del altar.
No intentó fingir una boda real.
No habría tenido sentido.
En cambio, tomó el micrófono.
—La ceremonia queda suspendida.
Varias personas parecieron decepcionadas.
Adrián las observó.
—Y agradecería que cualquier grabación de este momento permaneciera privada.
Un hombre bajó inmediatamente el teléfono.
Otro hizo lo mismo.
Camila lo miró.
—No puedes ordenarles eso.
—No.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—Pero puedo hacer que recuerden sus modales.
Diez minutos después estaban en una habitación privada del recinto.
Camila se quitó los zapatos.
—¿Qué acabamos de hacer?
Adrián le sirvió agua.
—Evitar que salieras de ahí sola.
—Técnicamente sigo sin novio.
—Por eso dije que fingieras.
Ella soltó una pequeña risa.
Después empezó a llorar.
No pudo evitarlo.
Adrián dejó el vaso.
No la abrazó inmediatamente.
Simplemente se sentó frente a ella.
—Llora.
—Qué consejo tan brillante.
—No me pagan por terapia.
Camila rio entre lágrimas.
—Eres horrible consolando.
—Lo sé.
Aquello, extrañamente, ayudó.
Entonces su teléfono vibró.
Camila miró la pantalla.
Mauricio.
Su prometido.
Treinta y siete llamadas perdidas no habrían compensado aquella mañana.
Él había enviado una sola frase.
“Lo siento. No puedo casarme contigo.”
Camila sintió que algo se rompía definitivamente.
Adrián vio su expresión.
—¿Es él?
Ella asintió.
—¿Quieres responder?
Camila miró el mensaje.
Después bloqueó el número.
—No.
Adrián sonrió apenas.
—Buena decisión.
—No pareces sorprendido.
La sonrisa desapareció.
Camila lo notó.
—Adrián.
—¿Qué?
—¿Sabías que Mauricio no vendría?
Silencio.
Demasiado largo.
Camila se puso de pie.
—¿Lo sabías?
—No con certeza.
—¿Qué significa eso?
Adrián sacó su teléfono.
—Ayer Mauricio no asistió a una reunión importante.
—¿Y?
—Trabaja para una empresa que estamos intentando adquirir.
Camila lo sabía.
Precisamente así había conocido Mauricio a Adrián.
—Esta mañana recibí información de que había tomado un vuelo.
—¿Adónde?
Adrián la miró.
—Cancún.
Camila sintió náuseas.
—¿Solo?
Otra pausa.
—No.
Ella cerró los ojos.
—Dime quién.
—Camila…
—Dímelo.
—Valeria Soto.
El nombre cayó como una piedra.
Valeria.
Su prima.
Su dama de honor.
La mujer que aquella mañana había enviado un mensaje diciendo que estaba enferma y no podría asistir.
Los dos habían desaparecido el mismo día.
Camila se sentó lentamente.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
—Pero sospechas algo.
Adrián no mintió.
—Sí.
Dos horas después, la boda se había vaciado.
Camila regresó a su apartamento acompañada por su madre.
Adrián insistió en que un conductor las llevara.
Antes de despedirse, Camila preguntó:
—¿Por qué viniste a mi boda?
—Me invitaste.
—Invité a toda la oficina.
—Lo sé.
—Nunca vas a eventos de empleados.
Adrián sostuvo su mirada.
—Hoy sí.
No añadió nada.
Y se marchó.
El lunes, Camila llegó a la oficina a las ocho.
Todos dejaron de hablar cuando entró.
—Si alguien quiere preguntar por la boda —dijo mientras dejaba el bolso—, la respuesta es no.
Las cabezas volvieron inmediatamente hacia las pantallas.
Entonces la secretaria de Adrián apareció.
—El señor Montoya quiere verla.
Camila entró en su despacho.
—¿Estoy despedida por convertirte en novio falso?
—Todavía estoy evaluando los daños reputacionales.
—Qué considerado.
Adrián señaló una silla.

Sobre la mesa había una carpeta.
—Encontramos a Mauricio.
Camila dejó de sonreír.
—¿Sigue con Valeria?
—Sí.
—No quiero fotografías.
—No son fotografías.
Adrián abrió la carpeta.
Había contratos.
Transferencias.
Correos electrónicos.
—¿Qué es esto?
—Mauricio llevaba seis meses negociando información interna de mi empresa.
Camila frunció el ceño.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Sí tiene.
Adrián señaló un documento.
—Porque parte de la información salió utilizando tus credenciales.
Camila palideció.
—Imposible.
—Sé que no fuiste tú.
—¿Cómo?
—Porque los accesos ocurrieron mientras estabas conmigo en reuniones.
Ella pasó las páginas rápidamente.
—Mauricio conocía mi contraseña antigua.
—Exactamente.
Camila sintió que le faltaba aire.
Su prometido no solo la había engañado.
También la había utilizado.
—¿Por eso huyó?
—Probablemente.
—Entonces denúncialo.
—Ya está en manos de nuestros abogados.
Camila cerró la carpeta.
—¿Y Valeria?
Adrián permaneció en silencio.
—¿Qué pasa con ella?
—Su participación parece mayor de lo que creíamos.
Sacó una última hoja.
Camila reconoció inmediatamente una dirección.
—Esa es la casa de mi abuela.
—Sí.
—¿Por qué aparece aquí?
—Porque Mauricio ofreció esa propiedad como garantía en una operación privada.
Camila se levantó.
—No puede hacerlo. Esa casa pertenece a mi familia.
—Legalmente pertenece a una sociedad.
—¿Qué sociedad?
Adrián deslizó el documento hacia ella.
El nombre de Valeria aparecía como administradora.
Pero debajo figuraba otro.
Camila sintió un escalofrío.
—Mi padre murió hace nueve años.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué aparece su firma en un documento de hace cuatro meses?
Adrián no respondió.
Camila examinó la firma.
Era perfecta.
Demasiado perfecta.
Entonces su teléfono sonó.
Número desconocido.
Respondió.
—¿Hola?
Una voz masculina habló.
—Camila, no confíes en Montoya.
Ella miró inmediatamente a Adrián.
—¿Quién eres?
Silencio.
Después:
—Pregúntale por qué compró la deuda de Mauricio tres semanas antes de tu boda.
Camila dejó de respirar.
La llamada terminó.
—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.
Ella bajó lentamente el teléfono.
—¿Compraste la deuda de Mauricio?
El rostro de Adrián cambió.
Eso bastó.
—¿Por qué?
Él se levantó.
—Camila, puedo explicarlo.
—Hazlo.
Adrián caminó hacia la ventana.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber qué decir.
Finalmente se giró.
—Porque Mauricio no iba a abandonarte ayer.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué?
—Su plan original era casarse contigo.
—Entonces ¿por qué huyó?
Adrián sostuvo su mirada.
—Porque cuarenta y ocho horas antes de la boda descubrió quién eres realmente.
Camila se quedó inmóvil.
—No entiendo.
Adrián abrió el cajón de su escritorio.
Sacó un sobre antiguo.
En el frente estaba escrito su nombre completo.
Camila reconoció la letra.
Era la de su padre.
—¿Dónde conseguiste eso?
Adrián no contestó inmediatamente.
—Tu padre me lo entregó antes de morir.
El mundo pareció detenerse.
—Tú nunca conociste a mi padre.
Adrián la miró fijamente.
—Eso es lo que él me pidió que te hiciera creer.