Lucas tardó menos de una hora en descubrir que todas mis pertenencias cabían en cinco cajas.
Observó mi apartamento vacío y frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—¿Esperabas un piano?
—Esperaba que alguien embarazada de seis meses tuviera más cosas.
—Tengo una cafetera.
—Está rota.
—Tiene personalidad.
Lucas cerró los ojos como si estuviera reuniendo paciencia.
Mia, que había llegado para ayudar, se inclinó hacia mí.
—Tu marido da miedo.
—También da departamento gratis.
—Buen punto.
Nos mudamos aquella misma tarde.
Cuando Lucas abrió la puerta de su apartamento en Hawthorne Avenue, casi me atraganté.
Yo había imaginado un lugar cómodo.
No un ático enorme con ventanales, tres habitaciones y una cocina que parecía más cara que todo mi antiguo edificio.
—¿Aquí vives tú?
—A veces.
—¿Cuánto cuesta?
Lucas me miró.
—No necesitas saberlo.
Perfecto.
Definitivamente no quería saberlo.
Durante las siguientes semanas descubrí algo todavía más peligroso.
Lucas Grant era un esposo absurdamente competente.
Preparaba el desayuno.
Recordaba mis vitaminas.
Me llevaba al trabajo cuando llovía.
Y cada noche dejaba fruta cortada en el refrigerador porque había descubierto que me despertaba con hambre.
Yo intentaba recordar que nuestro matrimonio era una improvisación.
Mi corazón, desgraciadamente, tenía otros planes.
Una noche regresé del periódico y encontré una cuna instalada en la habitación contigua.
Me quedé inmóvil.
—Lucas.
Apareció detrás de mí.
—¿No te gusta?
—¿La compraste tú?
—No. Entró caminando.
Lo fulminé con la mirada.
Lucas sonrió.
Era raro verlo sonreír.
Y todavía más peligroso.
Me acerqué a la cuna.
Había mantas, pañales y pequeños pijamas cuidadosamente ordenados.
—No tenías que hacer esto.
—El bebé vivirá aquí.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—No es tu responsabilidad.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Emma.
—¿Qué?
—Deja de decir eso.
Me miró directamente.
—Me casé contigo sabiendo que estabas embarazada. No voy a tratar a ese niño como un huésped.
Tuve que girarme para que no viera mis lágrimas.
El padre de mi hijo estaba prometiendo quererlo como si fuera de otro hombre.
La situación era tan absurda que Mia casi se cayó de la silla cuando se lo conté.
—Dile la verdad.
—No puedo.
—¿Por qué?
Acaricié mi vientre.
—Porque hace cinco años fui yo quien lo abandonó.
Mi relación con Lucas había terminado después de una discusión terrible.
Yo acababa de recibir una oportunidad laboral en otra ciudad.
Él quería que me quedara.
Yo interpreté su miedo a perderme como un intento de controlarme.
Nos dijimos cosas que ninguno podía retirar.
Me fui.
Meses después volvimos a encontrarnos una sola noche.
Después desaparecí nuevamente.
Y poco después descubrí el embarazo.
Nunca conseguí reunir valor para llamarlo.
Mia suspiró.
—Emma, algún día hará cuentas.
—Lucas trabaja en inversiones, no en obstetricia.
—El embarazo dura nueve meses, genio.
Tenía razón.
Y el desastre llegó antes de lo esperado.
Una tarde Lucas apareció en el Diario Riverside.
Yo estaba entrevistando a un empresario cuando mi jefe salió corriendo a recibirlo.
—¡Señor Grant! No sabíamos que vendría.
Fruncí el ceño.
Lucas saludó tranquilamente.
Entonces mi jefe dijo:
—Emma, supongo que conoces al presidente del grupo propietario del periódico.
Casi dejé caer mi libreta.
Miré a Lucas.
—¿Presidente?
Él levantó una ceja.
—Nunca preguntaste dónde trabajaba.
Aquella noche discutimos.
—¡Me dejaste preocuparme por mil dólares de renta!

—Intenté darte dinero.
—¡Pensé que eras un ejecutivo normal!
—¿Qué significa “normal”?
—¡Alguien que mira el precio antes de comprar una cuna!
Lucas comenzó a reírse.
Yo le lancé un cojín.
Por primera vez en años, aquella casa se sintió como un hogar.
Hasta que llegó mi revisión médica.
Lucas insistió en acompañarme.
Mientras yo estaba en el baño, escuchó a la doctora hablar con una enfermera.
—La señora Grant está entrando en la semana veintiocho. Según la fecha registrada…
Cuando salí, Lucas estaba extrañamente callado.
En el automóvil no dijo una palabra.
Llegamos a casa.
Cerró la puerta.
Después preguntó:
—¿Cuándo terminó exactamente tu supuesto matrimonio?
