Parte 2: EL PRECIO DE LA TRAICIÓN

La abuela Lancaster avanzó por el pasillo sin apresurarse.

El golpe seco de su bastón contra el suelo de mármol parecía una cuenta regresiva.

Tac.

Tac.

Tac.

Nathan palideció.

—Abuela, puedo explicarlo.

—No te he dado permiso para hablar.

La señora Eleanor Lancaster tenía setenta y ocho años y seguía siendo la única persona capaz de convertir a Nathan en un niño asustado con una sola mirada.

Extendió la mano hacia mí.

—Emma. Dame el expediente.

Nathan intentó intervenir.

—Ese documento contiene información confidencial.

Eleanor giró lentamente la cabeza.

—¿Confidencial para quién? ¿Para la mujer que lleva ocho meses cargando al bebé?

Nathan cerró la boca.

Le entregué los papeles.

Eleanor leyó en silencio.

Su rostro no cambió hasta llegar a la línea donde figuraba mi nombre.

Gestante sustituta.

Entonces levantó la vista.

—¿Emma firmó un consentimiento para esto?

Nadie respondió.

—He hecho una pregunta.

El médico tragó saliva.

—Existe documentación firmada, señora Lancaster.

—Tráigala.

Nathan dio un paso adelante.

—Abuela…

—Ahora.

Diez minutos después estábamos dentro de una sala privada.

Yo permanecía sentada porque las piernas apenas me sostenían.

Claire lloraba en un rincón.

Nathan caminaba de un lado a otro.

Finalmente llegó un administrador con una carpeta.

Eleanor la abrió.

Encontró mi supuesta autorización.

Me la entregó.

—¿Es tu firma?

La miré.

Parecía idéntica.

Pero no era mía.

—No.

Nathan respondió inmediatamente:

—Emma, firmaste decenas de documentos durante el tratamiento. Es normal que no recuerdes cada uno.

Lo miré.

—Recuerdo perfectamente lo que firmé.

Eleanor colocó otro documento frente a mí.

—¿Y este?

Era una autorización para utilizar material genético de terceros.

Otra firma falsa.

Después apareció una tercera.

Y una cuarta.

Alguien había construido todo un expediente para convertir legalmente mi cuerpo en propiedad de otros.

—Solicito una auditoría completa —ordenó Eleanor—. Los originales, las cámaras disponibles, registros electrónicos y todo acceso a este expediente.

Nathan golpeó la mesa.

—¡Basta!

Todos lo miramos.

Su máscara finalmente había caído.

—El bebé ya existe. Emma está a semanas de dar a luz. ¿Qué quieren conseguir removiendo el pasado?

Sentí al bebé moverse.

Puse ambas manos sobre mi vientre.

—Quiero saber quién decidió que mi consentimiento no importaba.

Nathan me sostuvo la mirada.

—Yo.

Claire levantó la cabeza.

—Nathan…

—Déjalo.

Se acercó a mí.

—Sí, fui yo. Porque si te hubiera contado la verdad, jamás habrías aceptado.

—Exactamente.

—Y Claire no podía tener hijos.

Me reí sin alegría.

—Entonces debiste buscar una mujer que aceptara voluntariamente.

Nathan endureció la mandíbula.

—Eras mi esposa.

Aquellas tres palabras explicaban todo.

Para él, casarse conmigo significaba poseerme.

Eleanor se levantó.

—Desde este momento, Nathan queda apartado de cualquier decisión médica relacionada con Emma.

—¡No puedes hacer eso!

—Este hospital pertenece al grupo Lancaster.

—Yo dirijo el grupo.

Eleanor sonrió fríamente.

—Porque yo te permití dirigirlo.

Nathan quedó inmóvil.

Entonces Claire corrió hacia mí.

—Emma, por favor.

Se arrodilló delante de mi silla.

—Puedes odiarme. Pero ese bebé es biológicamente mío. Llevo años soñando con abrazarlo.

Miré sus lágrimas.

Quizás su dolor era real.

Eso no hacía menos monstruoso lo que habían hecho.

—¿Sabías que yo ignoraba la verdad?

Claire dejó de respirar.

—Yo…

—Respóndeme.

Sus ojos buscaron a Nathan.

Fue suficiente.

—Lo sabías.

—Nathan dijo que terminarías aceptándolo.

—¿Cuándo? ¿Después del parto?

Claire lloró más fuerte.

—Yo solo quería recuperar a mi hijo.

—Y yo solo quería saber qué estaban introduciendo en mi cuerpo.

Nathan la levantó.

—No tienes que humillarte ante ella.

Algo dentro de mí terminó de morir.

Me quité el anillo de matrimonio.

Lo dejé sobre la mesa.

—Quiero el divorcio.

Nathan soltó una risa incrédula.

—Estás alterada.

—Quiero el divorcio.

—Hablaremos después del nacimiento.

—No.

Lo miré directamente.

—Después del nacimiento tú no volverás a decidir nada por mí.

Eleanor llamó a su abogado personal aquella misma tarde.

También ordenó trasladarme a otra planta y cambiar todo mi equipo médico.

Por primera vez en ocho meses, Nathan no sabía en qué habitación estaba.