Se me heló la espalda.
—¿Por qué?
—Porque llevamos semanas casados y todavía no he visto ningún documento de divorcio.
Tragué saliva.
—Lo perdí.
Lucas me miró como si acabara de insultar su inteligencia.
—Emma.
—¿Sí?
—¿Alguna vez estuviste casada antes que conmigo?
Silencio.
Mi cerebro buscó desesperadamente otra mentira.
No encontró ninguna suficientemente buena.
—Técnicamente…
—Emma.
Bajé la cabeza.
—No.
Lucas permaneció inmóvil.
—Entonces, ¿por qué dijiste que ibas a divorciarte?
—Entré en pánico.
—¿Y quién es el padre?
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
—Lucas…
Su rostro cambió.
—¿Quién es?
Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera impedirlo.
—Tú.
Silencio.
Lucas no parpadeó.
—¿Qué dijiste?
—El bebé es tuyo.
Parecía haber dejado de respirar.
—Pero yo…
—No eres estéril.
—Ya sé que no soy estéril.
Ahora fui yo quien quedó inmóvil.
—¿Qué?
Lucas apartó la mirada.
—Mentí.
—¿Por qué?
—Porque tú apareciste embarazada diciendo que ibas a divorciarte y pensé que otro hombre te había abandonado.
Su voz se volvió más baja.
—Y quería casarme contigo.
Abrí la boca.
Nada salió.
—¿Así que inventaste que eras estéril?
—Parecía una buena idea en ese momento.
—¡Lucas!
—¡Tú inventaste un marido entero!
No pude responder.
Tenía razón.
Nos quedamos mirándonos.
Entonces Lucas volvió a ponerse serio.
—¿Desde cuándo sabes que es mío?
—Desde el principio.
Aquello sí lo hirió.
—Me quitaste seis meses.
—Tenía miedo.
—¿De mí?
—De que me odiaras.
Lucas permaneció callado mucho tiempo.
Finalmente se acercó.
—Estoy enfadado contigo, Emma.
Asentí mientras lloraba.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—Lo sé.
Miró mi vientre.
Su expresión se quebró.
—Pero no pienso perder los meses que quedan.
Se arrodilló frente a mí y, con cuidado, apoyó una mano sobre mi barriga.
El bebé pateó.
Lucas se quedó completamente inmóvil.
Después levantó los ojos.
Estaban húmedos.
—¿Eso fue…?
Me reí entre lágrimas.
—Tu hijo.
—¿Hijo?
Me tapé la boca.
Acababa de revelar otra cosa.
Lucas cerró los ojos.
—Emma Hayes, eres una catástrofe.
—Lo siento.
—Después discutiremos.
Volvió a colocar la mano sobre mi vientre.
—Ahora quiero conocer a mi hijo.
Tres meses después nació Oliver Grant.
Lucas lloró más que yo.
Mia nunca dejó que lo olvidara.
—El señor “soy estéril” casi se desmaya cuando cortaron el cordón.
—Mia —gruñó Lucas.
—Yo solo documento hechos históricos.
Un año después volvimos al mismo registro civil.
Mia nos acompañó.
Miró el edificio y negó con la cabeza.
—Este lugar ha causado demasiados problemas en nuestra familia.
Lucas llevaba a Oliver en brazos.
Yo lo miré.
—¿Te arrepientes?
—Sí.
Mi sonrisa desapareció.
Entonces añadió:
—De haber perdido cinco años contigo.
Tomó mi mano.
Aquella mañana no necesitábamos casarnos otra vez.
Solo habíamos ido a acompañar a Mia para recoger unos documentos.
Pero al pasar frente a la puerta donde Lucas me había hecho aquella propuesta absurda, comprendí lo extraño que había sido todo.
Yo había mentido sobre un divorcio.
Lucas había mentido sobre ser estéril.
Yo escondí que esperaba a su hijo.
Él escondió que llevaba años esperando una segunda oportunidad.
Los dos entramos al registro civil convencidos de que estábamos protegiéndonos del pasado.
Y salimos convertidos en familia.
Lucas besó mi frente.
—Por cierto.
—¿Qué?
—Si alguna vez vuelves a inventarte un exmarido, al menos hazlo rico.
Solté una carcajada.
—¿Por qué?
—Porque todavía me molesta haber pasado semanas insultándome a mí mismo por ser pobre.
Mia comenzó a reír.
Yo también.
Y mientras Lucas sostenía a nuestro hijo entre sus brazos, comprendí que aquel encuentro que parecía el peor momento posible había ocurrido exactamente cuando lo necesitábamos.
Fui al registro civil acompañando un divorcio.
Y terminé recuperando al hombre que nunca había dejado de amar y al padre que mi hijo siempre había tenido.