Pero aquella noche descubrimos que el problema era mucho mayor.

A las once y diecisiete, Eleanor entró acompañada por un especialista.

Su expresión era sombría.

—Emma, necesitamos hablar.

Sentí miedo.

—¿Le ocurre algo al bebé?

—No.

El médico colocó varios documentos sobre la mesa.

—Revisamos el expediente original del procedimiento de fertilización.

Me incorporé.

—¿Y?

Él dudó.

—Hay inconsistencias.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿Qué clase de inconsistencias?

—El código E-1736 corresponde al embrión implantado. Según el archivo que recibió esta mañana, el óvulo pertenece a Claire Whitman.

—Sí.

—Pero hemos recuperado una versión anterior del registro.

Eleanor me tomó la mano.

Aquello me asustó todavía más.

El médico continuó:

—En esa versión, Claire Whitman no figura como donante.

Me quedé inmóvil.

—Entonces ¿quién?

—No aparece ningún nombre. Solo un número de paciente.

Me enseñó la pantalla.

Paciente 0719.

—¿Y Nathan?

—Su material genético sí aparece registrado como el utilizado.

Cerré los ojos.

Nada tenía sentido.

—Entonces hagan una prueba.

El médico asintió.

—Eso recomendamos.

Eleanor ordenó realizar análisis independientes.

No confiaba ya ni siquiera en su propio hospital.

A la mañana siguiente apareció Nathan.

Había conseguido averiguar dónde estaba.

Entró furioso.

—¿Estás haciendo pruebas genéticas?

—Sí.

Su reacción fue inmediata.

—Cancélalas.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque son innecesarias.

—Ayer querías demostrarme que Claire era la madre. Ahora existe una oportunidad de demostrarlo definitivamente. ¿Por qué tienes miedo?

Nathan guardó silencio.

Y entonces comprendí.

Él sabía algo más.

—¿Quién es la paciente 0719?

Su rostro perdió color.

—No sé de qué hablas.

Eleanor apareció detrás de él.

—Entonces quizás yo pueda ayudarte a recordar.

Sostenía una carpeta antigua.

La arrojó sobre la mesa.

—Paciente 0719.

Nathan miró la portada.

Retrocedió.

Eleanor continuó:

—El expediente fue eliminado del sistema hace ocho meses, exactamente tres días después de la implantación de Emma.

Claire apareció en la puerta.

—Nathan, ¿qué está pasando?

Él no respondió.

Eleanor abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía.

Cuando la vi, sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Conocía aquella cara.

La había visto miles de veces.

En fotografías familiares.

En el enorme retrato del salón de la mansión Lancaster.

Era una mujer joven que había muerto hacía más de veinte años.

La madre de Nathan.

—Esto es imposible —susurré.

Eleanor tenía lágrimas en los ojos.

—Antes de morir, mi hija congeló varios óvulos durante un tratamiento médico.

Claire miró a Nathan horrorizada.

—¿Me dijiste que utilizaron los míos?

Nathan seguía callado.

Yo sentí una náusea brutal.

—Entonces el bebé…

Eleanor cerró la carpeta.

—Si estos registros son auténticos, necesitamos determinar exactamente qué material fue utilizado y por qué.

En ese momento sonó el teléfono del médico.

Contestó.

Su expresión cambió.

—¿Está seguro?

Escuchó unos segundos.

Después me miró.

—Los resultados preliminares llegaron antes de lo esperado.

Nathan corrió hacia él.

—No los diga.

Eleanor levantó el bastón.

—Atrévete a impedirlo.

El médico abrió el informe.

Primero miró a Claire.

—La señora Whitman no tiene compatibilidad genética materna con el bebé.

Claire se desplomó en una silla.

Yo miré a Nathan.

—Entonces me utilizaste para gestar un bebé que tampoco era de ella.

Nathan apretó los puños.

Pero el médico todavía no había terminado.

—Hay algo más.

Se volvió hacia mí.

Su rostro era imposible de interpretar.

—Solicitamos comparar también su muestra, señora Lancaster, como control de laboratorio.

Sentí que mi corazón se detenía.

—¿Mi muestra?

—Sí.

—¿Para qué?

El médico dejó el informe delante de mí.

Miré las cifras sin comprenderlas.

Hasta que vi la conclusión.

COMPATIBILIDAD MATERNA: 99,98 %.

Levanté lentamente la cabeza.

—No…

Nathan cerró los ojos.

Eleanor quedó petrificada.

Claire comenzó a negar con la cabeza.

Yo puse ambas manos sobre mi vientre.

—Doctor…

Mi voz apenas salió.

—¿Está diciendo que este bebé sí es mío?

El médico respiró profundamente.

—Eso indican los resultados.

Un silencio terrible llenó la habitación.

Entonces miró nuevamente el informe.

—Pero existe una segunda anomalía.

Nathan abrió los ojos de golpe.

—Cállese.

El médico lo ignoró.

—La muestra paterna registrada a nombre de Nathan Lancaster…

Hizo una pausa.

—Tampoco coincide con el padre biológico del bebé.

Y por primera vez desde que toda aquella pesadilla había comenzado, Nathan pareció verdaderamente aterrorizado.

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